Hace décadas que sus padres hicieron las maletas y cruzaron el charco en busca de una oportunidad. Hoy son ellos los que emprenden el camino de vuelta para estudiar una carrera a la que no tendrían acceso en su país o para mejorar sus oportunidades laborales gracias a las ayudas que concede anualmente la Xunta.

Ocho hijos de emigrantes gallegos realizan sus estudios durante este curso en alguno los tres campus de la Universidad de Vigo con una de estas becas.

Cuando era una niña, María Luiza García, de 26 años, escuchaba en su casa de São Paulo cómo sus abuelos conversaban en gallego y su interés por el país de origen de la familia creció con los años: "Me apasioné por la cultura y la lengua de Galicia y desde que estoy aquí, todavía más".

A principios de año llegó a Vigo para cursar un doctorado en Traducción, pero durante los dos primeros meses se alojó en casa de una tía abuela en Valga (Pontevedra), el pueblo de su padre. "Él lo visitó por última vez en 1980. Y mientras, yo nacía en Brasil", comenta.

Ésta es la segunda vez que la joven brasileña está en Galicia tras una fugaz visita hace años. La mexicana Carla Álvarez, sin embargo, ya estaba acostumbrada a pasar los veranos en el pueblo ourensano de Luintra cuando se matriculó en Química. Éste es su cuarto año aquí, pero reconoce que le costó dejar sus rutinas de Coyoacán, el barrio cultural y artístico por excelencia de México D.F.: "Para mí Vigo es un pueblito y la gente me resultó fría cuando llegué".

María Luiza también echa en falta la actividad de una urbe con millones de habitantes, pero en cambio asegura que la gente ha sido "muy receptiva".

Ambas comparten el sentimiento de pertenecer a dos países."He perdido un poquito el acento, pero aquí sigo siendo la mexicana y allá me llaman la gallega", bromea Carla.

Lo mismo le ocurre al uruguayo Emilio Coedo, que cumple su segundo año en la facultad pontevedresa de Bellas Artes y dice encontrarse "como en casa". "En Montevideo mamé la morriña y la forma de ser de los gallegos. Mis abuelos emigraron en los años 50, siendo mi padre bebito, desde Noceda, en Pedrafita do Cebreiro, y en el barrio todos eran de acá", explica este aspirante a diseñador gráfico de treinta años.

Ahora ha podido conocer a los tíos y primos que se quedaron aquí. "Ha sido muy emocionante. Creía que vería ordeñar las vacas, pero me encontré con puentes de ingeniería bestial y mi tía tiene lavavajillas", describe entre risas.

La experiencia de Jesyca María Salgado, de 22 años, dista bastante de una ruptura: "Mis padres son de San Ciprián de Viñas y me educaron como si estuviésemos aquí, además venía todos los veranos y pertenecía a un grupo de baile gallego de la Hermandad de Caracas".

Desde 2002 reside con su abuelo y su tía en Ourense, donde está matriculada en Empresariales y donde le gustaría establecerse. "Lo que más valoro es la seguridad. Aquí hay otra calidad de vida. No estás preocupado por que te roben", destaca.

"El nivel educativo es mejor y el de vida, ni hablar", comparte Coedo, al que la economía familiar ya no le permitía seguir estudiando en Uruguay. La brasileña María Luiza añade que "a la gente de la clase media y baja le cuesta mucho entrar en la universidad pública del país", por lo que el año que viene intentará conseguir de nuevo la beca. El que no volverá, sostiene, es su padre: "No va a encontrar el lugar que dejó".