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La vida de un 'rider': cuando un algoritmo vigila tu trabajo

Medio centenar de repartidores trabajan con Glovo en Vigo, en pleno debate sobre sus condiciones laborales

Una repartidora de Glovo se acerca a recoger un pedido al Mcdonald's de Gran Vía. // Ricardo Grobas

Una repartidora de Glovo se acerca a recoger un pedido al Mcdonald's de Gran Vía. // Ricardo Grobas

Última hora de la tarde en la Gran Vía. Un pequeño enjambre de scooters y sus pilotos se agrupan en torno al Mcdonald's que orilla a un lado de la avenida. Pertrechados con su mochila amarilla, fácilmente identificables por el brillo que les confiere el plástico y las motas de verde, entran y salen del local para recoger pedidos que alguien, sin más esfuerzo que un par de pulsaciones en un app, exige como menú para su cena. En ese frenesí de recogida-reparto la mayoría de muchachos entablan breves conversaciones, ríen relajadamente apoyados sobre las barandillas, y esperan a que el teléfono móvil les dicte dónde y cuándo entregar su próximo paquete. "Te dejo, me acaba de llegar un pedido", se excusan. Es la vida de un 'rider', lo que antes del amanecer del nuevo orden digital se conocía comúnmente como repartidor. En Vigo, como en Madrid, Marrakech o Buenos Aires, se reproducen historias similares de empleados que buscan un pedacito del enorme pastel que generan plataformas como Glovo, Deliveroo o Uber Eats. Firmas de delivery -paquetería- diseñadas para intermediar entre proveedores y consumidores que lo quieren casi todo: comida, productos de supermecado, libros o snacks. Y que lo quieren a la voz de ya. En los últimos meses la Justicia y la Inspección de Trabajo las han puesto en el punto de mira por las supuestas condiciones leoninas de sus trabajadores.

"Yo me siento bien", despeja Jirofran, venezolano, 24 años, y uno de los riders de Glovo apostados en el Mcdonald's. "En un día puedes llegar a ganar entre 100 y 130 euros, aunque en verano baja mucho. (La de Glovo) es una de las mejores opciones para el inmigrante. Tiene sus pros y sus contras, pero del resto no tiene crítica negativa, la app va súper bien". En la puerta espera igualmente David. A sus 48 años recomienda no dar demasiado pábulo a las noticias sobre la supuesta explotación de los 'riders': "No es tanto como la pintan". Para él, subirse a la moto y repartir es una segunda ocupación y, por qué no, también una "experiencia gratificante". Una "terapia", como la llega a definir, que comparte con otros venezolanos recién llegados a Vigo. Todos tienen ganas de salir adelante y comparten un perfil: jóvenes, varones y generalmente necesitados de ingresos extra. Su opinión es compartida por otros colegas, que prefieren no entrar en demasiadas disquisiciones sobre la empresa. "¿Vienes por el juicio?", inquiere uno.

Es jueves y al día siguiente, efectivamente, un exrider vigués protagonizará la primera pugna judicial contra Glovo. La batalla de Eliseo es la de muchos otros en distintos puntos de España. Buscan que los tribunales les reconozcan que operaron como falsos autónomos, y tumben con ello la tesis de que son libres para decidir sobre su trabajo. "Tú escoges las horas en las que quieres hacer entregas", "tus ingresos dependen de los km que recorras por pedido", son eslóganes que usa la plataforma y que se presentan como chucherías a la hora embolsarse un dinero. "Sé tu propio jefe", es el corolario habitual.

Hasta 1.600 euros

Al principio, la experiencia de Eliseo en Glovo fue gratificante. Él fue uno de los primeros 'rider' de la ciudad -hoy rondan entre los 40 y los 50, según los propios repartidores, de los 7.000 que hay repartidos por España--. "Fui a una charla que nos dieron y sonaba bastante bien", recuerda. Así que dio el paso. Empezar a glovear, como lo denominan ellos, es una puerta que carece prácticamente de llaves. Simplemente requiere darse de alta como TRADE -trabajador autónomo económicamente dependiente- y abonar los 60 euros de la mochila, en concepto de fianza. El vehículo, el móvil y la gasolina corren a cuenta del bolsillo del 'rider'.

A partir de ahí es cuando el sistema echa a rodar y los repartidores pasan a estar sometidos a un sistema de reputación. Comienzan con 50 puntos y suben o bajan en función de un algoritmo que barema su rapidez en los pedidos, el número de ausencias o la valoración de los usuarios de la plataforma. Cuanta más puntuación, más horas les asigna la empresa para hacer sus repartos. De lo contrario, el margen para trabajar se achica.

"Como era uno de los primeros podía pillar todo el calendario y los ingresos eran buenos". En las primeras quincenas Eliseo llegó a facturar entre 700 y 800 euros brutos. "Luego nos fuimos dando cuenta de que las condiciones eran otras". Explica que es Glovo quien fija "la tarifa de los pedidos", a qué clientes se reparte o qué horas están disponibles para trabajar. "El algoritmo lo controlan única y exclusivamente ellos", denuncia, "siempre que tengas la app abierta saben donde estás, el kilometraje diario, cuántos pedidos hiciste, si te has demorado?". En septiembre, ya con ingresos de 200 euros cada dos semanas, la aventura tocó a su fin. "Ellos no te despiden, te desconectan". En el juicio del viernes, el abogado de la empresa negó que entre el 'rider' y Glovo existiera más dependencia que la consentida: "Es libre de hacer la ruta y los pedidos que quiera". El algoritmo, dijo, tampoco castiga, sino que más bien es "una bonificación".

Los hosteleros, incómodos

Si se explora en su web, en Vigo hay alrededor de medio centenar de restaurantes que presentan sus menús en Glovo, aunque también se ofrecen portes con pedidos de supermercado, farmacia o cafés de Starbucks. Compite dentro del gremio con Deliveroo, que acoge a una veintena de locales. Uber Eats, otra de las grandes, todavía no ha desembarcado en la ciudad. El tablero de la comida a domicilio lo completa JustEat, con más de un centenar de restaurantes en cartera, aunque con un modelo laboral un tanto diferente: en lugar de 'riders' como tal, subcontratan los envíos a empresas locales de reparto.

El bum es palpable: según un estudio de Kantar Worldpanel, dos de cada tres españoles reconocieron haber solicitado sus servicios en el último año. Pero el sector de la hostelería no se ahorra críticas contra su modo de captación. César Ballesteros, presidente de la patronal pontevedresa de hosteleros, lo confiesa personalmente y sin remilgos: "No nos gustan estas contrataciones de falsos autónomos, lo digo abiertamente. Las app tecnológicas, en general, están al borde, o rozando, la normativa".

Según Ballesteros, para los hosteleros el hecho de entrar a formar parte de estas plataformas "no es nada cómodo, porque los márgenes son cada vez más estrechos". "Empiezan con un 5% de comisión y van subiendo. Ahora están entre el 10 y el 15%". Y todo, teniendo en cuenta que el porcentaje de beneficio de los restaurantes ronda el 10%, si se tienen en cuenta sus propios cálculos.

Desde la CUT, el sindicato que atendió a Eliseo en su batalla, no se ahorra en críticas. Primero, contra los restaurantes, al entender que "quieren vaciarse de responsabilidades y de gastos", critica Ricardo Castro, secretario xeral en Vigo. Pero sus dardos llegan también al consumidor: "Estamos en casa y esperamos que nos traigan la comida por el precio más barato posible, y no nos preguntamos qué pasa para eso sea así". desliza.

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