03 de diciembre de 2018
03.12.2018
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El último vecino de Cíes suelta amarras

Germán Luaces Freijeiro fue un espíritu libre, generoso y muy querido por todos quienes le conocieron

03.12.2018 | 02:29
El último vecino de Cíes suelta amarras

La vida lo golpeó duramente y las Cíes, escenario de sus años de infancia y juventud más felices, acabaron por convertirse en su hogar. Allí residía desde los años noventa Germán Luaces Freijeiro, el último habitante de las islas, fallecido el pasado viernes a los 54 años. Generoso con los suyos y con cualquiera que necesitase su ayuda, siempre mantuvo abiertas las puertas de su casa. Sus amigos, que se reparten por las rías y más allá de Galicia, están reuniendo fondos para brindarle la despedida que merece y que sus cenizas vuelvan al mar que siempre lo acompañó.

"Fue un isleño de verdad y se merece todo lo que se haga por él. Mi familia era la propietaria del restaurante del muelle y compartí mi infancia con él, su hermano Jacobo y mis primos, que son los dueños del camping. Fue una época preciosa. Estábamos solos en invierno y vivíamos como Orzowei, moviéndonos por cualquier lado. Era un chico fantástico, estupendo, que compartía lo poquito que tenía. Lo conocía muchísima gente. Su padre le pidió a mis abuelos que lo cuidaran y siempre fue muy querido y valorado en mi familia", relata Santi Viñas.

A la pérdida de su madre se unió en poco tiempo la de su padre, conocido capitán de la Marina Mercante y profesor en el Instituto Náutico Pesquero de Vigo. Y la fatalidad volvió a sacudirle después para arrebatarle a su hermano. Cuando su abuela también falleció en los noventa, Germán acabó por establecerse de forma permanente en la vivienda familiar de la isla de Faro, conocida como "El Chuco".

"Mis primos del camping siempre mantuvieron el contacto y yo lo visitaba cuando iba a Cíes y nos hacíamos una foto para enviársela a mis padres, que siempre me preguntaban por él. Era muy buena gente y mi abuelo fue como un padre para él", recuerda con cariño.

César Fernández, propietario del bar Serafín de la isla, coincidió por última vez con Germán a finales de septiembre: "Sabíamos que había estado enfermo pero lo vimos bien. No tenía recursos y vivía en malas condiciones. Y aun sí era tan buen chico que se quedaba sin nada por dártelo a ti. Cuando el bar estaba abierto a veces nos ayudaba y comía con nosotros y otras veces le llevábamos víveres".

"En invierno estaba solo en la isla, con nosotros y los guardas del parque, pero en verano su casa se llenaba de amigos de todas partes y él era feliz con ellos. Disfrutó la vida a su manera", añade.

"Un espíritu libre"

"Fue un espíritu libre", comenta José Antonio Fernández, el director del parque nacional Islas Atlánticas: "Acogía a todo el mundo y la relación con nuestra gente siempre fue muy buena. Tuvo mala suerte en la vida, pero era buena persona. Todos sentimos su pérdida".

Los agentes del parque le "echaban una mano" en lo que podían y Germán se comportaba de forma recíproca con ellos, a igual que con los pescadores que sufrían alguna incidencia o durante las labores de limpieza de la marea negra del Prestige.

"Yo soy marinero y en 'El Chuco' inventamos la forma de limpiar el chapapote gracias a las redes que nos había regalado Pichocho, otro de los nativos de Cíes. Y seguimos trabajando después de irse el ejército. En la casa acogíamos a voluntarios de todo el mundo", destaca Lolo Fernández, uno de los mejores amigos de Germán, al que conoció en los años 80 y con el que residió allí durante 15 años.

En una de las fiestas que organizaban y en las que llegaron a tener conciertos como el de Berrogüetto, conoció a su mujer, Arantzazu Luna, cuyo sentido escrito publicado en FARO el domingo se ha viralizado en las redes. Ella describe a su amigo como un "gran conversador" interesado por todo lo que ocurría en el mundo: "Dejó huella en mucha gente, sus compañeros del colegio Rosalía de Castro están muy compungidos. Una amiga me comentaba hoy [por ayer] que la primera vez que fue al 'Chuco' tenía mucho frío y Germán, al que ella no conocía, le buscó abrigo y le hizo un colacao. Era un detalle muy propio de él, se desvivía por los demás".

Estos días se sienten "destrozados" pero no pueden evitar recordar a su amigo con una sonrisa y se han propuesto que al camino de la isla que lleva hasta "El Chuco" se le dé su nombre como homenaje: "Queda un vacío enorme".

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