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El equipo que atendió el primer caso en Vigo: "El miedo era atroz"

Desde la izquierda, los doctores Adrián SousaMarta Núñez, Mélida García, y Pepa Rodríguez

Desde la izquierda, los doctores Adrián SousaMarta Núñez, Mélida García, y Pepa Rodríguez FDV

Los médicos que atendieron al primer contagiado de COVID en Vigo recuerdan aquellos días de “incertidumbre” y “desconocimiento”, al cumplirse un año desde que se detectó

Cuando el que sería el primer caso de COVID-19 diagnosticado en Vigo empezó a alarmarse con los primeros síntomas de la infección, no había casos confirmados más que en seis comunidades y el área solo había analizado dos sospechas. Aún parecía lejos de Galicia. Nadie sospechaba que ese hombre de 43 años que, en la noche del 27 de febrero, acudía al PAC de Moaña por problemas digestivos pudiera estar infectado con el nuevo coronavirus. “No había alarma”.

Confirmados dos casos de coronavirus en Vigo Carla Pesqueira

El caso cogió a la doctora Laura Otero Gómez de guardia. “Sospecha ninguna, la clínica no parecía compatible con lo que se decía. No traía nada respiratorio”, recuerda sobre Daniel Aldea. Los centros aún no estaban en alerta y los sanitarios atendían sin protección, algo impensable hoy. “Le hicimos un electro y lo que necesitó, con las medidas de higiene habituales, pero no más”, cuenta.

“Aún no había alarma y él no traía clínica respiratoria. Sospecha, ninguna”

Laura Otero Gómez - Médico PAC Moaña-Cangas

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En la unidad de infecciosos del CHUVI siempre pensaron que el primer paciente de COVID en el área lo verían ellos. Y, en el hospital, así fue. Pero cuando Daniel acudió a Urgencias del Cunqueiro, tampoco se lo esperaban. Entró el domingo 1 de marzo y, como había problema de camas, lo mantuvieron allí un día, en un box sin más pacientes y con su mujer. El lunes le tocó verlo al internista Adrián Sousa: “Tenía fiebre, tos, fatiga, falta de aire. Yo iba protegido con una mascarilla porque creía que era gripe”.

Por aquel entonces, los criterios para pedir una PCR para coronavirus eran muy estrictos. Solo se hacían a los contactos de positivos o a los que habían estado en zonas de riesgo. Daniel, transportista, el anterior fin de semana había visitado a familiares en la comunidad de Madrid, pero esta aún no se había incluido en el listado. Cuando la PCR de la gripe dio negativo fue cuando empezaron a plantearse si sería COVID y se pidió la prueba.

Se trató del segundo contagio que se confirmó en Galicia, tras otro el día anterior en A Coruña. Cuando el 4 de marzo llamaron a Adrián para decirle que era positiva y que tenía que aislarse, su cabeza empezó a repasar todos los contactos con el paciente. “Nunca tuve síntomas ni estuve contagiado”, señala. Fue de los primeros confinados. “Era una sensación muy extraña; ahora todo el mundo está habituado, pero entonces no. Lo llevaba bastante mal porque no podía ayudar a mis compañeros,”, explica. Desde que se reincorporó, ha estado casi todas las semanas en planta COVID y ha visto a “cientos de infectados”. “Se reorganizaron todos los circuitos enseguida y todo evolucionó muy rápido. Cada semana había novedades en el tratamiento”, indica poco después, en abril, ya empezó a percatarse de que “igual no era tan sencillo recuperar la normalidad”.

“Estuvimos confinados antes que el resto de la gente. Era una situación extraña”

Adrián Sousa - Internista que lo vio en urgencias

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Entre la veintena de profesionales que aislaron también estuvo la doctora Otero, aunque tampoco se contagió. Al poco, cerraron el PAC de Moaña, al no haber espacio para circuito separado de respiratorios, y les trasladaron al de Cangas. Se acuerda de Daniel por ser el primero, pero también de muchos otros positivos. Sobre todo, “de los mayores en domicilio, de los más vulnerables”.

El sábado 2, Daniel ingresaba en UCI. Fue el primero en críticos del Cunqueiro. Las intensivistas Mélida García y Pepa Rodríguez recuerdan perfectamente esos días. La doctora García lo visitó en planta el día anterior: “Su esposa le tranquilizaba mucho, pero él estaba muerto de miedo y con razón, cada vez respiraba peor y estaba con esas medidas de aislamiento brutales y todo el mundo estaba asustado a su alrededor”.

“Él estaba muerto de miedo y todos estaban asustados a su alrededor”

Mélida García - Intensivista que lo atendió en UCI

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Cuando llegó a UCI, tenían “mascarillas FPP3, gafas contadas en el despacho de la supervisora, batas especiales y nada más”. “Ni habíamos ensayado cómo ponernos el EPI y la primera vez todos teníamos mucho miedo, nos mirábamos unos a otros a ver cómo nos vestíamos, estábamos nerviosos”, describen. Ahora tardan segundos. Eran días de incertidumbre y desconocimiento. “Íbamos funcionando por lo que decían en otros sitios, pero era reciente y tampoco teníamos muchísima información. Las noticias eran tremendamente pesimistas”, rememoran. Él pasó allí 19 días –algo más de la media– en los que estuvo “muy grave” y llegaron a temer varias veces por su vida. Cuando salió “fue una gran alegría”. “Nos dio mucha moral”. Desde entonces, pasaron un centenar más. Los que dejan más huella son los que han estado peor.

“La primera vez que nos pusimos el EPI no teníamos práctica, nos mirábamos nerviosos”

Pepa Rodríguez - Intensivista que lo atendió en UCI

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Tras el alta, no acaba la atención. En la unidad postCOVID de Neumología siguen a Daniel y otros 200 ingresados en la primera ola. La doctora Marta Núñez recuerda cuando se enteraron del primer caso: “La sensación de miedo era atroz, temíamos que llegara la situación de auténtica guerra que vivían en Madrid”. Aunque no fue así, el número de infectados al que han llegado en su unidad lo considera “brutal”. En las sucesivas olas sumaron 600 más, así como otros que les derivan de Primaria con fatiga persistente. “Tuvimos la ventaja de que nos llegó más tarde”, apunta y destaca la “enorme colaboración” entre servicios como lo más enriquecedor.

Daniel Aldea, haciendo la prueba de esfuerzo en la revisión de 3 meses de la consulta postCOVID FDV

Tras el seguimiento telefónico del primer mes, tienen una cita presencial a los tres. Destaca la “gran colaboración” de la gente en esta unidad en la que también está la doctora Cristina Ramos y el jefe Alberto Fernández Villar. “Es emotivo. Muchos quieren conocer a la gente con la que llevan hablando este tiempo, superagradecidos”. Daniel llegó a ella “con más fuerza muscular” y apetito, aunque fue de los que necesitaron un TAC. Al entrar en contacto en las salas, los pacientes también se animan entre ellos. Las secuelas parecen menores de lo que inicialmente preveían, pero en esa primera cita presencial casi todos aún mostraban “mucho miedo, cuadros depresivos, insomnio”. “Lo cuentan como una experiencia muy dura”

“A los tres meses, los pacientes mostraban miedo y cuadros depresivos”

Marta Núñez - Neumóloga que lo sigue en la unidad pos-COVID

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“Decepción” por la relajación de la población

En la UCI del Chuvi aún están recibiendo un “goteo constante” de casos. Y temen que, en dos o tres semanas, con el alivio de las restricciones y el comportamiento de una parte de la población, vuelva a empeorar. “Decepción” es lo que sienten en este primer aniversario de la pandemia. “Después de un año, seguimos sin tener en cuenta las medidas”, lamentan las doctoras Mélida García y Pepa Rodríguez.

“Es muy doloroso. Es como si no les llegara la información y no fueran consciente de lo que se están jugando aquí”, reprochan y añaden: “Nadie piensa en el gasto económico brutal que está suponiendo el COVID para el sistema, el sufrimiento bestial de las familias y también de otros pacientes no COVID que están sufriendo retrasos”.

“No imaginábamos cuánto nos cambiaría la vida la pandemia a nivel social, laboral, familiar...”, indica la doctora Laura Otero, que destaca la “gran adaptación” que está suponiendo para profesionales y población. Agradece el gran esfuerzo que hace la “mayoría” de la gente.

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