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La historia ignorada de los monasterios femeninos medievales en Galicia

Una investigación realizada en la UVigo revela que llegaron a ser 34 y que actuaban como entidades propias, gestionando su patrimonio e influyendo en el entorno

El investigador Víctor Rodríguez Muñiz, en el monasterio de Ramirás, su localidad natal.

El investigador Víctor Rodríguez Muñiz, en el monasterio de Ramirás, su localidad natal.

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Sandra Penelas

Sandra Penelas

A lo largo de la Edad Media, Galicia llegó a contar con 34 monasterios femeninos cuyo papel en la sociedad y la economía de aquel tiempo constituyen un capítulo de nuestra historia muy poco estudiado. O, cuando lo ha sido, frecuentemente minusvalorado. La tesis de Víctor Rodríguez Muñiz en la UVigo arroja luz sobre el papel de estas comunidades que, lejos de ser una “mera prolongación” de las masculinas, funcionaron como entidades propias, gestionando su patrimonio e influyendo en el entorno.

“O monacato feminino era un aspecto moi pouco tratado e, ás veces, cunha visión un tanto deturpada das monxas e coa idea de que constituían mosteiros de segunda fila. E esa resignación que deixan translucir certos traballos non era tal. En tamaño, eran comparables aos masculinos intermedios. E como todo mosteiro, constituían institucións señoriais coas súas parcelas de poder que xestionaban o seu patrimonio e que, coas súas accións, tamén condicionaban a contorna. As monxas non eran vítimas do seu contexto, non rezaban e tecían esperando ordes, eran verdadeiras señoras feudais”, destaca.

Su trabajo, dirigido por el profesor de Historia medieval Francisco Javier Pérez Rodríguez del campus de Ourense y calificada cum laude, aborda con una inédita perspectiva de conjunto el periodo comprendido entre 1100 y 1500. La mayoría de monasterios se constituyeron a lo largo del siglo XII y vivieron su etapa de máximo esplendor en la segunda mitad del XIII. Sobrado de Trives y Ramirás, ambos ourensanos, fueron los de mayor tamaño, llegando a alcanzar el máximo de 16 monjas y su abadesa.

El legado de documentos es escaso y desigual –estudió 600 publicados e inéditos sobre Ramirás frente a uno solo de Moneixas (Lalín)–. Y la mayoría son de carácter económico, sobre todo, compraventas y foros, los contratos agrarios con los campesinos. O, en su defecto, testamentos, que “son fermosísimos e moi valiosos para nós”.

Iglesia de Santa María de Tomiño, del siglo XII, donde existió un monasterio femenino.

Iglesia de Santa María de Tomiño, del siglo XII, donde existió un monasterio femenino. / De Arcos

Estas fuentes revelan cómo los monasterios femeninos, además de gestionar sus rentas, gozaban de derechos eclesiásticos y jurisdiccionales – era común el couto– , que les permitían designar jueces o alcaldes. “Tiñan parcelas de poder importantes, económicas e xurisdiccionais. Arrendaban os seus bens e influían coa súas políticas de cultivos e de gando. E os máis grandes, como Sobrado de Trives e Ramirás, incluso tiñan foros colectivos sobre aldeas. Eran vítimas frecuentes dos abusos da aristocracia, pero tamén hai noticia de que nalgúns casos os cometeron elas sobre outras institucións da comarca ou sobre os foreiros. Eran institucións pequenas, pero de poder e como tal se comportaban, coas súas aristas”, resume.

Tanto las abadesas como las monjas procedían de las clases altas: “Moitas dispuñan de bens e rendas propias que as súas familias lles legaban, polo tanto, senón da aristocracia, polo menos, procedían de linaxes pudentes da zona, que fundaron ou eran benfeitores dos mosteiros, reservándose o dereito para que procesasen as súas fillas. As únicas referencias de campesiñas ou mulleres humildes son como traballadoras”.

Y aunque las abadesas debían ser ratificadas por el obispo y existía cierta dependencia o supervisión por parte de un monasterio masculino, en la práctica esta relación era bastante flexible y las comunidades femeninas tenían la misma independencia en el día a día que sus homólogas masculinas. “Chouzán, por exemplo, depende de Oseira, pero cando a casa nai pasa a ser cisterciense as monxas seguen as ser bieitas”, pone como ejemplo.

Se opusieron a la reforma observante y huyeron de la reclusión en Antealtares

La Baja Edad Media supone un periodo hostil y de decadencia para todos los monasterios debido a la crisis demográfica originada por la peste, el descenso de la producción agraria, los abusos señoriales y la llegada de las órdenes mendicantes, que conllevan un descenso de vocaciones y donaciones a favor de benedictinas y cistercienses.

A esta situación se unen la escasa o nula observación de los preceptos religiosos y una mala gestión de los bienes. Y la reforma observante, más estricta con los monasterios femeninos, ordenó reunir a todas las monjas bajo un sistema de reclusión en San Paio de Antealtares (Santiago) que rompía totalmente con la vida que habían llevado hasta entonces de contacto con el mundo exterior.

“É certo que no século XV a vivencia da orde era máis ben escasa, pero a visión sobre as monxas era máis pexorativa, máis crítica. Nos documentos consta que o abade de San Vicente do Pino, en Monforte, era analfabeto, vividor, que tiña fillos e ía de festa en festa, pero cárganse máis as tintas no caso delas. As fontes regodéanse na vida privada da última abadesa de Albeos, que tiña tres amantes ao mesmo tempo e dous acabaron a navallazos”, relata.

La reforma generó una gran oposición y la abadesa de Trives, gracias al apoyo de la aristocracia, siguió al frente de su monasterio. También respaldadas por sus familias y la sociedad civil, otras superioras como las de Ramirás, Lobios o Cangas huyeron de Santiago, siendo tildadas de fugitivas y apóstatas en los documentos de la época, para volver a ponerse al frente de sus comunidades. Y posteriormente se comprometieron a clasurarlas definitivamente tras su muerte. La muerte de la prioresa de Negradas, en Vicedo, en 1453, cerró este proceso dejando Antealtares como único monasterio femenino benedictino en Galicia.

San Paio de Antealtarese, en Santiago.

San Paio de Antealtarese, en Santiago. / Per Rueda

Las fundaciones efímeras o casas de monjas, un fenómeno único de Galicia

La extensa y detallada investigación del arqueólogo Víctor Rodríguez Muñiz, que ya ha originado varios artículos, ha revelado la existencia de un fenómeno peculiar del que no ha encontrado ningún paralelismo fuera de Galicia. Lo denomina fundaciones efímeras o casas de monjas porque no son propiamente monasterios, carecen de superiora o estructura interna y, en este caso, sí dependen plenamente de comunidades masculinas que administran sus bienes y necesidades religiosas.

“Son retiros estritos de donas da alta aristocracia vinculadas aos Traba, a familia máis poderosa na Galicia do momento. Unha das promotoras foi Urraca Henriques, infanta de Portugal, que se retirou no mosteiro de Nogueirosa que ela mesma fundara como masculino e do que expulsou os monxes”, revela. “E ademais nos documentos figura a intención expresa de que estas fundacións efémeras desapareceran á morte das súas fundadoras. O único caso no que non acontece isto é o de Santa María de Meira, en Castro de Rei, que acaba sendo un priorado cisterciense porque se saltan esa cláusula”, añade.

La investigación también aborda la existencia de comunidades de curas en los monasterios de origen altomedieval, que toman parte en las decisiones de las casas y reciben una parte correspondiente de las rentas, aunque siempre están bajo la autoridad de la abadesa o superiora.

Los fundadores o herederos de monasterios recuperados ejercían un patronato laico, que se materializaba en cierta influencia sobre la vida secular, por ejemplo, en la administración de bienes. Y en el caso de Ferreira do Pantón, su fundadora dona Fronille estableció la transmisión de estos derechos por vía exclusivamente matrilineal.

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