14 de marzo de 2010
14.03.2010

De iglesia madre de la ciudad a Concatedral

Su construcción atravesó enormes dificultades, con varias paralizaciones

14.03.2010 | 07:30
Imagen de La Piedad, una de las más antiguas del templo.

Conocida popularmente como La Colegiata, la Concatedral de Santa María es la iglesia madre de la ciudad. Su construcción se inició en 1816 y fue bendecida veinte años más tarde, con las obras aún sin finalizar. El reconocimiento de Concatedral le fue otorgado por Juan XXIII por la aparición de la Diócesis de Tui- Vigo, que celebra su cincuentenario.

El 25 de junio de 1816 se puso la primera piedra de la iglesia colegiata de Santa María que 143 años después se convertiría en Concatedral como consecuencia de la aparición de la Diócesis de Tui- Vigo. El templo, proyectado por Melchor de Prado, está considerado la pieza más destacada del neoclasicismo gallego.
Para los cimientos se empleó piedra de la cantera de O Castro mientras que para la sillería se prefirió la de Castrelos. En su libro Santa María de Vigo, Monserrat Rodríguez Paz señala que para las obras se creó en las inmediaciones un taller de carpintería y otro de cantería en el propio atrio del templo, donde trabajaban sesenta canteros. Para el apuntalamiento se emplearon hasta 300 palos de roble y pino procedentes de A Ramallosa, Panxón Camos, Darbo, Priegue y Teis. Y como no llegaron, se trajeron más de Cangas y Baiona.
Fue una construcción marcada por las dificultades. Así, en 1817 y debido a la falta de medios, el Ayuntamiento decidió paralizar las obras. La situación se agravó al no querer el Rey acceder a una nueva concesión de los arbitrios que hasta ese momento le habían estado asignados a Vigo, por lo que las obras estuvieron paradas hasta 1825. Tanta era la penuria, que para reducir gastos incluso se decidió limitar las visitas del arquitecto desde Santiago a la obra.
Tras tres años de actividad, los trabajos volvieron a sufrir un parón en 1828 debido a la contribución extraordinaria de guerra, que exigió la creación de arbitrios, debiendo alzarse por un año los que estaban concedidos a la iglesia.

Más de veinte años

En un principio se había calculado una duración de cuatro años para la construcción exterior pero al final se necesitaron más de veinte. En 1833 se colocó el pavimento y se finalizó la sacristía y al año siguiente falleció Melchor de Prado.
Por fin, el 13 de marzo de 1836 tuvo lugar la bendición de la nueva iglesia sin estar finalizada, pues faltaban las torres, los ornamentos interiores y el atrio, lo que hacía que en días de lluvia entrara agua en el interior.
Al año siguiente se labró en la fachada lateral que da a la calle Palma el reloj de sol o cuadrante solar y en 1860 se decidió instalar un reloj de cuartos con dos campanas en la torre y con cuerda para cinco días, que fue sustituido en 1973 por uno eléctrico que costeó la Caja de Ahorros.
Tanto duraron las obras que sin estar finalizadas, el sacristán denunció el estado de ruina de algunos elementos como la escalera del campanario y el piso, que tardaron cinco años en ser reparados.
El órgano de la primitiva iglesia fue colocado en la nueva y sirvió durante un tiempo. Después de varios intentos de repararlo, en 1909 y con motivo del primer centenario de la Reconquista, se instaló uno nuevo que fue inaugurado en el mes de diciembre.
Algunos expertos consideran que los mosaicos realizados por Santiago Padrós, aprovechando la remodelación del presbiterio para adaptarlo a las nuevas exigencias del Concilio Vaticano II y las necesidades derivadas de la concesión del título de Concatedral, constituyen de lo más relevante que se hizo en el templo durante todo el siglo XX.
La obra, plagada también de dificultades, se presupuestó en 1.100.000 pesetas y se desarrolló en dos fases, siendo inaugurada la primera con motivo de la fiesta del Cristo de 1964. La segunda quedó inconclusa al fallecer Padrós en 1971 en un accidente de automóvil.

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