17 de marzo de 2020
17.03.2020
Faro de Vigo

El letargo obligado en las calles del Covid-19

El confinamiento vacía el centro de la ciudad, sin apenas tráfico, con la mayoría de verjas de negocios bajadas y carteles en los escaparates que avisan del cierre por seguridad

17.03.2020 | 00:52
Peatones con mascarillas, ayer por la mañana, en el centro de Vigo. // R. Grobas

El Covid-19 baja el pulso a la ciudad, la vacía de coches y peatones y cambia el panorama de sus calles: en vez de las aceras bulliciosas propias de un lunes de marzo, el confinamiento deja viales sin apenas tránsito, en los que se ven poco más que repartidores de Glovo y vecinos embozados con mascarillas que pasean a sus mascotas. En pleno Príncipe, habitualmente repleta de vida, se puede escuchar incluso el sonido de un móvil. Es la realidad que marca la lucha contra el virus.

- "Su destino está a la izquierda. Ha llegado Usted a su destino".

Desde hace ya algunos años la voz del asistente de Google Maps me acompaña cada vez que conduzco por una ciudad que no conozco o pruebo suerte con alguna de esas rutas endiabladas que prometen acortar unos minutos de viaje a base de meterte con el coche por callejuelas perdidas de la mano de dios. Por eso ayer al escucharla en plena calle Príncipe, fría, enlatada, con la misma fuerza con que suena dentro de mi Corsa, me sentí noqueado, fuera de lugar.

Parece bastante estúpido. Lo sé. Yo mismo tardé un par de segundos en entender por qué.

Paseo con frecuencia por el centro, pero jamás -en todos mis años de peatón ocioso-, había escuchado la voz de un GPS resonar en mitad de Príncipe. Por una razón muy sencilla: suele haber tanta gente, tantas charlas, tantos coches que suben y bajan por Policarpo Sanz, tantas motos, tapas de alcantarilla sueltas, hilos musicales de tiendas, tantas terrazas, artistas callejeros, voluntarios de ONG reclamando cinco minutos de atención... que sencillamente -sea día o en plena madrugada- es imposible distinguir el altavoz de un teléfono.

Ayer no. En todo Príncipe estábamos yo y un puñado de personas. Entre ellas, una chica que caminaba con su smartphone, pendiente de las últimas indicaciones del asistente de Google Maps.

Del silencio -por paradójico que parezca-, uno no se da cuenta hasta que comprende que está percibiendo sonidos que habitualmente pasan inadvertidos: el tintineo de un carillón de viento desde el balcón de un tercero, las voces de los obreros que trabajan a varias decenas de metros, en una obra del Casco Vello; la moto de un repartidor de Glovo bajando por Urzáiz... Esa (no) banda sonora, consecuencia del estado de alarma del coronavirus, sirve a los vigueses desde hace un par de días para asomarse por las tardes a sus balcones -redescubiertos en tiempos de confinamiento- y romper en aplausos por el personal sanitario.

Otras consecuencias del Covid-19 son más evidentes que el silencio. Por ejemplo, la distancia, el metro de separación que debe guardarse con otras personas para minimizar los riesgos de contagio. Se hace presente nada más pasar del umbral de casa: en las escaleras, al cruzarte con el vecino del quinto, y en la calle. Yo vivo cerca de Urzáiz. Un lunes por la mañana convencional al salir de mi portal suelo encontrarme con grupos de peatones que caminan hacia todas partes. Ayer no. Solo vi unas cuatro personas, a mi derecha, frente a un supermercado. Dos llevaban mascarillas. Otra se cubría la boca con el cuello de su cazadora.

Al caminar hacia la entrada del súper, el dependiente me señaló con el índice -enfundado en un guante plástico- e indicó el grupo de la acera: "Es una cola. Tienes que esperar para pasar". Por cada cliente que salía cargado de bolsas, uno entraba. La cantidad de personas dentro del local está controlada para evitar aglomeraciones. En la fila que se formaba en la calle, por supuesto, se guardaba el metro de distancia para evitar contagios.

Los supermercados son de los pocos negocios que siguen abiertos tras el decreto del estado de alarma. Otros son las farmacias. Camino de Príncipe vi a varios clientes dentro de una. Esperaban por sus medicinas -conseguir mascarillas o geles antisépticos es tarea imposible desde hace semanas, casi tanto como papel higiénico o servilletas en un súper-. Guardaban cola también frente al mostrador. Sin tocarlo, sin acercarse más de lo debido. Las farmacéuticas habían cruzado una cinta de lado a lado, sujetas a pósters publicitarios. Para entregar los medicamentos debían alargar el brazo por encima.

A los peatones habituales de una mañana de lunes camino de la oficina ayer les habían tomado el relevo otros -o los mismos-, embozados en mascarillas, que paseaban a sus perros, regresaban con una barra de pan bajo el brazo o sujetaban bolsas repletas de comida. En la calles, sin el ruido del tráfico -salvo el de algún repartidor, un bus o algún coche perdido- las verjas permanecían cerradas a cal y canto, con las luces apagadas y carteles que anunciaban el cese de actividad hasta nuevo aviso.

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