20 de febrero de 2011
20.02.2011

Aquel 23-F

Treinta años después, el golpe de Tejero todavía está lleno de claroscuros en la provincia que nunca se despejarán

20.02.2011 | 07:30
Aquel 23-F

Si nada fue lo que pareció el intento de golpe de estado del 23-F, tal y como mantienen quienes más y mejor han investigado aquel episodio acaecido hace 30 años, otro tanto puede decirse sobre la aparente tranquilidad en que la capital de la provincia vivió aquella asonada.
Una comida de confraternidad que tuvo lugar hace tres o cuatro años sirvió de catarsis insólita a Federico Cifuentes Pérez ante sus viejos compañeros. El concejal que luego fue presidente de la Diputación dejó boquiabierto a más de uno con su sorprendente revelación.
Después de tantos años, Joaquín Queizán Taboada, en su papel impagable de recto moderador tan ponderado por todos, había logrado reunir a buena parte de los primeros concejales electos de la transición democrática. La corporación más heterogénea que tuvo nunca el Ayuntamiento de Pontevedra, salida de las elecciones municipales del año 1979.
Cuando la conversación derivó hacia la rememoración de momentos muy significados, Cifuentes se desmelenó con el 23-F. Su aspecto visiblemente deteriorado, que había impactado a varios comensales, contribuyó a impregnar de más fuerza y credibilidad un relato inédito que sonó a confesión final de algo nunca contado.
Federico Cifuentes narró cómo las tres principales autoridades, gobernador civil (Joaquín Borrell), alcalde de la capital (Pepe Rivas) y presidente de la Diputación (él mismo) fueron invitados a una cena de altos mandos en la residencia militar de Campolongo pocos días antes del 23-F. Una cena que derivó en una especie de encerrona. Pero entonces las bravuconadas militares estaban a la orden del día y no sorprendían a nadie.
En aquella reunión hubo, según Cifuentes, más que insinuaciones sobre un inminente golpe de timón mil veces reclamado por el estamento militar. Y llegado a un punto de la revelación, cuanto más trataba Rivas de atemperar o corregir a su amigo, más se enervaba Cifuentes por expulsar aquella rabia soterrada durante tanto tiempo. Ni más ni menos que allí les conminaron a plegarse a la autoridad militar llegado el momento o de lo contrario...
El gobernador militar era el general Rivera Iglesias, quien había sido destinado a Pontevedra desde Valencia, donde ocupaba el puesto de jefe del Estado mayor del teniente general Milans del Bosch. Qué es lo que hablaron los generales Rivera Iglesias y Torres Rojas --otro hombre de absoluta confianza de Milans implicado en el pronunciamiento-- cuando se encontraron la víspera del 23-F durante los actos de jura de bandera en el acuartelamiento de Figueirido pertenece al secreto del sumario.
Después de todo lo oído en aquella cena y conociendo esta relación personal entre los tres generales, no resulta difícil adivinar la zozobra que un día después sacudió a las tres autoridades civiles cuando conocieron que Milans había sacado los tanques a la calle en Valencia. ¿Y qué sería capaz de hacer en Pontevedra el gobernador militar?
De entrada, se sabe hoy que las tropas estuvieron acuarteladas en Pontevedra el 23-F durante toda la noche hasta el día siguiente, cosa que no ocurrió, por ejemplo, en Ourense, donde estaba la oficialidad más progresista que había en Galicia y que permitió la pernocta en su casa de los soldados con plena normalidad.
Y de salida, se cuenta también por quien vivió directamente la singular escena, que a la mañana siguiente, cuando todo había acabado, un capitán se acercó hasta el general Rivera Iglesias y le dijo con mala idea: "Mi general, es el momento de dar un viva la Constitución y un viva el rey". El aludido lo fulminó con la mirada, se dio la vuelta y se fue sin decir nada. Aquella mañana, el gobernador militar de Pontevedra no era precisamente el hombre más feliz del mundo, ni hacía nada por disimularlo.
El secretario general de UCD, Gerardo González Martín, trabajaba aquella tarde del 23-F en la sede del partido gubernamental en Michelena 30, y como buen periodista seguía por la radio en directo el desarrollo de la votación en el Congreso de los Diputados, cuando se produjo la irrupción del teniente coronel Tejero Molina y sonaron los primeros disparos. Al instante llamó al Gobierno Civil para advertir a Joaquín Borrell, quien todavía ignoraba el suceso acaecido. Allí había muy poco personal y ninguno escuchaba la radio.
Joaquín Borrell reunió en cuanto pudo a la comisión provincial de gobierno tras el asalto de Tejero al Congreso; es decir, los delegados provinciales de los distintos ministerios, que entonces mandaban no poco. Y la adrenalina del gobernador civil se disparó cuando poco después recibió una comunicación de que el general Rivera Iglesias reclamaba su presencia en el gobierno militar.
Antes de dar un solo paso, Borrell logró hablar por teléfono con Francisco Laína, director general de Seguridad, quien estaba al mando del gobierno provisional. Y la orden que recibió fue tajante: "No te muevas de ahí".
El gobernador civil nunca quiso comentar la relación mantenida aquella noche con el gobernador militar, ni los mensajes entrecruzados tras el significativo episodio relatado. Al cumplirse el quinto aniversario de la asonada fallida mantuve una charla radiofónica con Borrell Mestre, que se había incorporado a su puesto de magistrado de trabajo en Barcelona. Y cuando yo le interrogué una vez más sobre la actitud mantenida por el general Rivera Iglesias durante el 23-F, me dio una respuesta muy significativa: "A mí me tranquilizó mucho saber que el capitán general de Galicia, Manuel Fernández Pose, estuvo al lado de la Constitución y del Rey desde el primer momento". Del general Rivera, ni una palabra.
A día de hoy, todavía hay gente significada entonces que no quiere decir una sola palabra sobre el 23-F en Pontevedra y yo respeto aquí su identidad y su silencio, porque no se trata de abrir heridas, sino de aprender de ellas.
¿Quiénes eran y qué tramaban los ultras que se reunieron aquella tarde en la cafetería Lar, el lugar más frecuentado por la clase política local? ¿Quién cobijó a quién y cuánta documentación se hizo desaparecer aquella noche? ¿Cuántos celebraron antes de tiempo el triunfo de aquella disparatada asonada?
La sombra alargada de lo ocurrido en 1936 hizo presagiar lo peor a muchos pontevedreses en 1981. Entre la prudencia y el miedo, la desbandada fue numerosa, pese a que la calle estuvo tranquila aquel 23-F. El anecdotario es variopinto a este respecto y, quien más quien menos, todo el mundo recuerda muy bien qué estaba haciendo a las 18.22 de aquel día tremendo.
Precisamente ése fue el principal desvelo del gobernador civil desde el primer momento: que la calle estuviera tranquila y que los miembros de los cuerpos y fuerzas de seguridad mantuvieran en todo momento el orden público y la seguridad ciudadana. Con esa finalidad impartió las instrucciones oportunas, al tiempo que se mantenía alerta sobre cualquier movimiento extraño que pudiera observarse en el cuartel de Campolongo.
Nunca se cansó de insistir Joaquín Borrell desde el día siguiente al golpe fallido en los muchos apoyos recibidos para garantizar plenamente el orden en la provincia y siempre se esforzó en sacar hierro a todo lo acontecido en aquellas horas interminables. Solo en una ocasión convino en que "la noche fue larga y desagradable, pero enriquecedora".
Desde la ventana de mi despacho en la delegación del periódico en la calle Joaquín Costa, la tarde del 23-F yo veía sin levantarme del sillón la entrada de la Comisaría de Policía, en donde teníamos buenos contactos. Lo cierto es que la cosa estuvo muy tranquila y no hubo ningún trasiego de vehículos con sirenas, ni entradas y salidas de policías; nada que hiciera pensar en algo tan gordo.
Nuestras instrucciones eran enviar las informaciones locales cuanto antes y marcharnos a nuestras casas. Nadie pasó por allí en aquellas primeras horas, hasta que cuando estábamos a punto de irnos, de repente sonó el timbre y tuvimos un pequeño sobresalto. Por fin, me decidí a abrir la puerta y me encontré de frente con el comisario-jefe Carballeira, quien me interrogó con una sonrisa: "¿Sabéis algo?".Y ante mi gesto de perplejidad añadió: "Es que nosotros solo sabemos lo que oímos por la radio"...

El guardia que sacó su pistola en el Gobierno Civil

El instante más comprometido del 23-F en Pontevedra transcurrió en el Gobierno Civil. Tras convocar a la Junta de Seguridad, el gobernador civil, acompañado del alcalde pontevedrés que acababa de llegar, requirió la presencia del jefe de la Guardia Civil porque sabía que era compañero de promoción de Tejero Molina, y quería conocer su opinión sobre lo que estaba ocurriendo.
El teniente coronel Garea acudió presto a la llamada de su superior. Pidió permiso para entrar con el tricornio en la mano y en un santiamén echó mano a la cartuchera y sacó su pistola reglamentaria, que llevaba siempre consigo.
Durante unas décimas de segundo que se hicieron eternas, el gobernador y el alcalde se temieron lo peor. Así lo confesaron luego sin ningún rubor. Y ante la atónita mirada de ambos, el teniente coronel Garea metió el arma en el tricornio, lo depositó sobre la mesa, se puso firme y pronunció unas tranquilizadoras palabras: "¡A tus órdenes, gobernador!"
Manuel Garea era un hombre sorprendente, a quien todos cuantos le conocimos en aquel tiempo imaginábamos capaz de estar en la trama golpista o en su contra, como así ocurrió. El gobernador y el alcalde nunca olvidarán este episodio mientras vivan.

Torres Rojas cantó el golpe 24 horas antes en Figueirido

Solo veinticuatro horas antes de producirse el 23-F estuvo en Pontevedra uno de los militares más comprometidos con el golpe en marcha. Tan destacado era su papel, que debía sacar los tanques a la calle y tomar la capital de su querida España.
El general Luís Torres Rojas acudió el domingo 22 al CIR de Figueirido para asistir a la jura de bandera de los 1.078 reclutas que finalizaban su período de instrucción.
Hacía un año que había sido nombrado subinspector de la 8ª Región Militar y gobernador militar de A Coruña. Su actitud de insubordinación casi permanente le había costado un destino indecoroso en Galicia tras perder el puesto más brillante de su carrera militar como jefe de la División Acorazada Brunete.
El general Torres Rojas no estuvo de incógnito precisamente. Todo lo contrario. Para quien quiso oírlo durante el almuerzo en el cuartel de Figueirido anunció que muy pronto iban a cambiar las cosas en aquella España golpeada por el terrorismo y amenazada en su integridad territorial.
Solo le faltó decir que el golpe militar estaba previsto para la tarde del día siguiente.

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