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Jesuitas

Nadie discrepará de que la llegada de los Jesuitas a Vigo, ahora hace un siglo, fue uno de los acontecimientos de la ciudad y para Galicia. En su colegio no solo se formaron generaciones de los mejores estudiantes vigueses, sino gallegos. Basta repasar el índice de personalidades que allí estudiaron para constatarlo.

Incluso alcanzó renombre nacional, para muchos lectores de los años sesenta y setenta, por la novela juvenil de Martín Vigil, "La vida sale al encuentro". Para la época resultaba tan atractiva como Harry Potter para los chavales de ahora

La Compañía de San Ignacio padeció persecución en diversas épocas. Como ocurrió a los Templarios en el siglo XIV a los que borraron del mapa, por la envidia y codicia que despertaba su poderío, los Jesuitas fueron expulsados de España porque los consideraban un peligro por su influencia, disciplina y fuerza intelectual.

Por eso no pudieron instalarse en Vigo hasta 1916, cuando Europa se debatía en guerra y Portugal acababa de romper la neutralidad

Es la orden que más se significó a lo largo de la historia. Todo cuanto se relaciona con ella, desde la semántica a la política, tiene una significación. El liderazgo de los Prepósitos Generales, el Papa Negro, es equiparable al de los Grandes Maestres de la Orden del Temple en sus tiempos áureos. Pero a diferencia de los Templarios, la fundación de San Ignacio resistió a todos los embates. Su capacidad de adaptación es inimitable.

Cuando fue oportuno apareció el Padre Arrupe que llevó a la Orden a los confines de la justicia social y algunos de sus miembros a la Teología de la Liberación. Pero como corresponde a su espíritu, se han adaptado a los signos de los tiempos y al talante de cada Papa.

Desde su fundación a la actualidad, ha habido jesuitas que descollaron en todos los campos, y los ha habido consejeros de los jerarcas de todo el mundo, desde la Casa Blanca a las más importantes Cancillerías. Si los expulsaban de un país, encontraban otros donde los recibían con los brazos abiertos.

Pero no solo eran un ejército de poder, sino que se fijaban en lo que tenían alrededor, en lo más próximo y humilde.

En los anales de Vigo figura una anécdota reveladora de cómo eran aquellos jesuitas recién llegados a la ciudad.

Ante la acumulación de pobres que había en Vigo, el rector del Colegio propuso que un día al mes saldría a las puertas de la residencia de la Orden para entregar limosnas, en una cuantía de 100 a 125 pesetas, cifra importante. Un periódico costaba 5 céntimos.

Sin embargo, al enterarse de que en Vigo estaba prohibida la mendicidad, aceptó los razonamientos que le hicieron, desistió y decidió repartirlo a través de la beneficencia pública.

En una reunión de la "Junta Municipal de Protección a la Infancia y represión de la Mendicidad" (sic), presidida por el alcalde, Fernando Conde, se informó de la aportación de los Jesuitas. Y se acordó por unanimidad que ese dinero serviría para aumentar las prestaciones del Comedor de Caridad, en el que se servían dos comidas al día. Con la donación se serviría también el desayuno, consistente en una taza de café o un plato de sopas de ajo.

Los cien años de presencia de la Compañía de Jesús en Vigo --hay libros bien documentados que explican toda la historia- están jalonados de pequeños y grandes episodios -alguno traumático, como el cierre durante la República-, de éxitos relevantes y de nombres de alumnos que triunfaron en sus profesiones.

También de gestos que pueden parecer minucias, pero que dejan traslucir todo el potencial de la Compañía, que si durante siglos fue considerada baluarte de la ortodoxia, en el periodo postconciliar se transformó en vanguardia del humanismo social.

Lo llevaba en los genes, como puede advertirse por la anécdota de los pobres de Vigo, una ciudad donde la palabra jesuita alcanza una resonancia especial.

P.S. El jesuita de los pobres era el Padre Basterra, que antes había sido arquitecto, según contó en la conferencia del centenario el vigués Julio Martínez, rector de la Universidad de Comillas.

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