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LA ACERA VOLADA

La señorita Celia

Crónicas de niñez y juventud de un vigués deslocalizado

El edificio (centro) donde estaba la escuela de la señorita Celia.   | // MARTA G. BREA

El edificio (centro) donde estaba la escuela de la señorita Celia. | // MARTA G. BREA

En la esquina de Pi y Margall, confluyendo con la entrada al callejón de las Angustias que finalizaba en la taberna de Armando y un poco más allá de Eliezer, el primer y único templo protestante de la ciudad durante la dictadura, hay un edificio que aún sigue en pie y que, en los 50 su planta baja albergaba el ultramarinos de Rodrigo, una especie de indiano que, si bien siempre estaba enfundado en un mandilón ocre, destilaba un porte orgulloso. Para el servicio con los proveedores, Rodrigo disponía de una pequeña y curiosa furgoneta gris achaparrada, que hoy parecería un artefacto con ruedas, sin embargo, lo más curioso de la camioneta eran sus intermitentes, unos pequeños apósitos incrustados en ambos laterales de la parte superior central del vehículo que, al accionarlos desde el cuadro de mandos, al igual que sucede con la barrera de un peaje, pero en diminuto, los bracitos emergían de su escondrijo en la chapa del vehículo y su luminaria comenzaba a flashear. Todo un espectáculo. No me imagino cuánto costaría hoy reparar la avería de esta proeza electromecánica. Lo que sí puedo asegurar es que los niños de la zona no nos cansábamos de contemplar cómo subían y bajaban esos indicadores luminosos. Cada vez que Rodrigo aparcaba, siempre solía haber un grupo de chavales rodeando el auto para ver cómo accionaba la intermitencia.

En uno de los pisos elevados de ese mismo edificio del ultramarinos de Rodrigo estaba la escuela de la señorita Celia. El lugar donde la mayoría de los niños del barrio aprendimos a leer y a contar. La señorita era mayor, yo la recuerdo muy, muy mayor, como una anciana, con un pelo blanquísimo y siempre sentada en una especie de sillón. Creo que nunca la vi de pie. En cualquier caso, ya se sabe que cuando uno es niño la medida entre lo mayor, lo viejo y lo anciano es muy relativa y en la memoria aparece hoy difuminado. El caso es que, para que te admitieran en la escuela, lo importante no era disponer de libros, pues utilizabas los que había allí, sino llevar tu propio banco de madera. Nada de pupitres, la pizarra y el pizarrín no precisaban más soporte que tus propias manos y piernas.

Cada niño o niña tenía que aportar su propio asiento modular que llevaba de su casa el primer día de instrucción y que permanecería allí hasta que la señorita Celia considerara que tu formación había finalizado. Es decir, aprender a leer, escribir, algo de geografía y un poco de cuentas. Así, cada padre, madre o tutor si tenía pericia construía él mismo el banco y, si no, se lo encargaba a un carpintero. Las medidas no estaban estandarizadas, había grandes, pequeños y medianos. Lo que sí era imprescindible, es que en la parte interior, por debajo de las patas se escribiera el nombre del propietario para su localización. Recuerdo que en el mío la tinta se había corrido y la escritura estaba un poco desvaída. El primer día de clase, como el colegio estaba en la otra acera, mi madre salió al balcón, como lo haría de aquí en adelante, para señalarme cuando podía cruzar, porque aunque el tráfico no era el de hoy en día, los tranvías circulaban de forma continuada por ambas vías en dirección bien a Peniche o a Elduayen, por eso el grito de mamá desde el balcón de: “ahora” a la ida y al regreso del cole era fundamental, tanto para tu tranquilidad como para la suya.

La escuela era a la vez la casa particular de la profesora y las clases se impartían en una sala amplia con un balcón que daba a la calle principal. El ruido de los tranvías, el olor de lo que estaba cocinando la sobrina de la profesora en los fogones de la vivienda, todo ello unido a nuestro canto coral de la tabla de multiplicar salteada, conformaba la banda sensorial de la actividad diaria.

Lo que recuerdo como más complicado de aquella etapa era el manuscrito. Si aprender a leer se las traía, la cosa se complicaba cuando la profesora consideraba que podías pasar al manuscrito. Un libro lleno de diferentes caligrafías a mano, cada cual más complicada que tenías que leer como si se tratara de tipografía de imprenta. Para la generación de la señorita Celia, entender la letra del médico era pan comido.

Al finalizar la clase venía lo más divertido, para que los bancos no estorbaran por el piso, procedíamos a colocarlos unos encima de otros contra la pared formando una gran torre. Los niños mayores eran los expertos en el ensamblado y se encargaban de ir pidiendo y colocando los bancos en función de sus dimensiones y estructura. Los más grandes y fuertes debajo para aguantar el peso de la construcción y los más pequeños y débiles en la parte superior. Al día siguiente desarmábamos el muro de asientos y vuelta a empezar.

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