Un 30% de los casos de la unidad de prevención del suicidio son jóvenes de entre 16 y 25 años
Las chicas suponen dos tercios de ellos | Presentan problemas relacionales o de desarrollo del proyecto personal, que aumentaron con el aislamiento de la pandemia | Trabajan con ellos “lo que les conecta al mundo real”

Desde la izq., la MIR Marta Yáñez, el enfermero David Meilán, el psiquiatra Daniel Ramos y el psicólogo, José Eduardo Rodríguez. / ALBA VILLAR
En los jóvenes, los problemas vinculados al desarrollo del proyecto personal, a buscarse un hueco en el mundo y a la aceptación de sus pares. En los adultos, las dificultades laborales, las económicas, con la pareja o en la crianza. En los mayores, la adaptación a la jubilación, al nido vacío y a las complicaciones físicas que van apareciendo. Los motivos que causan sufrimiento suelen estar muy marcados en función de la edad. “Al menos, en la cultura gallega”, apostilla José Eduardo Rodríguez Otero, psicólogo de la Unidad de Prevención el Suicidio del Área Sanitaria de Vigo. Y un sufrimiento intenso, una desesperanza total, puede llevar a pensar en quitarse la vida. Entre los 513 casos que este equipo ha atendido en los tres años y medio que lleva en funcionamiento, tienen representación de todas estas franjas etarias. Pero hay una que tiene más peso que las demás: los jóvenes de 16 a 25 año. Representan un 29,4%. Y, sobre todo, las chicas. Son dos tercios.
¿Por qué? Se les denomina peyorativamente “generación de papel” en referencia a la hipótesis de que tienen menos recursos para enfrentar el sufrimiento. En el dispositivo del Centro Integral de Salud Taboada Leal no les convence esta respuesta. “Hay otro punto de vista, el que ellos te cuentan: que tienen más estresores, vidas más complicadas, que seguramente sea una generación que viva peor que sus padres por oportunidades laborales más difíciles, peor acceso a la vivienda, que cambió la forma de relacionarse y cuesta integrarse de forma sólida en grupos, están muy conectados a las redes, que tienen unas exigencias terribles de formas de vivir, de cuerpos que tener...”, describe Rodríguez y añade: “No está de más escucharlos”. Y recuerda que es algo que sucede a nivel mundial. “Le llaman pandemia; por algo será”, apostilla.
El psiquiatra Daniel Ramos explica que “hubo un cambio muy importante” desde el COVID-19 que hoy es evidente en las urgencias psiquiátricas de adolescentes: antes eran anecdóticas y ahora, habituales. “Se paró lo que sería normal y saludable para un adolescente que es salir a relacionarse y a sus hobbies. Algo se rompió ahí”, indica. ¿Y por qué a ellos aún les duran las consecuencias cuatro años después? “Los adultos ya teníamos una personalidad hecha. Si un viento fuerte azota un roble, igual se rompe una rama. A una planta en crecimiento, puede dejarla torcida”, ejemplifica.
Cuenta que les llegan “muchos adolescentes con situaciones de acoso escolar o que han perdido la conexión con sus amistades o que están muy metidos en redes y hay muchísimo consumo de cannabis”.
El doctor Ramos cuenta que los de los jóvenes son casos que suelen evolucionar bien y cree que, si en consultas externas pudieran atenderlos con más frecuencia, bajarían los que llegaban a la unidad. Los derivan porque son más impulsivos, tienen menos recursos y la vida por delante.
Trabajando a diario con esta situación, a Rodríguez no le sorprenden los datos del estudio del Instituto de Investigación Sanitaria Galicia Sur, que revelan que una cuarta parte de los universitarios gallegos pensó en suicidarse en el último año. De hecho, advierte que tener estudios y un proyecto vital es un factor protector, por lo que estima que entre los no universitarios ni trabajadores, el problema sea aún mayor. Sí le llama la atención la visión de género que arroja en cuanto a los atracones de alcohol, al advertir que en situación de intoxicación etílica ellas sufren más riego de discriminación de género, abusos físicos, sexuales y psicológicos, que es lo que les pueden causar el sufrimiento y conducirlas a ideas suicidas. “Tiene mucho sentido”, señala.
¿Qué hacer? “Trabajar lo que les conecta al mundo real”. Fomentar aficiones o buscarlas. Si hay depresión, una activación progresiva, en la medida que te permita tu organismo. Opinan que es momento de hablar de cómo intervenir, ahora que se ha perdido el miedo a decir que se padece y a describir cómo se siente uno. Destacan que la unidad tiene métodos muy efectivos para aquellos casos de gravedad, por lo que animan a recurrir a ellos. Creen que niveles más leves de sufrimiento se pueden atender en la comunidad y ven con buenos ojos la creación de un dispositivo en entornos como la universidad. Más recursos para tratar las consecuencias, pero también abordar el origen. “Si hay muchos pinchazos pedimos más talleres, pero también hay que ver qué pasa con la carretera”, exponen y abogan por más información sobre educación sexual, el peligro de estar pegados a una pantalla, los tóxicos...
Solo 80 plazas cada seis meses para casi 600.000 habitantes
El Sergas creó una unidad de prevención del suicidio –con una plaza de Psicología, otra de Psiquiatría y dos de Enfermería– en cada área sanitaria, independientemente del tamaño. La de Vigo es capaz de atender a la vez a unos 80 pacientes –aunque ha llegado a oscilar hasta cien– con planes de seis meses. Solo llegan a los más graves.
Se los derivan, principalmente, de urgencias, consultas y hospitalización. En la unidad, Enfermería hace una evaluación del riesgo. Ven el nivel de sufrimiento, la desesperanza, si hay sensación de pertenencia a colectivos, problemas de inclusividad, ciertos diagnósticos (como trastorno bipolar), intentos previos... El 34,7% lo derivaron tras intentarlo.
Tienen unos resultados muy buenos con la gente que tratan, pero no llegan a todos los que podrían tratar. Llaman la atención sobre la necesidad de detectar a todos esos casos “silentes” de alto riesgo de suicidio. En el área hubo 180 muertes en el último año.
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