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Juan de Oliveira

De la ruina al éxito a lomos de un caballo

Se cumplen veinte años del fallecimiento de Juan de Oliveira, el escultor de equinos que creó las figuras de la Praza de España, uno de los símbolos vigueses más representativos

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El escultor tudense Juan de Oliveira esculpe una de sus esculturas.

Este mes se han cumplido veinte años del fallecimiento de uno de los artistas plásticos gallegos más icónicos, Juan de Oliveira. Su historia vital es tan excepcional como las esculturas equinas que colocó por todo el Estado español. La más representativa para vigueses y viguesas es la que evoca cinco grandes caballos en pleno centro de la Praza de España. El relato vital de Oliveira, recuperado estos días por su nieto, el cineasta Guillermo de Oliveira, es una historia que galopa entre el éxito y el fracaso: “Foi un home que descubriu o seu talento case que por casualidade e con máis de corenta anos”, explica Guillermo. Pero vayamos al principio de todo.

Una historia de superación

A comienzos del siglo XX, el abuelo del escultor se trasladó al municipio de Tui y, junto a su yerno, fundó una fábrica de galletas que acabaría siendo un éxito absoluto a nivel empresarial. En pleno remate de la Primera Guerra Mundial, La Peninsular –así se llamaba la empresa– se convirtió en un fenómeno sin parangón en la industria alimentaria gallega. Las condiciones socioeconómicas del período de entre guerras favorecieron que un producto fácil de transportar y de conservar cosechase logros empresariales de primer nivel. “Mi bisabuelo Juan Alberto de Oliveira [padre del escultor] heredó el negocio en 1933. Durante la Guerra Civil las galleteras gallegas dispararon sus exportaciones al estar su principal competencia en territorios republicanos como País Vasco, Aragón y Cataluña”, argumenta Guillermo. Y aunque la posguerra trajo momentos delicados para la empresa familiar “el establecimiento de cupos oficiales de harina y azúcar salvó el negocio”, puntualiza.

El escultor con uno de sus caballos en su casa de Tui.

Llegaron los años cincuenta, momento en el que protagonista de esta historia, Juan de Oliveira, recibe el encargo de heredar y dirigir la empresa familiar. Como recuerda su nieto, su pasión siempre fueron los caballos, pero la presión de hacerse con las riendas de la empresa familiar pesó más y así comenzó su andadura. Sea como fuere, en menos de una década, la empresa galletera quebró.

Arruinado el histórico negocio y con cuarenta años cumplidos, un buen día un artista se acercó a las cuadras de Juan de Oliveira, donde le solicitó permiso para poder esculpir uno de sus muchos caballos. “Mi abuelo vio el resultado y, con más o menos tacto, le dijo que aquello no estaba bien hecho”, recuerda su nieto. Aunque el artista local puso empeño en incorporar las modificaciones que Oliveira proponía, este no se satisfizo.

El propio Juan de Oliveira lo cuenta en un documento audiovisual de una televisión recuperado también por su nieto: “Ao vivir con eles [os cabalos] eu sabía un pouco máis. Cando lle din os consellos díxome ‘fai ti un se tanto sabes’. Púxenme a facelo e, mira, aquí estou”. Ese sitio en el que estaba era un lugar privilegiado dentro de la escultura. “Foron Xavier Pousa e o propio Laxeiro quen o animaron a presentarse á Bienal de Pontevedra. E dende aí, o éxito foi imparables. Comezou a expoñer en Madrid e a poder vender arte”, recuerda Guillermo en conversación con este periódico. En su relato en redes sociales ahonda: “Cuando el artista que le había lanzado el desafío vio el resultado, pensó que le estaba tomando el pelo, mostrándole la obra de otro escultor. Con 40 años y por pura casualidad mi abuelo había descubierto su pasión y su talento”.

Y así fue. Durante las siguientes tres décadas, Juan de Oliveira se convirtió en un escultor de renombre y se dedicó exclusivamente al mundo artístico y al cuidado de sus caballos en una parroquia de Tui.

Portada de FARO del 17 de abril de 2002, que recoge el fallecimiento del escultor

Los recuerdos de la infancia

El cineasta Guillermo de Oliveira recuerda aquellos domingos de aldea en los que visitaba la finca de su abuelo: “Alí tiña unha chea de animais e o seu obradoiro. Eu e meus irmáns eramos novos e tiñamos que ter moito coidado coas súas esculturas”. Guillermo todavía recuerda, más de dos décadas después, los olores que desprendía la cera que utilizaba su abuelo para sus creaciones: “De feito, eses efluvios eran tóxicos e condicionaron moito o cancro de pulmón que o meu avó acabaría padecendo”, lamenta.

Hoy en día, las singulares esculturas de Juan de Oliveira presiden espacios prioritarios a lo largo de todo el Estado. La más famosa de ellas es la de la Praza de España, inaugurada en 1991: nada menos que una escultura de dieciocho metros de altura y cuarenta toneladas de peso. Pero las obra de Oliveira también se pueden ver en la T2 del Aeropuerto de Barajas, en el zoo de Madrid o en una gran alameda de la ciudad de Cádiz.

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