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Si me dejasen seguir, seguiría

(…o la obligación de jubilarse)

Nací con ellos, viví a su lado, aprendí de sus enseñanzas. Y disfruté y sufrí con sus decisiones. Hacedores de la hermenéutica y forjadores del contorno de norma que, a base de trasiegos y descubados, muchas veces no alcanza la excelencia que se presume y exige para conformar esa etiqueta que se da la Justicia en un Estado de Derecho.

SI ME DEJARAN SEGUIR, SEGUIRÍA… es el lamento de la impotencia ante la norma, la decisión que se nos antoja injusta. Esa norma que tantas veces quebró sonrisas y amargó esperanzadores atardeceres. Esa norma que nace y se desarrolla en laboratorios semi-clandestinos, sin contaminación popular, y acomodada al gusto del alquimista que la ordena.

Están jubilando a muchos de nuestros jueces y magistrados/as, funcionarios/as, médicos/as… aplicando la regla cartesiana de la “edad”. Y no puedo ocultar cierta nostalgia y una mirada a los albores de los pilares del Derecho Romano que ha servido para construir la casa en donde esos jueces y magistrados han desarrollado su labor. Y por ósmosis de imágenes atisbo a vislumbrar la silueta de aquellos veteranos legionarios que, después de muchos años de servicio, se licenciaban y se convertían en “eméritos”, y que además se les premiaba con una parcela de tierra o una cantidad de dinero equivalente a doce años de servicio. Pero a “aquellos jubilados” sí se les dejaba “seguir” Y reconvertían sus campamentos en núcleos poblacionales que dieron lugar a las Emérita Augusta (hoy Mérida) o a las Legio VII (hoy León), fiel expresión de la labor de aquellos “eméritos-jubilados” a los que la Historia ha rendido y rinde admiración.

SI ME DEJASEN SEGUIR, SEGUIRÍA no es más que la expresión certera del que, sintiéndose con capacidad y deseos para seguir ejerciendo su profesión y mantener la ilusión en proyectos futuros, le ha sido cercenado su derecho sin más argumentos que el haber alcanzado la que se denomina “edad de jubilación” porque con ello, se justifica, se da paso a otros y se permite el acceso a las nuevas generaciones. Como si aquí no hubiese plaza para todos.

¿Quién califica los criterios de capacidad, experiencia, sabiduría, ponderación, prudencia… para desarrollar la actividad de juez o de médico? ¿La edad?

JUBILACIÓN procede del término latino “jubilare” (gritar de alegría) aunque quizás haya que retroceder en el tiempo para encontrar el origen de este vocablo en la palabra hebrea “yobel” (cuerno de cordero que se usaba para “gritar” el inicio del año dedicado a Yahvé). El que se jubila por obligación no grita de alegría. Tal vez sea más acertado definir el “estado de la jubilación” como el inicio de un “nuevo año”, de una nueva etapa. Pero sea cual sea el origen o significado que queramos darle al sustantivo “jubilación”, nunca va a permitir que se diluya la línea que separa la actividad de la pasividad.

¿Por qué la capacidad de decisión judicial de un magistrado/a se nos antoja insuficiente al llegar a esa edad en la que las grandes potencias mundiales, las grandes empresas, las instituciones laicas y religiosas siguen manteniendo a sus líderes? Todas las explicaciones y opiniones son admitidas. Pero a mí se me va a permitir que, al menos, haga esa pregunta, ¿o no?

Quizás ahora más que nunca la Administración de Justicia necesita de valores que permitan que la Administración siga siendo “administración” y la Justicia haga “justicia”. De poco sirve el incalculable trabajo y dedicación de tantos jueces y juezas, letrados/as de la administración y funcionarios/as que día a día, sin medios y asqueados de tanta lucha cainita, se esfuerzan para mantener el “armazón” de lo poco que queda del denominado PODER JUDICIAL INDEPENDIENTE. ¿De qué material se compone el llamado “gobierno de los jueces” (Consejo General del Poder Judicial) que me temo que poco le queda de “consejo”, casi nada de “general” y mucho menos de “poder judicial”, porque el otro poder se lo está engullendo, si no lo ha engullido ya? El brocardo “la justicia emana del pueblo…” (art. 117 de la CE) comienza a tener el mismo sonido que las trompetas de Jericó: estridente y destructivo. Claro que todo emana del pueblo, incluidos los fichajes de los equipos de fútbol... Pero el nombramiento de los jueces, no. Y las decisiones (sentencias, autos) que dictan los jueces no emanan del pueblo, sino de la capacidad intelectiva y volitiva de los jueces y magistrados.

De ahí que como viejo-joven que ha bregado en mil batallas del Derecho, permítaseme que en homenaje a esos magistrados/as, jueces/as de aquí, que les han obligado a “jodelarse”, lance simplemente un silencio de “ no-júbilo” y que su “jubilación” no nos impida seguir aprendiendo de su experiencia, de su conocimiento y de las enseñanzas con las que hemos construido nuestra pequeña y humilde existencia profesional.

*Abogado

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