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Faro de Vigo

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Cuando en Vigo los cruceristas se arrodillaban “adorando al sol”

Hace 60 años el puerto vigués recibía la visita de tres trasatlánticos franceses de pasaje, mayoritariamente, de raza negra

El “Brazza”, en sendas postales de la época. // FdV

Hace sesenta años, el puerto de Vigo era visitado frecuentemente por un trío de trasatlánticos franceses nombrados Brazza, Foucauld y Général Leclerc, que llegaban a la ciudad dentro de una ruta entre Burdeos y puertos de las antiguas colonias francesas de África Occidental, en una línea regular mixta de pasaje y carga. El puerto vigués era por entonces un hervidero de pasajeros que marchaban o regresaban de la emigración americana, en unos años en los que esta actividad ya enfilaba el ocaso de uno de los tráficos más relevantes de su historia. Y al mismo tiempo y aunque todavía era grande su importancia como puerto migratorio, también empezaba a recibir un creciente número de trasatlánticos con turistas, promediando unos 25 al año en el primer lustro de los sesenta.

Cuando en Vigo los cruceristas se arrodillaban “adorando al sol”

Entre esos barcos figuraba el citado trío francés, que aunque no eran cruceros al uso, hacían escala en Vigo para que a su pasaje le resultara más llevaderas las travesías entre Burdeos y África, viajes que solían durar unas tres semanas. El pasaje de Brazza, Foucauld y Général Leclerc estaba compuesto en su mayoría por personas de raza negra, que procedían de los territorios franceses en África y se dirigían a Francia como emigrantes en una línea regular que, arrancaba en Burdeos, tocando en Vigo, Lisboa y Madeira, como puertos turísticos, y seguía a otros de Gabón, Camerún, Senegal, Mauritania, Costa de Marfíl y Guinea-Conakry, como terminales de pasaje y carga, aunque según convenía, se incluían en algunas ocasiones puertos de otros países.

El viaje de regreso era muy parecido y en él, Vigo también solía participar en el itinerario. En cuanto a las mercancías transportadas, estos barcos solían llevar en los viajes de ida materiales de segunda mano básicamente compuestos por maquinaria, mobiliario y una gran variedad de carga general diversa, mientras que en los de vuelta lo hacían con productos tropicales, con maderas nobles, frutas, cacao y hortalizas a la cabeza, que se estibaban en sus bodegas frigoríficas.

Llamaban la atención

El primer trasatlántico que surcó aguas viguesas en esta novedosa ruta fue el Brazza, que atracó en el muelle de la estación marítima el 21 de mayo de 1956 con unos 300 pasajeros que iban en viaje de regreso a Francia. Al mes siguiente lo haría su gemelo Foucauld, con idéntico destino. Estas escalas llamaban poderosamente la atención de los vigueses ya que el pasaje se dejaba ver en sus paseos por las calles de la ciudad luciendo vistosas y coloristas vestimentas e incluso, en ocasiones eran observados arrodillados a la hora del rezo, durante el ocaso, mirando hacia La Meca dada su procedencia de países islámicos. Este hecho fue recogido en una de las crónicas consultadas que informaba literalmente que “muchos pasajeros fueron vistos al atardecer adorando al sol, orando tal como manda su costumbre y ritual de su religión”.

Además de personas en busca de trabajo en la próspera Francia de los sesenta o que regresaban a sus países de origen en África ya fuera transitoria o definitivamente, buena parte del pasaje de los tres trasatlánticos estaba compuesto por personal militar tanto de reemplazo como de instrucción, que iba destinado a los países africanos de habla francesa. Entre ellos era habitual que viajaran paracaidistas de las fuerzas aéreas galas, a la vez que religiosos de ambos sexos destinados a Senegal en misiones evangelizadoras.

Por otra parte, a bordo se distribuían folletos entre el pasaje dando cuenta de los lugares de interés turístico que la naviera animaba a visitar y que en el caso de Vigo eran el Castro, Samil, la Guía y Castrelos, así como a participar en excursiones “en modernos autopullmans” a Santiago, A Toxa y Pontevedra. En una de estas travesías, un tripulante que se dirigía a África desde Burdeos, hace una descripción de su viaje colgada en la página web www.la-marine-merchande.com en la que comenta el ambiente que se vivía a bordo durante las escalas africanas de una travesía realizada por el Brazza en el verano de 1963:

“Embarcados en cubierta hay muchos pasajeros que dan un gran colorido. Escotillas y pasillos estaban abarrotados de mercancías y pasajeros comiendo, durmiendo y charlando, tanto de día como de noche. El pescado seco transportado despedía un olor atroz”.

Astilleros ingleses

Brazza y Foucauld eran buques gemelos construidos en astilleros ingleses a finales de los últimos años cuarenta. Medían 146 metros de eslora por 19 de manga con un registro bruto de 9.065 toneladas y equipaban motores de 8.800 caballos de potencia que les daban 17 nudos de velocidad teóricos. Contaban con capacidad para 538 pasajeros distribuidos en cuatro categorías de acomodación y 132 tripulantes.

Por su parte el Général Leclerc se inauguró en 1951 tras ser construido en astilleros de Saint Nazaire y respondía a un proyecto similar de sus antecesores, con unas características que los hacía prácticamente iguales. Aunque ninguno de estos barcos fue equipado con piscina para aprovechar al máximo el espacio de carga en bodegas, sí contaban con aire acondicionado que ayudaba a sobrellevar la navegación en los calurosos países que visitaban. Brazza y Foucauld fueron vendidos a la armada francesa a mediados de los años sesenta para ser utilizados como buques auxiliares como Maurienne y Moselle. Tras diez años de servicio, terminaron sus días en el desguace. Por su parte, el Général Leclerc continuó en solitario el mantenimiento de la ruta hasta que fue vendido en 1969 poniendo fin a la conexión entre Francia y África Occidental.

Estos tres trasatlánticos, que engrosaban la flota de la naviera Chargeurs Reunís, presente asimismo en el tráfico migratorio con Sudamérica desde Vigo por aquellos años, sumaron unas 120 escalas en el muelle de la estación marítima entre mayo de 1956 y setiembre de 1965, poniendo una pincelada de exotismo y colorido en cada visita, que los vigueses recibían con una mezcla de sorpresa y simpatía.

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