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“Después de vacunarme, ¿me puedo tomar la viagra?”

Un enfermero poniendo una vacuna, ayer, en el Ifevi.

Un enfermero poniendo una vacuna, ayer, en el Ifevi. Marta G. Brea

Una de las preguntas que le hacen habitualmente al personal de Enfermería que administra las vacunas frente al COVID en el Ifevi es si después pueden beber alcohol. No llama demasiado la atención que la gente pueda tener esta duda, pero sí sorprenden otras cuestiones que les plantean. Cuentan que “Estoy con la regla, ¿puedo vacunarme?” o “¿Puedo ir a teñirme”, son frecuentes. También es habitual la advertencia de que tienen varices, preocupados por si son más propensos a reacciones con fenómenos trombóticos. Hay más de un mayor inquieto por otra cuestión: ¿Ahora me puedo tomar la viagra?

Excusas con pillería, sinceros agradecimientos o preguntas curiosas son algunas de las anécdotas del equipo de vacunación del Ifevi

Las anécdotas del equipo de profesionales que trabaja en el dispositivo de vacunación masiva organizado por el Servicio Galego de Saúde (Sergas) en el recinto ferial atesora muchísimas vivencias y anécdotas en estos tres meses de actividad. Unas simpáticas, otras bonitas y algunas malas. Como la primera que se le viene a la cabeza a la enfermera Lara Boó. Cuenta que es muy rápida pinchando y, dependiendo de la vacuna hay gente que ni se entera –la Pfizer no duele, pero la Janssen sí, por ejemplo–. Una señora estaba convencida de que no la había vacunado. Se quejó. Mucho. Quería poner una reclamación contra ella. No lo hizo, pero no se fue convencida.

Su compañero Mario González cuenta que las peores anécdotas las tienen con AstraZeneca, con la que hubo “mucho rechazo”. “Uno me quería pegar porque no le ponía la que él quería”, recuerda. Los negacionistas también acuden a vacunarse. A pesar de sus teorías, algunos le tienen más miedo al virus.

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Para que viera que no lleva nada más que un líquido transparente, antes de pincharle, Mario le mostró la jeringuilla a un hombre que le espetó: “Vengo por si acaso, porque no quiero morir, pero sé que me estás poniendo un chip”. También tuvieron a otra mujer que venía con una foto de su madre con una cuchara pegada al brazo, convencida que la de Moderna “tiene composición metálica”. Que a unos les provoque reacción y a otros no desconcierta a algunos, como a la señora que preguntaba a la enfermera que le estaba pinchando: “¿No me estarás poniendo placebo?”.

Para Mario, la mejor anécdota la tuvo hace poco. Una vecina de Crecente a la que habían puesto la primera dosis el mismo día que a su marido, pero a la que citaron por separado para la segunda. No tenía medios para venir ella sola. Pidió si podían ponérselo a la vez y pudieron. “Estaba tan agradecida, tan en deuda... La veía mirarme desde las sillas donde esperan por si hay reacción y luego vino a darme 5 euros, para que me tomara algo. No se los cogí, claro. Le dije: ‘Para que vea que el Sergas cuida de usted”. La gratitud de esta mujer es “de las mejores cosas” que le han pasado en estos tres meses.

Las muestras de agradecimiento en forma de obsequios son habituales, pero más en los centros de salud. Aunque ayer mismo una mujer vacunada el viernes acudía al recinto para darle un regalo a la coordinadora. En la puerta le dijeron:

“Señora ¿y yo cómo sé que lo que lleva no es una bomba?”

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Tras hacer el ademán de enseñárselo, la dejaron pasar. La gente que se confunde de día o de sitio –van al Ifevi en vez de al Cunqueiro– también son habituales. Incluso la confusión entre varios miembros de la familia porque uno de ellos recibe en su móvil los mensajes de todos.

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Hay otros que tienen más morro. El equipo de información escucha excusas de todos los tipos para lograr pincharse otro día o a otra hora. Cuentan cómo la gente sabe que hacen excepciones con los matrimonios para vacunarlos juntos y ya han escuchado a personas decirse: “No te preocupes, que decimos que somos marido y mujer y te vacunan”. Hay a quien han pillado por decir que está citado a las 15 horas, cuando no se convoca a esa hora. Mario recuerda el caso de un chico que no acudió cuando le citaron y que aprovechó que iba a una cena por la zona para pasarse por el Ifevi y pedir que le pincharan porque “no podía asegurar que otro día pudiera ir”.

A última hora, no es raro que aparezcan personas ofreciéndose por si han sobrado vacunas. Sí suelen quedar dosis y no se desaprovecha ninguna. Pero el sistema no va así. La persona que coordina tiene un listado al que recurrir si pasa esto. Gente a la que le toca. Es el momento de más estrés del día. Han llegado a esperar hasta las 23.30 horas hasta que llegara uno para no tirar la jeringuilla cargada. Ahora es más fácil porque las de AstraZeneca y, desde ayer, Moderna, se pueden guardar en la nevera hasta el día siguiente.

En la “zona de carga”, en torno a una mesa, varias enfermeras preparan las jeringuillas con las dosis. Han llegado a cargar casi 1.500 en un turno cada una. Fue un día de locura, con 7.000 citados solo de mañana y otros 5.000 por la tarde. Acaban con los dedos pelados o heridas entre ellos por el continuo uso de gel hidroalcohólico o contracturas en la espalda. Cuentan que también están desarrollando TOC –trastorno obsesivo compulsivo– por lo estrictas que se han vuelto en la forma de contar o de colocar las cosas. Siempre de la misma manera, para no equivocarse. Al principio, soñaban con ello. Alguna aún lo hace ahora.

“Bienvenida la vacuna que sea. Quiero estar tranquilo. En casa lo pasamos muy mal”

Juan Daniel Glez. - Quintela 39 años

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Juan Daniel Glez. - Quintela 39 años Marta G. Brea

Una de las cosas curiosas que están observando es que, cuánto más jóvenes, más nerviosos llegan y más se marean. Ayer les tocaba el turno por primera vez a treintañeros. Como Antonio Rivas González, de 39 años, que acudió con su hijo de dos años, Antonio. Él “no estaba por la labor”, pero lo hace por la familia. Juan Daniel González, de la misma edad, sí tenía ganas. Tantas que se emociona.

“No estaba por la labor, pero lo hago por la familia, porque estoy con mayores”

Antonio Rivas y su hijo Antonio - 39 años y 2 años

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Antonio Rivas y su hijo Antonio - 39 años y 2 años Marta G. Brea

“Mi padre estuvo en la UCI 28 días en coma inducido y no nos daban esperanzas”, recuerda. Pero lo consiguió. A pesar de que se recupera, destaca el horror vivido esos días: “Se lo llevan en una ambulancia y ya no lo puedes ver. Estas pendiente de una llamada diaria”. Le indigna “la inconsciencia de jóvenes y de mayores” que ve estos días. “No saben lo que es”.

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