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“Nunca en mi vida pensé que podría pasar por todo esto”

Los bombardeos de Siria destruyeron la casa de una famlia que busca nuevo hogar en Vigo FDV

Los bombardeos de la guerra de Siria han reducido a escombros la casa de H.M. A esta dentista y a su marido, trabajador de empresas de seguridad, no les cogió dentro porque se refugiaron en el pueblo de familiares. “Hay que salir de aquí para poder vivir”, pensaron e iniciaron una travesía mucho más difícil de lo que jamás habían pensado. Hoy, H. cuenta esta historia cargada de peligros, abusos y miedo en Vigo, donde trata de establecerse con su esposo y el hijo que tuvieron durante este periplo. Lo hace para visibilizar a las personas solicitantes de protección internacional y el “difícil camino” que atraviesan para llegar, pero también para lograr integrarse y vencer el recelo de los locales. Con la ONG Diversidades Acolle, presenta hoy, a las 19.30 horas, en los Cines Yelmo el documental “Errantes sin retorno, una historia rohingya”.

Argelia fue su primer destino. Allí nació su hijo. Pero el país solo concede una visa de turismo cada 45 días que les obliga a trabajar en negro. Así que para poder llegar a Europa, pasaron a Marruecos con una caminata de 18 horas, con su hijo a la espalda y en la que se quedaron sin comida ni agua.

Cruzar la frontera en Marruecos

En la ciudad bereber de Nador, limítrofe con Melilla, se dirigen al Hotel El Habib, a donde todos saben que acuden “pasadores”: mafias o particulares que hacen negocio con la necesidad ofreciendo vías para cruzar la frontera. Ellos hicieron “numerosos intentos” durante “meses”. En una de las primeras les engañaron. Les llevaron a un cementerio y les robaron 5.000 euros, todo el dinero que tenían, el móvil e incluso la ropa. Un episodio que su hijo –entonces, con cuatro años–, no olvida: “¿Por qué mi padre estaba llorando?”, cuenta al psicólogo. Sin dinero, estuvieron un mes comiendo pan y queso y tuvieron que pedir a sus amigos para el resto de intentos. En otro de ellos, ella acabó tres días en el calabozo. H. iba primero porque los “pasadores” marroquíes solo tratan con hombres. Lo consiguió del brazo de un marroquí, como si fuera su esposa.

Su hijo no lo consiguió hasta dos meses después. Separado de su madre no quería comer y entraba y salía del hospital con fiebre y diarreas. Durante ese tiempo le estuvieron enseñando que no podía hablar en el paso fronterizo y a decir el nombre que aparecía en el pasaporte. Tardaron en encontrarle uno porque es rubio y es un mayor riesgo para la mujer que lo cruza. Llegó el día y lo pusieron en brazos de esta desconocida con un zumo grande para evitar que dijera nada en sirio, mientras el padre lo veía desde el lado marroquí de la frontera y la madre, medio escondida, desde el español. Si la veía, después de tanto tiempo, iba a querer ir con ella echando por tierra toda la operación. Lo consiguió y cuando finalmente vio a su madre, se lanzó a sus brazos.

En el campo de refugiados, las personas que lo inscribieron preguntaron cómo había llegado. “Cruzó solo el paso fronterizo”, respondió H.M. Y nadie dijo nada ante una versión del todo inverosímil con un niño de cuatro años. Una demostración de que todos miran para otro lado ante este negocio alrededor de los inmigrantes.

Mala experiencia en Melilla

Más tarde, cruzó su padre por unos peligrosos túneles. En el saturado campo de refugiados de Melilla -pensado para 700 personas y con más de 4.000- lo pasaron tan mal que decidieron huir de España. Las mujeres dormían en habitaciones con otras siete. Los hombre, en tiendas en el exterior. Se duchaban juntos, sin separaciones, y tampoco tenían intimidad cuando iban al baño. Les daban de comer “como animales” y tras dos horas de cola. “Para hablar con la Administración llamas y llamas y no responden”. La gota que colmó su vaso fue el día que pernoctaron haciendo cola para poder acceder al centro de salud del campo y por la mañana, al agolparse la gente para entrar, cuenta que la policía “empezó a pegar a la gente”. Le hirieron en la mano a su marido.

Decidieron buscarse “una vida más estable, sin racismo” y se marcharon a Luxemburgo, donde tienen una amiga. Sin embargo, los trajeron de vuelta porque es en este país donde empezaron a tramitar su solicitud de protección internacional. La coordinadora de programas de Diversidades Acolle en Vigo, Belén Arranz, explica que es el procedimiento correcto, pero destaca que las formas no lo fueron. Le entregaron sus pasaportes a los capitanes de los dos aviones que cogieron y los introdujeron por separado en la parte de atrás, como si se tratara de una deportación.

“Estuve llorando todo el tiempo, tenía mal recuerdo de España porque solo conocíamos Melilla y no sabíamos si íbamos a tener donde dormir”, recuerda. Y no fue fácil encontrarlo. La Policía que los baja del avión no habla inglés ni árabe, así que no hay ningún tipo de explicación. La chica de Cruz Roja que llegó después les dijo que no había plaza y les indica que vayan al Samur Social. Por su cuenta. Sin conocer Madrid ni el idioma y sin apenas dinero. En este albergue no se pueden quedar familias, así que les buscan otra ONG, CEAR, con la que están mes y medio.

Llegada a Galicia

De Madrid los mandaron al centro de refugiados que Diversidades Acolle abrió en primavera de 2020 en una bonita finca en Tui. H. buscó en Google Maps. “Es en el fin del mundo”.

Estaba asustada por volver a cambiar, pero aquí encontró en la ONG a su “familia en España”. Fueron de las primeras familias en estrenarlo. Se trata de un proyecto cofinanciado por el Ministerio de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones y el Fondo de Asilo, Migración y Integración de la Unión Europea e o Fondo Social Europeo, con el soporte de Red Acoge.

Aprendieron castellano y les ayudaron desde diferentes perspectivas para trabajar en su inclusión. Tras seis meses en el centro, en la segunda fase del proyecto, pasaron a un piso en la ciudad. Tienen hasta noviembre de ayuda estatal y deben encontrar trabajo antes. “Quiero una vida estable, no quiero que mi hijo viva esta situación otra vez”, desea y sueña con traerse también a sus padres de Siria. Aún no conocen a su hijo en persona. Ella sigue teniendo pesadillas. "Nunca en mi vida pensé que podría pasar por todo esto", destaca H.

Pero “todo son trámites difíciles, lento y todo necesita dinero”, lamenta H. Para ejercer de dentista necesita homologar su título. Tardan dos años. Mientras los espera, ya se ha formado como panadera o para cuidar mayores. Ayer tenía su primera entrevista. A su marido le están pidiendo carné de conducir en todas las ofertas de empresas de seguridad y, como no vale el sirio, tendría que pagar una academia para sacárselo. La ayuda no da para tanto.

Ellos siguen siendo solicitantes de protección internacional. Solo hasta el 30 de abril de este año, en España, se tramitaron más de 17.000 solicitudes y se resolvieron de forma desfavorable más de 21.000 expedientes. El Estado acogió por razones humanitarias -sobre todo, por la situación económica de Venezuela- a más de 6.000 y concedió el estatuto del refugiado a 1.636 y protección subsidiaria -hasta que se resuelva la situación conflictiva en su país- a casi 700. Los plazos dependen del país, del caso… Los de Siria están en una media de dos a tres años.

“El número de solicitantes sigue creciendo, la pandemia no ha parado este flujo”, señala Arranz.

La ONG

Diversidades atendió en 2020 a 556 personas tanto solicitantes de protección internacional, como otro tipo de inmigración en 2020. En lo que va de año, llevan 123 usuarios nuevos. Suman unos 250 cada año. Les ofrece asesoría jurídica, apoyo psicológico y orientación laboral, así como una escuela de segundas oportunidades para jóvenes que tuvieron que dejar la escuela.

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