01 de marzo de 2012
01.03.2012

Antía Cal, la precursora en los 60 de la escuela del siglo XXI

Creó en 1961 el Rosalía de Castro, un colegio "revolucionario": laico, mixto, igualitario y con enseñanza en inglés, gallego y castellano

01.03.2012 | 09:27
Un grupo de pequeños alumnos del Rosalía de Castro reclaman la atención de Antía Cal. // Marta G. Brea

EL QUÉ. Un 14 de septiembre de 1961, Antía Cal abría en la viguesa calle Pizarro las puertas de un colegio que no solo fue pionero en Galicia por su innovadora concepción pedagógica (escuela laica, mixta, igualitaria y abierta) sino por su carácter bilingüe, trilingüe en la práctica. El Rosalía fue en Galicia un foco de irradiación progresista de las nuevas tendencias pedagógicas, después claramente alineadas con el colectivo catalán Rosa Sensat, pero con otro ingrediente también singularizador.
Por vez primera las lenguas vehiculares que se adoptan en un colegio gallego son el castellano y el inglés a los que se añade el gallego, que estará presente de forma viva fuera de las clases desde el principio pero no de modo oficial porque entonces no era posible. Esa convivencia ejemplar de lenguas por lo relajada, natural y pacífica la perfilaba ya la fundadora con un consejo al profesorado: "El secreto para instalar el gallego no está en suspender a los alumnos, ni en su imposición, sino en el cariño. No se puede enseñar el gallego, que es lengua propia, como si fuera inglés".
El CUÁNDO. ¿Y cuál era el medio ambiente de aquel Vigo de los 60? Esa década en la que Antía Cal inauguró el Rosalía Castro era la de un Vigo de 115.000 almas anclado en lo educativo bajo la sombría pedagogía del franquismo, pero en que inicia un período clave de su crecimiento económico. La Zona Franca, concedida desde finales de los 40, logra atraer a un grupo multinacional punta, Citröen, y por las mismas fechas nace Pescanova, que supondría toda una revolución en la pesca y cuyas inversiones de altura incidirían en el crecimiento de las empresas de construcción naval. El ansia de transformación y progreso educativo que animan por esas fechas a la fundadora coincidirían así con los nuevos vientos que soplan en el ámbito económico.
"No fue fácil, quizás por eso –confiesa Antía–, hallar un local o terreno para la nueva escuela, que empezó en un local familiar pero que al año siguiente, 1962, se trasladó ya a la Gran Vía a terrenos que adquirí con un préstamo paterno". Ciertamente, la búsqueda de nuevo emplazamiento por parte de Antía Cal (en 1978 se abandonaría la Gran Vía para ir a Bembrive) coincide con ese despertar de los 60 en que las inversiones de los emigrantes provocan un bum de la construcción urbana y un enorme aumento del precio que abre una etapa de urbanismo caótico por la inexistencia de planes de crecimiento ordenado.
El CÓMO. Pero ¿cómo llegó Antía Cal a esta percepción de la importancia del inglés que hizo al Rosalía pionero del bilingüismo en una España aún cerrada en sí misma en que no se veían otros idiomas como instrumentos de comunicación necesarios? ¿Y cómo a la del gallego al que con el castellano tampoco fue ajeno a su centro educativo? Todo tiene su historia y en ambas es parte vital su marido, el oftalmólogo, humanista y galleguista Antón Beiras, inventor del Vigoscopio.
Podríamos situar la génesis del Rosalía, su innovación pedagógica y la adopción del bilingüismo en el viaje de dos meses por varios países de Europa que en los años 50 realiza Antía con su marido en busca de oxígeno científico para redondear los estudios sobre el estrabismo del oculista. "En Ginebra, una de las etapas de ese viaje –cuenta–, me entero de que están ordenando el legado de mi admirado Pestalozzi [un teórico de la educación] en un Museo de la Pedagogía. Fue un momento mágico en mi vida porque sin pensarlo dos veces me fui allí y por azar conocí y me hice amiga de un viejo catedrático jubilado que trabajaba en la catalogación. Uno de los días que volví, cuando se enteró de que mi hijo mayor había cumplido cinco años, me espetó: "Ya le pasó el sol por la puerta". Quería decirme que la educación empezaba desde el mismo momento de nacer, cosa que tuve muy en cuenta después cuando abrí el Rosalía a los niños de tres años".
EL CONTACTO DE PARÍS. Aquel viejo profesor le puso en comunicación con una alumna suya, experta en educación que trabajaba en París para la Unesco. "Fue otro contacto fundamental para mi vida –cuenta– porque desde que en una conversación que mantuvimos Antón y yo con ella nos recomendó la educación en Inglaterra como la más avanzada en ese tiempo para nuestros hijos. Volvimos a España con una idea fija en la que insistía mi marido a pesar de mis prevenciones por lo poco boyante de nuestra economía: mandar a nuestros hijos a estudiar a Inglaterra, apretándonos el cinto, en diferentes años. Así lo hicimos".
Afirma Antía que la experiencia de ver a su hijo mayor, Hixinio, echar de menos la educación inglesa tras estudiar allí unos años, la empujaron definitivamente a abrir un colegio que diera una opción a la mediocridad educativa. Y en Vigo halló en Roderick Price Mann, responsable del Cable Inglés, un intermediario activo y efectivo para lograr la cobertura del British Council y convertir al inglés en lengua vehicular de la escuela, contando también con los consejos, siempre que fue necesario, de la experta educativa de la Unesco que habían conocido en París. La contratación después de Dorothy Combee [que hoy vive en Porriño] como titular del departamento, redondeó el asunto.
EL PODER DE ANTÓN BEIRAS. "En el colegio –relata Antía– la enseñanza era bilingüe al 50 por ciento entre el castellano y el inglés, que ya practicaban desde que llegaban a los tres años. Era una inmersión total en las dos lenguas. La presencia del gallego no era posible oficialmente, pero lo hablábamos con normalidad fuera de las clases entre nosotros. Y en eso, como en el inglés, fue decisiva para mí la opinión de mi marido, Antón Beiras, que lo hablaba habitualmente".
Beiras, galleguista de fe, pensaba que este idioma no podía ser un lenguaje relegado a las clases menos favorecidas sino que debería formar parte del ámbito cotidiano y educativo, aunque en ese tiempo eso sonara a herejía. Pero, como explica Antía, la suya era una apuesta nada impositiva, una especie de normalización consecuente que sacara al idioma de su encasillamiento litúrgico en actos culturales. Era un adelantamiento de ese bilingüismo armónico que ahora se predica.
MEDIO SIGLO DESPUÉS. Todos estos hechos marcarían las coordenadas de la escuela que acabó por montar en Vigo: laica, mixta, igualitaria, bilingüe... Palabras muy fuertes en la educación nacionalcatolicista cuyos restos aún se vivían en los 60. Y en Vigo, de pequeños sectores ciudadanos que soñaban en embarcarse en Europa, surgieron esos padres que creyeron en ese proyecto, que ya tiene medio siglo.

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