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Clases online, pero sin imagen o sonido

Estudiantes universitarios con sordera o ceguera se han enfrentado a distintos obstáculos desde la irrupción inesperada de las aulas virtuales en marzo

Rodrigo, con su facultad al fondo. | // FDV

La pandemia supuso una irrupción repentina de las clases virtuales en la Universidad. De forma apresurada, las instituciones tuvieron que poner en marcha diferentes canales para que sus alumnos pudieran continuar su formación. Para algunos estudiantes fue más complicado que para otros. Rodrigo Mera Iglesias, un vigués sordo que cursa segundo Educación Social en A Coruña, y Lucía Álvarez Martínez, una viguesa ciega que estudia Ciencias del Lenguaje y Estudios Literarios en la de Vigo, cuentan las barreras de comunicación a las que se enfrentaron en ese primer confinamiento y las que persisten.

“Al principio, estuve desorientado e incomunicado. La Universidad no estaba preparada”

Rodrigo Mera - Estudiante de Educación Social

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La polio que Rodrigo padeció a los 9 meses de nacer le dejó sin audición, además de con dificultades psicomotoras en el lado derecho de su cuerpo. Tras haber trabajado muchos años como especialista en lengua de signos, tiene experiencia sobrada con las clases virtuales y nunca había tenido problemas porque las entidades organizadoras conocen las necesidades educativas de las personas sordas. No pasó lo mismo cuando, en marzo, se decretó el primer estado de alarma y las universidades cerraron sus aulas físicas. “Al principio, estuve desorientado e incomunicado. La Universidad no estaba preparada”, recuerda.

Rodrigo necesita a un intérprete de lengua de signos española para entender al profesor, pero también para participar “de forma activa y dinámica”. Además, cuenta con una anotadora de apuntes, figuras que le facilita la Unidad de Atención de Diversidad (ADI) a través de la bolsa de voluntariado. “En las clases virtuales, al principio, solo veía a los profesores”, explica y añade: “no me enteraba de nada”. Tampoco podía coger notas ni “estudiar o realizar los trabajos pertinentes, debido a la falta de contactos con los profesores”.

Estuvo un mes “perdido” y buscando soluciones con la ADI. “Poco a poco”, se fueron adaptando. A finales de abril empezó a recibir los vídeos con las clases y la incorporación de la intérprete. Pero no puede participar. Estuvo a punto de abandonar varias veces, pero aguantó por el apoyo de la familia, de compañeros y de Sonia de ADI. “Todavía no me lo creo, superé todo los exámenes”, resalta. Cree que aún hay que resolver cosas, como la “diminuta” ventana que complica entender a la intérprete o la falta de formación en accesibilidad visual de algunos docentes.

Lucía Álvarez, en su casa de Candeán, donde sigue las clases virtuales. | // ALBA VILLAR

"A la Universidad se le avisó de los fallos de accesibilidad y los resolvió"

Lucía Álvarez - Estudiante de Ciencias del Lenguaje

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Lucía, con ceguera, recuerda también su desconcierto con el inicio del confinamiento: “No sabía cómo hacer, si la plataforma era accesible o no”. Resultó que no. “No era capaz de activar el micrófono, el lector de pantalla que utilizo en mi ordenador no leía el botón”. Sin micrófono, no podía participar ni preguntar. Y en los cuestionarios, algo parecido: “No podía leer lo que iba escribiendo”.

Agradece que el profesorado lo comprendiera “perfectamente, desde el principio”, y buscará la manera de adaptárselo “siempre”. “No tengo queja ninguna”. Los servicios informáticos de la Universidad también pulieron las diversas plataformas para eliminar los fallos de accesibilidad y, ahora, ya no los hay. Aunque admite que las clases online “son más cansadas”, no tiene problemas para seguirlas.

Le recomienda a las instituciones que cuando crean estas herramientas “no tengan en cuenta solo a la generalidad, que las hagan accesibles para todos”. “Diferentes instituciones pueden ayudar que pregunten y tengan en cuenta su opinión”, pide.

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