05 de agosto de 2019
05.08.2019
Festividad del Cristo de la Victoria

La devoción por el Cristo de la Victoria inunda Vigo en otra multitudinaria procesión

Miles de devotos demuestran su fe inquebrantable hacia la imagen abarrotando las calles del Casco Vello y el centro - Caballero y Feijóo, juntos en la comitiva - Un despliegue de 70 personas blinda la seguridad

05.08.2019 | 02:09

"¿En un día? Calcula que vendemos unas 500 velas". Desde la Plaza de la Constitución, como una riada que baja contenida y como aguantando el alboroto, descienden los feligreses para aproximarse, en la medida en que la muchedumbre se lo permite, a la salida del Santísimo Cristo de la Victoria de la Concatedral, en pleno núcleo del Casco Vello. Son las siete y media de la tarde; atronan las bombas de palenque que estallan contra el cielo cálido del verano. La procesión va a comenzar. Vigo demostró ayer, con su presencia masiva en las calles del centro, que la pasión por el "Cristo de la Sal", el suyo, no se negocia. Riadas de feligreses abarrotaron la zona histórica y algunas de las espinas dorsales de la ciudad, velas en las manos, en un itinerario que volvió a ofrecer instantáneas atemporales de la pasión que Vigo le rinde al Santísimo.

Doscientos diez años después de que los vigueses se zafaran del yugo de las tropas francesas y reconquistaran la capital, según la tradición, gracias a la intercesión divina; y casi 280 desde que doña Bernarda Bello de los Ríos testimoniara por primera vez en un escrito al Ayuntamiento la existencia del Santísimo Christo de la Victoria, la procesión inició su recorrido con el descenso de la Concatedral rumbo al Berbés. Todas las miradas se focalizaban en la imagen, encaramada a su carroza de madera noble y apliques de plata.

Por delante, los procesionarios discurrían en filas de a dos a ambos lados de la calzada; hacia atrás, los miembros de la Cofradía, con su presidenta Marora Martín-Caloto en cabeza, o el cofrade mayor del Santísimo Cristo de los Afligidos de Bouzas, Íñigo Andonegui, encargado de llevar el estandarte. Iban abriendo el grupo de autoridades. Las eclesiásticas, con la presencia del obispo Luis Quinteiro Fiuza, o el prelado emérito de Lleida, Joan Piris.

El presidente de la Xunta, Alberto Núñez Feijóo, compartió todo el recorrido con el alcalde vigués Abel Caballero, la teniente de alcalde Elena Espinosa y el delegado de Zona Franca, David Regades. Una foto de ambos políticos no sin cierto morbo, después de la puerta abierta a la cooperación ofrecida por el Concello y al anuncio de Caballero de enviar precisamente hoy una carta a Feijóo con sus condiciones para el diálogo. A sus espaldas, el gobierno municipal de la ciudad, los ediles del grupo del PP y otras autoridades, como la delegada de la Xunta en la ciudad, Corina Porro; la exvicepresidenta del Congreso, Ana Pastor; el vicepresidente autonómico, Alfonso Rueda, o también el nuevo gerente del Chuvi, Julio García Comesaña.

A las ocho llegó el Cristo a la Praza do Berbés, al ritmo de la banda de la Brilat, donde varios edificios lucían ataviados con banderas y guardaban a devotos en sus balcones.

Entre ochenta y noventa voluntarios de la Cofradía fueron tutelando las hileras de fieles para oxigenar y dejar espacio suficiente a la talla. El dispositivo de seguridad lo conformaron más de setenta efectivos, entre Policía Local y Protección Civil, que se encargaron entre otros cometidos de mantener el tráfico cortado en Cánovas del Castillo, parte de Montero Ríos, Colón, Policarpo Sanz o la Puerta del Sol, tal y como había anunciado el Ayuntamiento los días previos.

Antes de llegar a la altura de A Laxe, coronada la procesión por las personas que se hacían hueco en la pasarela del centro comercial, el Cristo se volvió hacia el mar anunciando un momento cumbre. Un gesto que trasciende el estruendo de sirenas que le brindaron en correspondencia los buques amarrados en el Puerto. Remite a la leyenda de un grupo de marineros a la búsqueda de sal que, embestidos por una fenomenal tormenta en alta mar, prometieron la entrega de un Cristo que habían encontrado a la deriva si los salvaba del envite. Así fue. Aquel puerto fue Vigo. "Tantos y tantos lugares y el Cristo se quiso venir con nosotros a Vigo", recordó el pasado viernes Caballero.

Antes de encarar cuesta arriba el regreso, otra imagen: la contraposición del Cristo, esquivo al paso del tiempo, con el esqueleto de los escenarios y las estructuras que el fin de semana que viene servirán para la celebración de O Marisquiño. En la subida por Colón, a la caída de la tarde, las velas punteaban el centro neurálgico de Vigo, y la luz ya solo se entreveía en las salidas hacia el mar y se proyectaba en los chaflanes de los edificios. En los altavoces, a las 21.35, el rezo del Padrenuestro recogió a los fieles, que silabeaban la oración en silencio momentos antes de doblar en dirección a Porta do Sol.

Sentados en las paradas, orillados en las aceras, al pie del Sireno, expectantes, centenares de fieles esperaban el camino inverso del Cristo hacia la zona histórica. Sin discriminar sexo, edad, condición o la asiduidad del rezo, todos esperaban la escena álgida de la procesión. A las 21.56 la multitud prorrumpió en aplausos mientras la mayoría gestionaban a duras penas las velas rugosas por la cera derretida, con el capuchón de plástico ennegrecido por las más de dos horas de camino al pie del Santísimo.

Por los altavoces, el obispo Quinteiro recordó que el Cristo no es un significante hueco para la ciudad. Es acaso, una representación cargada de simbolismo, por cuanto implica "renovar un memorial" que erige a Vigo "como una ciudad especial". Sus palabras hacían eco contras las fachadas y ya en las postrimerías de la procesión, la emoción embargó a varias familias. Algunas escuchaban abrazadas, otras se enjugaban los ojos vidriosos. Rictus serios, de recogimiento.

La ofrenda floral y el baile tradicional dieron paso al canto del himno. A coro, la ciudad entonó un año más el "alza Vigo, la frente serena / y contempla a tu Cristo en la Cruz", momentos antes de emprender camino hacia la Concatedral, donde todo acaba y empieza de nuevo, así por más de doscientos años.

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