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Faro de Vigo

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Vidas marcadas por el cariño a Vigo

Ángel Prado y Luis López narran como han vivido, desde su infancia hasta la actualidad, las celebraciones religiosas más importantes de la ciudad

A la izquierda, Antonio y Luis (por orden) de jóvenes. A la derecha, en unas fotos de la actualidad. Cedidas

Ángel Prado y Luis López son dos de los nuevos cofrades que este viernes recibieron sus medallas al ingresar en la Cofradía del Cristo de la Victoria. En unas vidas marcadas por la tradición, la religión y su innato cariño a Vigo, en ambas historias convergen infancia y fe.

Por la parte que le toca a Ángel, un vigués de 50 años que siente “un gran arraigo a la ciudad”, su primer contacto con el Cristo de la Victoria se produjo de la mano de su abuela. Junto a ella y su madre recuerda las primeras procesiones siendo solo un niño. Cuando este año le propusieron formar parte de la Cofradía, no se lo pensó ni una vez. Su respuesta fue un claro sí. “Me hace mucha ilusión formar parte de esto, vivirlo desde dentro también, es un tema de sentimiento”, expresa.

“Para mí es un placer y un motivo de satisfacción muy grande”, dice, incidiendo en que ayer se convirtieron en cofrades él y su madre, con la que tantos buenos momentos ha vivido. Sin su abuela, siempre en el corazón pese a que ya no esté, sigue acudiendo anualmente al Cristo de la Victoria, ahora acompañado de su mujer y sus hijos. Es el ejemplo vivo de que el tiempo pasa, pero la fe permanece inmóvil.

Ir a la procesión, a sus ojos, es algo que tienes que hacer todos los años y que no eres capaz de no hacerlo. “Para mí es uno de los momentos más bonitos que tiene la ciudad en todo el año”, remarca.

En el caso de Luis, él llegó con solo ocho años desde Argentina. Nacido en Buenos Aires, aterrizó en Vigo, donde lo que más le sorprendió –además de los tranvías que en la urbe olívica ya resonaban– fue la deslumbrante procesión del Cristo de la Victoria y la gran cantidad de gente que había. “A partir de ahí empiezas a tener curiosidad”, indica, señalando que ese fue el comienzo de su particular atracción.

Hace tres años tuvo que dejar Vigo e ir a Valdoviño a cuidar a su suegra. Fue en medio de la pandemia del devastador coronavirus cuando más sintió la necesidad de volver. No lo hizo hasta este año, hablando previamente con la Cofradía para “advertirles” de que una vez aquí querría formar parte de ellos. Dicho y hecho, tras su llegada a la ciudad ha sido nombrado nuevo cofrade: “He echado a Vigo tanto de menos que no se lo puede ni imaginar”.

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