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Andrés Díaz de Rábago | Sacerdote jesuita misionero en Taiwán

“Pensar primero en el otro siempre da buen resultado: si no lo creen, prueben”

A sus 103 años, el alumno más longevo del colegio Apóstol Santiago en Vigo, recuerda cómo era la ciudad que conoció y repasa toda una vida dedicada a los demás en Asia

El padre Andrés Díaz de Rábago en Taiwán.

El padre Andrés Díaz de Rábago en Taiwán.

Uno de los momentos más duros de mi vida fue cuando nos expulsaron de China. También salir de España, pero entonces me lo suavizó mi madre. Me emociono mucho al recordar la salida de China. Fue muy duro irnos, pero también resultó algo dulce porque me ordenaron sacerdote antes de marcharnos. Guardo la Cruz del Vía Crucis con el que sacamos al Santísimo

El misionero gallego de 104 años – “Aquí se tiene en cuenta el tiempo que pasas en el vientre materno”, explica– lleva más de media vida en Taiwán. Es el último sacerdote extranjero ordenado en la China comunista que queda vivo. También es el misionero jesuita más longevo y el alumno de más edad del colegio que la orden tiene en Vigo, el Santiago Apóstol. Profesor en las facultades de Medicina, Farmacia, Bioética y Lenguas Extranjeras de la Universidad Católica de Taiwán, el mundo universitario del país acaba de rendir homenaje a su trayectoria nombrándole Doctor Honoris Causa de la Providence University, en Taichung City. Por teléfono habla con FARO DE VIGO y recuerda su vida en la ciudad olívica y su sacerdocio misionero en Asia.

–¡Enhorabuena por el reconocimiento universitario!

–¡Ya pasó! ¡No tiene importancia! [replica con humildad entre risas deseando cambiar de tema].

–Bueno, le preguntaré entonces ¿cómo está de salud?

–Si se da cuenta que tengo 104 años, para mi edad estoy estupendamente. Mucho mejor que otros con veinte años menos. Pero tampoco es lo mismo la cabeza. Las condiciones de la vejez... Es normal que te olvides de alguna cosa. Pero no me importa. Yo he venido a servir, como Jesucristo, a hacer el bien. Si no oigo, pues no puedo servir con el oído... Hay que aceptar los efectos de la vejez con buen talante, con alegría.

–¿Cómo es su día a día?

–Vivo en una comunidad de Jesuitas que da servicio también a una parroquia. Me levanto a las 5.50 horas ¡pero aquí no es tan temprano como ahí, lo hace mucha gente! Celebro la Misa de las 7 de la mañana, pero ya no lo hago solo, siempre concelebrada con otro padre para estar más seguro. Ahora con esto del virus salgo menos, no puedo ir a los hospitales por la pandemia. No es como antes que entraba sin problema.

–Estudió Medicina en Santiago y dejó amigos, familia y vida para irse a Misiones. ¿Por qué?

–La pregunta es ¿yo puedo ayudar a otros? Mi lema ha sido siempre pensar primero en el otro que en mí. Me ha dado unos resultados estupendos durante toda mi vida. A quien no me cree le digo: Pruébelo tres meses, preocúpese un poquito por los otros y verá como mejoran las cosas. Me lo enseñó en Filipinas una mujer que había estado en un campo de concentración de Siberia. Una viejita rusa le aconsejó que si quería sobrevivir y evitar volverse loca, debía preocuparse antes por los demás. La mujer me repetía. “Ese consejo me salvó”.

–Con 7 años entró interno al colegio Apóstol Santiago. ¿Llegó con su hermano?

–¡Ay mi hermano José María! Era más pequeño que yo, tenía 5 años entonces. Pero en España yo soy el hermano del padre Rábago, pues él también era sacerdote jesuita y fue muchos años director del colegio mayor San Agustín de Santiago. ¡Pero aquí me conocen a mí! No soy el padre Rábago porque no son católicos, sino el profesor Rábago.

–¿Qué recuerdos tiene del colegio de Vigo?

–Creo que debo ser el lector más viejo de FARO DE VIGO. Nací en 1917 y mi padre estaba suscrito a FARO en A Pobra y en Santiago. Me acuerdo del colegio de Teis, pero también del de la Molinera en García Barbón. Era un niño travieso y había un hermano que me decía: “Ay Andrés, eso no se le ocurre ni al queso ni a la manteca”. Años después comprendí que quería decir: “Eso no se le ocurre ni al que asó la manteca”.

–¿Qué fue lo que más le llamó la atención de la ciudad?

–Me acuerdo mucho de los viajes en tranvía. Un día del Domund un niño iba pidiendo para las misiones y cuando se le fue a caer la hucha intentó protegerla y se cayó al suelo. Un tranvía lo arrolló y hubo que amputarle la pierna. Cuando su padre llegó le dijo: “Papá no te preocupes, esto es también por las misiones” [rememora muy emocionado al borde del llanto]. ¡Lo recuerdo tan claro!

–Licenciado en Medina, Filosofía y Teología, además habla cinco idiomas. ¿Era muy estudioso?

–Siempre fui el penúltimo de la clase en caligrafía, porque tenía un compañero al que no le ganaba nadie a ser el último. Pero llegó a ser Almirante de la Armada, para eso no necesitaba buena caligrafía. En cuanto a los idiomas, cuando fui a Timor como rector del seminario tuve que examinarme de portugués. Al darme el diploma, el director de la Escuela de Macao me dijo: “Digo aquí que o señor padre fala y escribe o portugués correntemente, que non e o mesmo que correctamente”.

–¿Cómo se evangeliza hoy? España era cuna de misioneros y ahora apenas hay sacerdotes...

–Antes era una situación más directa, pero voy a contarle algo que me pasó a mí. Una alumna que acababa de doctorarse me alcanzó cerca de la Universidad: “Le estaba buscando profesor, porque me voy a bautizar y quiero que me bautice usted”. Le pregunté por qué no la bautizaban donde se había preparado y me respondió: “Profesor, sin su clase de Latín no me hubiese bautizado”. Así se predica ahora, con las clases y otras muchísimas cosas, sobre todo con el ejemplo. Los profesores deben tener en cuenta que siempre dejan un poso en los alumnos, hasta en los que parecen que no responden, por eso es tan importante su labor y siempre repito que vale la pena ser profesor. Esta chica empezó a pensar en bautizarse en una clase de Latín, luego hubo otras cosas claro. Es verdad que cada vez menos cristianos y menos sacerdotes en el mundo occidental. Creo que también falta que los padres pidan más para que sus hijos ayuden al prójimo.

“Soy el último sacerdote ordenado en la China comunista”

–China era su gran amor, se hizo misionero para ir allí, pero ¿fue también su gran decepción?

–Uno de los momentos más duros de mi vida fue cuando nos expulsaron de China. También salir de España, pero entonces me lo suavizó mi madre. Me emociono mucho al recordar la salida de China. Fue muy duro irnos, pero también resultó algo dulce porque me ordenaron sacerdote antes de marcharnos. Guardo la Cruz del Vía Crucis con el que sacamos al Santísimo. Soy el último sacerdote ordenado en la China comunista.

–Salir de España era necesario para ir a misiones...

–En 1947, cuando salí por última vez de casa para irme a Madrid y coger el avión a China, mi padre y mi madre me dijeron: “Tú no te preocupes por nosotros”. Fueron las últimas palabras que oí a mi madre porque después, cuando yo volví, no estaba ya en vida. Eso hacía más fácil la salida de los misioneros. La familia era misionera también. Es algo estupendo cuando estás a miles de kilómetros. No me imagino hoy a los padres diciendo lo mismo, y hay gran necesidad de sacerdotes y misioneros. Creo que las familias deben ayudar más.

–Y después toda una vida sin salir de Asia.

–En 1947 me fui a Pekín para aprender chino. Enseguida llegó la revolución de Mao y tras pasar por Shanghái los jesuitas fuimos expulsados del país. En 1952 me fui a Filipinas, de allí a Timor y en 1969 a Taiwán, donde sigo.

–¿Piensa en regresar a Galicia? ¿Le gustaría volver a España?

–He ido en varias ocasiones, mi último viaje fue en 2018 y estuve con mi familia. Pero pienso que no, que ya no vuelvo. ¡Estoy aquí! Hay una residencia de viejitos, pero yo aún no estoy ahí aunque soy el mayor de todos. Soy el cura jesuita más viejo de toda España, no se si habrá otro en el clero secular mayor que yo. Pero soy el jesuita más viejo de España. Si fuese a España sería para regresar aquí de inmediato y creo que no vale la pena.

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