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El futuro del sacerdocio se juega en casa

De izquierda a derecha, Miguel A. Fernándes, Fabián del Amparo, Luis Boullosa y Javier Vila, en la capilla del Seminario Mayor San José Ricardo Grobas

Tal vez no puedan imaginarse los cuatro protagonistas del Seminario Mayor San José que la que es su casa ahora –y donde pasarán 6 años– fue capaz de concentrar hasta 80 futuros sacerdotes cada año. Y a pesar de la crisis que sufre la Iglesia para reclutar a nuevos valores que tomen el testigo de sus predecesores, los rectores no desisten en su empeño.

Amor, celibato, sexo o tecnología: cuatro jóvenes que se forman en el Seminario Mayor San José para tomar el testigo generacional abordan sin complejos su vocación

“Estamos en un proceso de transformación generacional y ellos son el futuro”, puntualiza Ángel Carnicero, rector del Seminario. Su figura es indispensable a la hora de guiar a estos cuatro jóvenes que emprenden una larga carrera, llena de mucho estudio, esfuerzo, y una convivencia que permite que cuaje la vocación.

“Es importante para retroalimentarnos en nuestra misión de entregar nuestra vida a los demás”

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Javier Vila (Ponteareas, 20), Fabián del Amparo (Salvaterra do Miño, 25) , Miguel A. Fernandes (Venezuela, 43) y Luis Boullosa (Vigo, 25) Ricardo Grobas

Aunque la capilla grande del Seminario se guarda para las grandes ocasiones, no escapa al ojo foráneo que un rezo ante la impresionante vidriera que la corona es más embelesante que en la pequeña capilla de todos los días, situada en el ático de las instalaciones de la avenida de Madrid. Desde su terraza se divisa la reconvertida Escuela de Magisterio y, para imaginar dónde duermen los seminaristas, hay que hacer un auténtico ejercicio de imaginaria arquitectónica, pues los largos pasillos de la entidad diocesana dan cuenta de la amplitud de un edificio que hace décadas albergó una gran actividad. Hoy las nuevas generaciones llegan con fuerzas renovadas, con las ideas claras, pero sin dejar de ser ellos mismos.

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Luis Boullosa (Vigo, 25), Javier Vila (Ponteareas, 20), Fabián del Amparo (Salvaterra do Miño, 25) y Miguel A. Fernandes (Venezuela, 43) forman parte del futuro sacerdocio gallego. Saben lo que quieren y cómo lo quieren. Consagran su vida a Dios, se comprometen con una vida de entrega a la Iglesia, y más tarde, después de su diaconía –paso previo a la ordenación– a sus parroquianos.

“Siento vértigo porque es mucha responsabilidad. Y en mi caso, que ya estoy en quinto curso, ya veo ese momento cada vez más cerca. Pero a la vez estoy muy contento y con muchas ganas”

Fabián - Seminarista

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Los seminaristas en un momento de oración en el Seminario Mayor de San José Ricardo Grobas

Los cuatro quieren poner de manifiesto que están en el Seminario porque quieren y “decididos” con el compromiso adquirido, aunque saben que el camino no será sencillo.

El interrogante de cómo una persona con 17 o 18 años llega a la conclusión de que quiere dedicar su vida a Dios, a lo eclesiástico, a ser célibe, a sufrir con y para los demás, a un recorrido lleno de renuncias, y también muchas satisfacciones, siempre ha tenido una respuesta: la llamada. “Desde pequeño iba a misa, era monaguillo, después seminarista en una pastoral. Estudié en el Seminario Menor, lo cuál es muy importante, porque te enseñan a discernir si tienes una verdadera vocación o no. Todo eso me gustó y aquí estoy”, relata Javier.

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En el caso de Luis, la dicotomía marcó su vida. Mientras que por un lado llevaba una vida discreta, entregada al voluntariado cristiano, por el otro, acabó estudiando Administración y Dirección de empresas. Pero fue la Jornada Mundial de Jóvenes Cristianos Católicos en Cracovia la que marcó un punto de inflexión en su vida. “A partir de ese día, donde compartí tantas cosas, empecé a cuestionarme lo que iba a hacer a partir de ese momento. La vida de Jesús me cautivó”, destaca.

Camino de Santiago decisivo

La llamada lo tuvo un poco más difícil con Fabián. La educación de sus padres en la fe fue importante. De madre catequista, su incipiente rebeldía hizo que no se desviara de su motivación. “Me gustaba ir a misa, ¿y qué? En el instituto me sentí un poco más apartado pero en el grupo de baile al que iba lo entendían, y ése fue mi refugio. Pero mis aspiraciones con Dios llegaban solo hasta ahí. Haciendo el Camino de Santiago, un sacerdote se acercó a mí y me dijo: ¿Le preguntas al Señor qué quiere de ti? Lo hice y me quedé un poco igual. Me dijo que lo siguiera intentando, hasta que por fin, sí sentí esa atracción a Dios, ese enamoramiento elevado en el que tienes muy claro el camino”, asegura. Sin embargo, no se olvida que le encantan los coches, el baile y el deporte. “Sigo siendo yo, y eso es fundamental para estar aquí dentro”, concluye. 

La llamada de Miguel fue algo más mística. Una aparición en su casa en un momento complicado de su vida y un enigmático mensaje a través de una red social le condujeron al Seminario San José. “Aunque no quería saber nada de esto, un retiro espiritual me abrió la puerta a una vida que a mi edad ya no esperaba”, explica.

Los cuatro futuros sacerdotes entienden que las nuevas generaciones tienen la misión de renovar una Iglesia que empieza a sacudirse de las normas encorsetadas del pasado. Y como jóvenes adultos que son abordan la sexualidad, el celibato y el amor de una forma natural, sin complejos. La tecnología forma parte de su vida y tanto pueden disfrutar con un videojuego como leer la Biblia en su tableta.

“Es que es así, tenemos una rutina aquí, vivimos aquí, pero vemos a nuestros amigos y familia como cualquier otro estudiante”, añaden. El sexo y el celibato los tratan de forma cotidiana entre ellos y no suponen un tabú. “A mí me gustan las mujeres, pero me controlo, somos seres racionales. Es mi decisión. Queremos dirigir nuestras aspiraciones hacia otros derroteros como es la entrega a los demás”, abunda Javier.

La cafetería suele ser su punto de encuentro distendido, antes del rezo o del estudio. Un refresco, un café o un cigarro muestran una normalidad pocas veces exteriorizada y siempre asociada al monacalismo o la condescendencia sin fundamento. Luis, Miguel, Javier y Fabián sueñan con ordenarse, como cualquier otro estudiante que no duerme el día antes de su graduación.

“Dices a muchas cosas que no para decir a muchas otras que sí”

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Los cuatro futuros sacerdotes, junto al rector y formador, Ángel Carnicero, en clase de Filosofía.

Los cuatro futuros sacerdotes, junto al rector y formador, Ángel Carnicero, en clase de Filosofía. Ricardo Grobas

A las 7.15 horas la vida se despierta en el Seminario Mayor San José. Toca rezo hasta casi las 8.00. Un desayuno contundente y comienzan las clases. Filosofía y Teología son algunas de las materias que todos los días pasan por las manos, tanto de los alumnos como de sus formadores, entre los que se encuentra el rector, Ángel Carnicero, que bromea con sus pupilos como cualquier profesor: “Todos suspensos”, añade. Después de comer, sobre las 15.00 horas, es el momento de comentar el plan de la tarde tras el estudio. “Un cine, una bolera o celebrar con la familia algo importante. Dices a muchas cosas que no, para decir a muchas otras que sí, comenta Javier. Eso sí, a las 16.00 horas toca Rosario. 

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