Francisco Oliver reconoce que el mayor reto de su proyecto fue conseguir el control del brazo articulado. "Hice los cálculos estructurales de todas las piezas, la resistencia... pero lo más difícil es el control. Que un robot se mueva, relativamente, se puede alcanzar, pero que exactamente haga lo que tu quieres, que se pare en los sitios que tu eliges y que haga un movimiento coordinado. Eso es lo complicado", explica.

El interés de este ingeniero industrial por la robótica le lleva a marcarse nuevas metas y anuncia que ya ha comenzado a trabajar con rotos móviles: "Un robot que por si mismo sea capaz de seguir un camino y reconocer los obstáculos".

Oliver, licenciado de la Marina Civil, y antiguo navegante, no le ha puesto nombre a su primera máquina articulada. A la segunda, si es capaz de caminar sola, quizá haya que buscarle una filiación.