Una devoción desde la cuna y sin fronteras
Lorenzo, de 7 meses, asistirá a su primera procesión del Cristo como cofrade
Su madre, gallega nacida en México, hacía coincidir sus vacaciones en Vigo con la celebración para no perdérsela

Marta G. Brea
Uxía Lamas Simón
Lorenzo puede presumir de ser el miembro más joven de la Cofradía del Santísimo Cristo de la Victoria. Con tan solo siete meses de edad, recibió el viernes de la semana pasada en compañía de sus familiares y de otros cofrades, la medalla de la entidad. “Decidimos hacerlo cofrade de pequeño y que su primera procesión ya la viva como cofrade”, dice Paloma, su madre.
Hijo de padres mexicanos con raíces viguesas, es la cuarta generación de su familia que forma parte de la hermandad. Así lo cuenta su madre Paloma: “Es la cuarta generación de ahora, pero en mi familia somos cofrades desde siempre”.

Eduardo y Paloma besando a su hijo Lorenzo / Marta G. Brea
“Es una tradición de toda la vida, desde mis abuelos que son de Vigo, siempre fueron cofrades, luego mis papás, que nacieron aquí y se fueron a México de pequeños, y nosotros que nacimos allí somos cofrades desde que tengo uso de razón”, señala orgullosa Paloma.
Lorenzo no es el único en su familia que pertenece a la hermandad desde bebé. “Su prima también fue una de las cofrades más pequeñas en el año 2017, entonces va de generación en generación, así se lo han inculcado a Paloma y así se lo trataremos de transmitir a Lorenzo”, declara su padre Eduardo.

Marora Martín-Caloto, Hermana Mayor de la Cofradía Cristo de la Victoria, impone su medalla al bebé Lorenzo en brazos de su padre Eduardo / Marta G. Brea
Para esta familia es un hábito que viaja de generación en generación y una devoción que no entiende de fronteras. “Llevamos dos años viviendo aquí, pero antes de vivir en España veníamos a ver a la familia y siempre tratábamos de que las fechas coincidieran con la celebración”, explica Paloma.
Paloma y Eduardo son el fiel ejemplo de que la adoración y el amor al Cristo de la Victoria no tiene límites. Ni siquiera el hecho de vivir al otro lado del Atlántico les impedía expresar su fidelidad al Santísimo. “Cuando vivíamos en México y veníamos de vacaciones en verano era una devoción ir a verlo porque estábamos de manera indirecta con él, pero seguíamos su enseñanza en la distancia. Desde que vinimos a vivir a Vigo lo vivimos con más pasión”, narra Eduardo.
Paloma es una fiel admiradora del Cristo de la Victoria desde siempre y este amor es heredado de toda su familia. “El hermano de Paloma es muy devoto y es el que siempre nos cuenta historias del Cristo, como que antes era negro”, relata su esposo Eduardo.
Lorenzo no fue el único de su familia que recibió la medalla, sino que su padre Eduardo también decidió hacerse cofrade en compañía de su hijo. “Yo, el viernes de la pasada semana, también me volví cofrade”, cuenta Eduardo. “Lo vivimos muy felices, además estaba muy contento”, concluye Paloma.

Eduardo, siempre sonriente, con sus padres Paloma y Eduardo en la Alameda de Vigo / Marta G. Brea
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