"Acabamos con el maltrato en los aeropuertos"
FARO reúne a los 7 vigueses que motivaron que Europa reconociera el pago por daños morales al cancelarse un vuelo
alberto blanco
Hace tres años pasaron uno de los peores tragos de su vida cuando sobrevolaban París en un avión de Air France con destino a Vigo con 69 viajeros a bordo. Una avería llevó al comandante a volver al aeropuerto de Charles de Gaulle a los 15 minutos de haber despegado. Aunque los viajeros temieron por su vida, para algunos la mayor angustia no la sufrieron en el aire, sino en tierra durante las 24 horas posteriores al aterrizaje y en las que, según denunciaron en los tribunales, no recibieron atención alguna. La familia viguesa Pato Rodríguez (un matrimonio y su hija Yaiza); López Sousa, de O Porriño, (un matrimonio y su hijo Yago) y el vigués Rodrigo Puga no se quedaron con los brazos cruzados. Interpusieron una demanda contra la aerolínea en la que además de reclamar una indemnización por la cancelación del vuelo, exigieron también una compensación por daños morales. El Tribunal de Justicia de la Unión Europea les acaba de reconocer este derecho sentando un precedente a nivel europeo.
"Queríamos que la denuncia llegara a Europa y lo conseguimos. No se puede consentir que los pasajeros solo tengamos obligaciones y ningún derecho. Hemos abierto la puerta para acabar con el maltrato en los aeropuertos", coinciden con satisfacción los siete demandantes a los que FARO reunió ayer tras haberse conocido esta semana el fallo del alto tribunal europeo.
Hoy hacen tres años y 21 días de aquel viaje. A las 19.40 horas del 25 de septiembre de 2008 despegaban de París en el vuelo AF 5578 de Air France con destino Vigo. Ya en el aire un fuerte olor a quemado sobresaltó al pasaje. El comandante decidió regresar a tierra y el pánico se apoderó de los 69 viajeros que iban en el avión. Hacía solo un mes del trágico accidente de Spanair en Barajas en el que fallecieron 154 personas y se temían lo peor. Los lloros de una de las azafatas agravó la situación. Aún no habían tocado tierra y la tripulación les avisó que podían utilizar sus teléfonos móviles. "Ese fue uno de los peores momentos. Pensamos que todo se había acabado y que nos dejaban llamar para despedirnos de nuestras familias. No era normal", recuerda Rodrigo Puga, quien viajaba solo por motivos de negocio y que acababa de hacer escala en París procedente de Torino (Italia).
Minutos de pánico
Cuando aterrizaron de nuevo en Charles de Gaulle fueron recibidos por una decena de camiones de bomberos lanzando agua de forma incesante sobre el avión. "No sabíamos qué pasaba. Nadie nos decía nada y creíamos que aquel avión iba a explotar de un momento a otro", temía Luis Ángel Rodríguez junto a su mujer María del Mar Pato y su hija Yaiza, de solo cuatro años y que regresaban a Vigo después de unas vacaciones en París. La misma angustia invadió a Aurora Sousa y Manuel López, en compañía de su hijo Yago, de solo seis años. "Fueron unos momentos muy tensos que me dejaron muy marcada", asegura ella.
Pero para estos vigueses tras la tormenta no llegó la calma. "En el aeropuerto la compañía no nos ofreció nada. Ni alojamiento, ni mantas, ni comida, ni tan siquiera agua. Nos obligaron incluso a abandonar la terminal porque cerraba de madrugada. Fuimos literalmente vejados después de haber tenido que realizar un aterrizaje de emergencia del que tampoco se nos dio explicaciones", lamenta Manuel López. Solo Rodrigo Puga logró ir a un hotel. "Venía en tránsito y al parecer tenía derecho a ello. Pero tuve que exigirlo. Sin embargo me caía el alma al suelo viendo como personas mayores y niños se tenían que quedar tirados durmiendo en el aeropuerto", critica.
"Tuvimos que buscarnos la vida para lograr un vuelo de vuelta. El personal de tierra solo decía que nos comprendía, pero no hacía nada. Nosotros tuvimos que pasar 27 horas en el aeropuerto con un niño de 6 años. No nos dieron ni café, ni leche, ni mantas. Nada. Pedimos algo caliente para el niño que no había cenado y también nos lo denegaron. En la terminal estaba todo cerrado y tuvimos que dormir tapándonos con cazadoras", recuerda Aurora Sousa.
"Si hubiéramos sido tratados como personas y no como basura no hubiéramos denunciado. Pero el trato que recibimos fue la gota que colmó el vaso", coinciden las familias, que fueron reubicadas al día siguiente en otros aparatos; uno a Oporto, y otros dos a Vigo, pero uno de ellos con escala en Bilbao.
Pese a que en un primer momento fueron 12 las personas que iban a denunciar, finalmente se quedaron solo los siete. "A nosotros no nos movía un interés económico, que fue lo que hizo que varios se echaran para atrás. El dinero que pedimos es simbólico (250 euros por la cancelación y entre 300 y 650 por daños morales). Otros se negaron simplemente por falta de tiempo. Quedar tirados en un aeropuerto sin atención alguna es, por desgracia, habitual. Pero no por ello normal. Nosotros queríamos terminar con este tipo de situaciones y por eso seguimos adelante. Ya está bien de que los pasajeros seamos muñecos a los que nos manejan de cualquier manera", recrimina Rodrigo Puga.
Las familias aseguran que la aerolínea les pidió perdón, pero para ellos no fue suficiente. "Un responsable me llamó para disculparse y preguntarme que había pasado. Le dije que eso no lo tenía que hacer solo con nosotros, sino con los 69 viajeros que iban en ese avión. Me contestó que eso no lo podía hacer. Le dije entonces que no las aceptaba y que les íbamos a denunciar reclamando daños morales", explica María del Mar Pato.
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