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Faro de Vigo

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Las nuevas vidas de Khalida y Neel

En solo un mes, una viguesa ya ha acogido a dos afganas que huyen del terror talibán

Khalida, en su nuevo hogar, junto a Patricia. | // ALBA VILLAR

Khalida Nasr conoció el pasado 2 de agosto a Patricia Caride, una viguesa que no dudó en acoger a esta afgana tras escaparse de su país por la imposición del régimen talibán. Este mes se cumple ya un año desde que el horror se instauró en aquella nación, llevando a numerosas personas –muchas de ellas mujeres– a abandonar la tierra que las vio nacer para poder salvarse. Para tener una vida digna. Y humana.

De la remota provincia de Badajshán –ubicada al noreste del país, entre el Hindu Kush y el Amu Daria– a Vigo, la historia de esta muchacha de tan solo 24 años dio comienzo cuando su padre le abrió la puerta a marcharse: algo al alcance de muy pocas. Contactó primero con Afghan Women on the Run, que trasladó su caso a Yaran (ambas organizaciones que intentan ayudar a las numerosas víctimas del fanatismo intransigente que se instala en el continente asiático). Favorablemente, acabó llegando una respuesta positiva.

Atemorizada por el yihadismo más radical, primero viajó a Islamabad (capital de Pakistán), donde estuvo residiendo hasta su llegada a la ciudad olívica. Aquí cursará ahora un máster de la rama económica en la Universidade de Vigo, hospedándose en casa de una viguesa que desde el pasado martes le presta su apoyo en todo y cuanto puede. Fundamentalmente ofreciéndole una cama sobre la que dormir, pero también una persona con la que hablar. Un vínculo elemental para esta chica, que en poco afrontará su nueva etapa formativa.

“Aquí puedo estudiar y estoy en un lugar seguro”, dice en declaraciones a FARO, indicando que para ella es un “honor” poder estar en España porque en Afganistán “las niñas no tienen derecho a estudiar ni a trabajar”: “Estoy muy feliz. Puedo continuar viviendo libremente, respetando a las mujeres, y teniendo una vida en un ambiente seguro”.

El lugar en el que se encuentra es bien distinto al de su familia, todavía en un territorio que no hace más que aumentar su hostilidad e intolerancia conforme pasa el tiempo. Allí, su madre –que era profesora– ya no trabaja porque no le dejan y el único que lleva un sueldo a casa actualmente es su padre –médico de carrera–, que tiene que alimentar al resto de sus hermanos (cuatro en total, uno de ellos en Egipto).

“La situación empeora diariamente (...) La vida de todos está en peligro, especialmente la de las mujeres y niñas afganas”, señala Khalida sobre el estado de su nación, admitiendo que si bien “es un poco difícil” adaptarse a la nueva cultura, ya está estudiando español y conociendo a la gente de la ciudad. Es la primera vez que viaja y vive fuera de Afganistán, pero ello no le intimida y se muestra “agradecida con el pueblo de España” por la oportunidad.

La joven se encuentra en la casa de Patricia, que decidió acogerla tras conocer su historia de la mano de una amiga suya que está colaborando con Yaran dando clases a refugiados. El pasado dos de agosto fue a recogerla a la estación de tren y desde ese momento y hasta el término del curso que viene estará a su cargo. Cabe destacar que Khalida cuenta además con el apoyo de un sponsor que le ayuda con diversos gastos como el material escolar o la comida... Una madrina con la que Patri está “en contacto directo”.

“Son chicas que necesitan mucho apoyo”, comenta la mujer. Habla en plural porque antes de acoger a esta muchacha ya había pasado por su hogar otra joven afgana. Nelofar Shinwari, para sus amigos Neel, estuvo con ella durante el mes de julio, pues venía a una residencia de estudiantes que no abría ese mes y necesitaba un hogar. En su caso, la chica (también de 24 años) se forma en la Escuela Técnica de Joyería del Atlántico. En paralelo, al igual que hace su compatriota, está aprendiendo a hablar español.

“Cuando los talibanes llegaron al país, todos nos deprimimos. No es fácil comenzar a estudiar y trabajar con una depresión, pero aún soy fuerte. Todos los días practico conmigo mismo para aceptar todas las cosas que perdí y así empezar una nueva vida desde cero”, comenta Nelofar por su parte. Con sentimientos encontrados, destaca que aquí se siente segura pero aún recuerda lo que se quedó en Afganistán.

A ojos de Patricia, tanto con una como con la otra la experiencia ha sido y está siendo “muy buena”. “Te hace valorar tu día a día. También tu sociedad, aunque tenga mucho que cambiar”, apunta, aseverando que “se nota mucho su agradecimiento”. “Son jóvenes muy educadas que intentan ayudar siempre en todo lo que pueden. Te repiten mucho que eres muy importante para ellas, que les estás cambiando la vida”, remarca la viguesa.

Según su parecer, acogerlas es un pequeño gesto que al principio puede dar un poco de vértigo “porque es una experiencia que hasta que no estás con ellas y no vives lo que yo estoy viviendo ahora parece complicado”. “Pero no lo es”, añade. De igual modo, resalta las “muchas ganas de aprender” que tienen ambas. Gracias a Yaran se logra precisamente eso, dar una “nueva oportunidad a gente joven” y favorecer su acceso a una educación de calidad en un país seguro. La entidad, que cuenta con un itinerario alternativo y se cimienta sobre recursos propios, reivindica el “importante” papel que juega la acogida. “Necesitamos más familias”, subrayan.

Desde la llegada al poder de los talibanes a mediados de agosto de 2021, las mujeres afganas han visto cómo sus derechos se han reducido considerablemente, con restricciones que pasan de la prohibición a las adolescentes de asistir a las escuelas, o la segregación por sexo y el uso obligatorio de burka en zonas públicas. Un presente muy lejano del futuro que Khalida y Neel buscan ahora en Vigo, donde viven sus nuevas vidas con total libertad.

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