El jueves 30 de junio, a las 8,30 de la mañana suena el teléfono. Soy Isabel, “se ha muerto Ángel”. No pude reaccionar más que con un prolongado silencio.

Estamos tan ocupados que cuando nos damos cuenta, ya no estamos aquí. Ahora se ha marchado Ángel y ya nunca podremos decirnos todo aquello que fuimos dejando para un después. Todo lo que ahora se diga no será sino un acto de contrición por lo que hemos callado cuando teníamos que haber hablado o hablado cuando deberíamos haber guardado silencio.

La muerte tiene estas cosas, deja habitaciones vacías, vacíos imposibles de llenar. Apaga luces para siempre en nuestras vidas y entristece de tal manera que no hay nada que suplante el infinito dolor de la ausencia definitiva de la persona y el mundo que se va con ella.

Pero como decía el filósofo Dilthey: “La vida es una mezcla de carácter destino y azar”. Mi azar fue encontrarme con Ángel. Desde ese momento iniciamos una AMISTAD con mayúsculas, la que incluye entendimiento, afecto y respeto mutuo. Llena de momentos de encuentro y desencuentros como se forja la verdadera amistad.

Fui acercándome poco a poco a Ángel y descubriendo los valores que atesoraba: generosidad, bonhomía, inteligencia, simpatía, buen humor y profundo conocimiento sobre todo aquello de lo que hablaba y decía.

Decimos que siempre se van los mejores, y el tópico, en tu caso es realidad. No todos dejan huella, pero la tuya es tan grande y profunda que difícilmente se borrará. Lo han recordado todos tus compañeros en los mensajes enviados a tu familia. En ellos se repetían dos palabras: maestro y buena persona. Sí, eso has sido tu Ángel, un maestro de cirujanos y una buena persona.

Queremos pensar que lo que ha pasado es que has cambiado de hospital, que en ese nuevo hospital te volverás a encontrar a muchos conocidos: Rafa, Antonio Sieira, Eduardo, Antonio Higuero, Hipólito y Pedro. Todos continuareis vivos en nuestra memoria para siempre.

Aquí dejas la tristeza de tu querida familia, Isabel y tus hijos Marta y Arturo, que constituyeron el pilar fundamental de tu existencia.

Aquí estamos también los que aprendimos cirugía contigo, aprendimos el cariño y forma con que tratabas a los enfermos, como sufrías con sus complicaciones y como sentías al hospital como tu segunda casa.

Nunca el tiempo y el horario existía si el enfermo lo necesitaba, tu entrega fue máxima.

No debemos estar tristes, la vida es la obra maestra de cada uno, si bien todos recorremos un camino inexorable, vida como la de Ángel dan consuelo y esperanza. Una vida como la tuya no pone punto final cuando deja de latir el corazón, sino que sigue viviendo en el tiempo: en tu familia, discípulos, enfermos y amigos.

Querido Ángel, los muertos no se quedan solos, como afirmaba el poeta, lo hacemos nosotros cuando se van personas como tú.

*Servicio de Cirugía General