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Ni un hombre ni tripulante, era una ladrona

La detención de una mujer exonera a los marineros de un mercante del robo de 60.000 dólares del camarote de su capitán

Ni un hombre ni tripulante, era una ladrona

Ni un hombre ni tripulante, era una ladrona

Aquella escala en Marín a finales de marzo de 2016 se hizo insoportable para la tripulación del Nemo. Nada hacía presagiar que la parada en este puerto sería diferente a otras anteriores de su buque, un granelero de 190 metros de eslora. Acabada la operación pondrían rumbo al siguiente destino acortándose el tiempo hasta volver a sus hogares, en Ucrania para la mayoría. Así que solo necesitaban que la descarga de soja se completara lo más rápido posible, y entretanto, matar los días, y las noches, cada uno como gustase. Hasta que estalló una bomba informativa a bordo que colocó a esta veintena de hombres bajo sospecha de haber cometido un misterioso delito. El robo de 60.000 dólares de la caja fuerte del camarote del capitán . Y el ladrón tenía que estar entre ellos. No había otra opción. O eso parecía en un primer momento.

La armadora montó en cólera al enterarse de que el importe en metálico entregado al capitán por su agente consignatario, un vigués, se había esfumado de ese compartimento tan custodiado del buque. De esa caja fuerte situada habitualmente cerca de donde duerme quien ocupa la habitación y donde se guardan no solo dinero para gastos ordinarios -desde pagos a tripulantes a provisiones o imprevistos-, también medicamentos como esa adictiva morfina reservada al alivio del dolor de los heridos mientras se navega hacia puerto o hasta llega el rescate por aire o mar. Resultaba todo tan inconcebible que la compañía valoró incluso rastrear el casco con perros e impedir que nadie bajase a tierra hasta dar con los dólares.

Tres años después de haber vivido ese clima tan tenso, mirándose todos de reojo desde el desayuno hasta la cena, desconfiando hasta de ese compañero de catre con quien compartía más que con un hermano, ahora a quienes lo sufrieron de poco consuelo les valdrá descubrir al autor del robo en el Nemo. Que ni era hombre ni tripulante, sino una astuta mujer a la que fuentes policiales señalan, basándose en huellas dactilares coincidentes, como responsable de otros golpes en barcos durante su escala en puertos, algunos gallegos como el de Ferrol.

De cómo esta mujer se hizo con ese valioso botín, de cómo consiguió acceder al venerado camarote y abrir la caja fuerte, las mismas fuentes no ofrecen claves. Para un capitán vigués de la Marina Mercante consultado por este periódico "quizá" se hallen en esa memoria inconfesable que muere con los navegantes.

Tampoco ayuda comprender el modus operandi el relato del capitán del Nemo en la denuncia que presentó esos días en la comisaría de la Policía Nacional de Marín actuando como traductor el consignatario vigués. De hecho lo que declaró entonces alimentaba el enigma sobre la desaparición de esa importante cantidad de billetes de la que se dio cuenta, apuntaba, en una de sus salidas y venidas de tierra.

Porque si, como relató, siempre cerraba el camarote y la caja fuerte también permanecía cerrada con una llave que ocultaba dentro, la mujer tendría muy complicado llevarse el botín. A no ser que alguien compinchado con ella, caso de un tripulante, le ayudase a acceder a la habitación con la carambola de descubrir donde guardaba la llave de la caja. O bien que fuera el veterano capitán quien hubiera invitado a la persona equivocada para lo que solo él sabe con el resultado de una noche de tanto sobresalto como el amanecer.

Esta hipótesis sí permitiría entender por qué ocultó ante los agentes la presencia de esta persona ajena al barco. No solo por cómo pudiera sentarle a su mujer, si la tuviera, de trascender la noticia allá en Ucrania. "Es que un capitán no puede meter a cualquiera a bordo sin más, y menos a una prostituta. Esto no es África", compara su colega vigués. No lo es pero igual sucumbió a unos servicios de una ladrona disfrazada.

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