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Gran Vigo

El “Benidorm” de Vigo está en Coia

Pese a lo bien que se lo pasan, los mayores lamentan la suciedad del parque Emigrante y piden que se mantenga en condiciones

Cuatro personas, echando la partida en Castelao. P. HERNÁNDEZ

Bajo el calor de un radiante sol que se difumina entre las hojas de los árboles, el parque infantil Emigrante se encuentra cada tarde –especialmente en verano– con la misma escena: decenas de personas, fundamentalmente jubiladas, aprovechan su tiempo entre las brisas que recorren la avenida Castelao. En ese enclave, cerca de la transitada Praza América, dan paseos con ida y vuelta; leen bajo la tranquilidad que impera cuando no lo hacen los gritos de quienes allí también juegan a las cartas; o simplemente charlan. Cada uno descansa como quiere en Coia, ese lugar que antaño se asimilaba al Bronx más inseguro y que ahora bien podría ser bautizado como el Benidorm vigués.

El entorno, que en días concurridos puede llegar a albergar a varios cientos de vecinos, sobre todo de la zona y sus alrededores, peca de un problema que ponen de manifiesto aquellos que más lo conocen. La basura se ha convertido en la norma que sobresale frente a la excepción y pueden verse en sus inmediaciones deshechos de todo tipo. Desde latas de cerveza vacías en el suelo hasta numerosas colillas concentradas en pocos metros, pasando por papeleras completamente rebosantes y suciedad en las propias mesas, son bastantes los ciudadanos que, cuestionados por FARO, apuntan al caos pidiendo una solución. A sus ojos, es lógico que un espacio en el que se concentra tanta gente sea mantenido lo mejor posible.

Así lo destaca Conchi, que desde un banco –sentada– plantea su particular interrogante. “¿Sabes qué pasa? Que no vienen a limpiar mucho”, se autorresponde sin mala fe al lanzar la crítica, pues considera que si el alcalde, Abel Caballero, supiese eso lo arreglaría. De la misma opinión es Antonio, su marido, quien apunta al regidor local como “el mejor que ha tenido Vigo” aún reconociendo que lo peor de la urbe son los parques y jardines. “Funciona muy mal”, asesta, comentando que mejoraría la limpieza porque es esencial en todos los sitios. “Donde vivo yo hay alguna calle que la hierba está así”, pone como ejemplo, llevándose una mano a la altura de las rodillas.

El hombre apunta a las hojas que allí se ven en el suelo, diciendo que se nota que son de varios días, mientras la mujer reconoce que a veces debe poner algo bajo sus posaderas para no mancharse y mismo que en ocasiones, a causa de los restos de alimentos que dejan otras personas, el lugar es frecuentado por palomas y gaviotas. No obstante, también admiten que la basura es un problema de todos y que la gente, como es evidente, algo ensucia.

Varios mayores, jugando a las cartas sobre una de las mesas de piedra, cubierta con un mantel. PABLO HERNÁNDEZ

Lejos de la tranquilidad de los bancos, el bullicio se percibe más en las mesas de piedra en las que diferentes grupos juegan a las cartas. El tute manda, como no podía ser de otra forma, y mantener conversaciones con quienes agarran las cartas se torna complicado pero por suerte no imposible. “Por la tarde echamos la partidita, ¿a donde quieres ir?”, cuestiona Alberto, que incide en que hay menos ancianos que lo habitual porque muchos están en la aldea de vacaciones. Entre sus peticiones “que cementaran el suelo y por lo menos limpiaran”. “Mira como nos ponemos todos”, exclama, dirigiendo los ojos hacia sus pantalones. La superficie, terrosa, ha dejado alguna huella en ellos.

Para Basilisa, que asegura llamarse así entre su leve risa y la de sus compañeras de partida (Elena, Beni y Concha), también es necesario “que retiren esas porquerías y manden un poco más de limpieza”. A ello añade que deberían instalarse nuevos asientos, pues hay algunos que han desaparecido y todavía no han sido repuestos. “Aquí con la sombra de los árboles se está muy bien”, dice cambiando de tema y explicando que hace 20 años o más que se instauró la tradición de venir aquí a pasar las tardes. Lo hacen, como las demás fuentes consultadas, porque consideran que –pese a los puntos negativos del lugar– es un buen plan. “Se está mejor aquí que en la playa”, afirma rotundamente.

“Al saber que viene mucha gente deberían arreglarlo un poquito”, comenta Loli por su parte. “A ver si lo oye el alcalde”, agrega. Apostando porque “si se entera de esto, seguro que en unos días está limpio”, cree conveniente también que sería preciso acondicionar las instalaciones del lugar. Eugenia, a su lado, evidencia que “la gente ensucia” aunque matiza que la limpieza no es rutinaria: “Esas papeleras no son de hoy”.

Los mayores suelen acudir al parque infantil Emigrante entre las 15.00 y las 16.00 para acabar yéndose sobre las 20.00 e incluso más tarde. En el lugar, donde se encuentra el rojiblanco Tranvía a Peniche –instalado con motivo del cincuenta aniversario de su desaparición, que coincidió con la entrada en funcionamiento de los Vitrasa–, conviven además un área con columpios para los más pequeños y hasta un gimnasio urbano con diferentes máquinas para hacer ejercicio. En todo su perímetro, menores y mayores –muchos habituales de la zona o conocidos entre sí– disfrutan del calor resguardados bajo las hojas de los árboles. Allí esperan, entre conversaciones que van desde el nuevo montaje de las luces navideñas hasta los incendios de Verín, paseando o jugando, mientras esperan esa ansiada reforma que mejore el entorno en el que mejor se lo pasan.

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