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Las Cíes en invierno, el paraíso (casi) desierto

Las Cíes pasan un invierno muy distinto al estío. El ajetreo y los miles de visitantes diarios desaparecen para dejar paso a un equipo de técnicos que se encarga de cuidarlas. Reforestan, limpian, vigilan y mantienen el archipiélago que custodia la ría para que su riqueza quede intacta. Eso sí, ellos ya pueden entenderse: son todo lo que tienen en una isla desierta de distracciones terrenales

Viajamos a las Cíes para descubrir quien  cuida de este paraíso en invierno

Pedro Fernández

Patricia Casteleiro

Patricia Casteleiro

Las Islas Cíes son uno de los mayores reclamos turísticos de Galicia. Cada día de verano pueden pasar por ellas cerca de 2.000 personas y hacer noche hasta 600. Pero, cuando el sol deja de calentar se vacían del bullicio y ya solo se escucha el batir de las olas. El camping y el bar de Rodas cierran sus puertas y el archipiélago vuelve a su estado natural. Las gaviotas, los conejos, las nutrias y todo un despliegue de fauna marina recuperan terreno. Las plantas dejan de someterse al peso de la erosión humana y vuelven a nacer, otras se queman por la salitre y algunas invasoras buscan la manera de campar a sus anchas. Solo hay una excepción. Un pequeño grupo de hombres y mujeres que custodian el tesoro y tratan de que no se desgaste.

Emilio Alonso y Gonzalo Gamallo son los dos agentes forestales de turno esta semana. Conviven con otros dos vigilantes y con tres operarios que hacen arreglos. En ocasiones también pasan días en la isla futuros agentes de prácticas o reciben la visita de científicos, biólogos e informáticos.

Para mostrarnos como es un día de invierno viviendo en las islas, Alonso nos citó en el puerto deportivo de Cangas a las 9 de la mañana. Allí esperaba una embarcación del Parque Nacional para trasladarnos. Es la misma que usan para hacer los cambios de turno, desplazarse a San Martiño (la isla sur) y llevar provisiones. Si se olvidan algo no tienen más remedio que esperar a la próxima conexión con el continente.

A bordo del bote, Emilio, que es el coordinador, explica que él y su compañero son el equivalente a un agente de la ley sobre el terreno, aunque no pueden realizar una detención, sí tienen capacidad para intervenir cuando alguien no cumple las normas. Habitualmente los turistas que llegan al archipiélago saben que hay una serie de reglas, como no tirar basura (hay que llevarla de vuelta a tierra) o evitar alterar la fauna y la flora, entre otras. Sin embargo, hay excepciones. Los trabajadores recuerdan una ocasión en la que una familia de portugueses apareció acampada junto a la playa de Figueira. La multa por pernoctar fuera del recinto autorizado es de mínimo 6.000 euros. Ese tipo de riesgos ponen en peligro los ecosistemas y ellos deben controlar que no pasen.

Tras 40 minutos, cuando el barco se aproxima al muelle de Carracido en la isla del Faro, ya hay personal esperando para hacer el cambio de turno. Cada miércoles, los agentes y los vigilantes abandonan y dan paso a sus homólogos. También se marchan unos días dos jóvenes que hacen prácticas.

En un coche suben alimentos y otros enseres, como una nueva aspiradora. Lo primero es llevar el género a sus viviendas, ubicadas junto a la oficina de Turismo, y ubicarse. Viven en bloques que comparten «manzana» con otras casas particulares. Usan un generador para tener electricidad.

El dique de las Cíes a veces se encuentra cerrado por seguridad

Pedro Fernández

El último poblador de Cíes, Germán Luaces «Chuco», abandonó en 2017, pero en verano todavía continúan yendo los propietarios y se convierten en sus vecinos. No superan la decena.

El agente forestal Gamallo comenta que una de las cosas más complejas de trabajar en la isla es lograr llevarte bien con todo el mundo y tener buena convivencia, sobre todo con los compañeros de turno. Parece una vanidad, pero lo cierto es que es vital: «El 50% de los problemas que pueden surgir es por eso», indica.

En la embarcación también viajaba Tony, el hombre para todo. Es un auxiliar de la empresa de mantenimiento y, por temporadas, también se queda en la isla. En esta ocasión acudió a arreglar un tractor. «Llevaba 15 días roto, aquí si algo se estropea no es como en el continente, que llamas a una grúa. Aquí todo tiene sus tiempos y a veces hay que inventar», relata. De hecho, él estuvo meses en la isla sur, casi virgen, e improvisó una antena de televisión para no quedarse completamente aislado.

La jornada laboral de los vigilantes de Cíes va desde las 8 de la mañana a las 19.00 horas, con una pausa para comer. En este caso, la primera tarea del día para el equipo fue la de reforestar, sustituyendo la acacia negra por carballo. El proceso se inicia previamente pelando la parte baja de la corteza de los árboles, después se extrae cuando se seca la planta y finalmente se plantan los carballos. «La idea es no usar herbicidas, vamos viendo sistemas para ver como afrontar mejor la intervención», dice Alonso.

Mires donde mires sobre terreno isleño hay vinagrera, también conocida como Oxalis Pes-caprae. Es una de las especies invasoras del Parque y los técnicos lamentan que es muy difícil luchar contra ella porque sus raíces se expanden bajo tierra. Aunque se arranque, continúa creciendo. La planta tiene forma de trébol y da flores amarillas.

Otra de las luchas diarias de los trabajadores es la margarita africana: «Se elaboró un plan contra ella, llegó a venir una empresa que se dedicaba a arrancarla, pero cuando se acababa el presupuesto, volvía a salir», explica Emilio Alonso. «Hay que impedir que florezcan, hay que estar encima. Las invasoras no se pueden tratar con la mentalidad política de las subvenciones. Hay que estar encima de forma crónica», añade Gamallo. Con todo, lograron reducir su impacto, sacando ejemplares antes de que florezcan.

Tratar de cambiar la acacia negra por carballos es otra de sus principales ocupaciones y hacer frente al pau espiño (Robinia pseudoacacia) un proceso en investigación. «Estamos probando métodos, o bien pelando o taladrando y echando agua con sal», apunta el coordinador.

El eucalipto es la batalla habitual. En los años 50 se trató de reforestar Cíes por primera vez con acacia y esta especie y a finales de los 70 ya había cerca de 300 hectáreas afectadas por especies foráneas. Ahora, hay que seguir que rectificando. Y se talaron miles y los técnicos se encargan de que continúe ocurriendo.

El arundo y el bambú también les «dan la lata», pero cubriédolos con lonas y ensombreciéndolos, logran que mueran por falta de luz.

La Marcela

Entre la flora de las islas está la Marcela, una planta sudamericana que se extendió cuando un tractor esparció sus semillas en una zona de la isla norte. Con todo, hay muy pocas y todavía por determinar si es perjudicial.

También reina la Camariña, una autóctona que se expande por las dunas y que los agentes tratan de proteger. El problema: el musgo avanza con celeridad por el medio quitándole alimento y las gaviotas están a punto de llegar para anidar en la zona. Aunque lo tiene difícil ya hay varios ejemplares en flor.

Alonso y Gamallo también celebran la aparición de unos cuantos narcisos junto al camping. 


MATTHEW TALLAS
Escocés fondeado en Rodas
Cíes en invierno, el paraíso (casi) desierto

Cíes en invierno, el paraíso (casi) desierto / Marta G. Brea

Matthew Tallas apareció en la isla de la nada. Parecía que había naufragado.

Vestía con ropa sucia y su camiseta estaba desgarrada en el cuello y las mangas. También llevaba unas gafas rotas, aunque remendadas con un celo. Los cristales ocultaban unos ojos azules oscuros detrás.

Según llegó, echó a andar por el camino que llega al Faro. Al cruzarnos con él saludó alegremente a los guardias. No tenía nada de lo que preocuparse, había pedido permiso para fondear frente a Rodas. Su idea era explorar la isla y «disfrutar de la naturaleza en silencio», contó en inglés.

Llegó en su barco desde Escocia y explicó que la mayor parte del año vivía en él y navegaba descubriendo nuevos lugares. Tras descansar un día en la isla, su intención era ir a la ciudad. Su imagen de pirata contrastaba con un organizado y pensado viaje.

Para visitar Cíes en invierno es necesario pedir permiso, pero no pagar por ello.

«La isla me parece mucho más interesante en invierno que en verano, da gusto caminar por ella junto al mar», indicó Tallas. 

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