Jose L. Fernández / VIGO

Un inglés nos llegó a preguntar si estábamos cerca del peñón de Gibraltar". Quien habla es Carlos Prego, conductor del "Bus turístico", una iniciativa que nacía hace ya siete años con la intención de ofrecer a los visitantes veraniegos la cara más amable de la ciudad, algo bastante complicado teniendo en cuenta el maremagnum de agresividad y de caos circulatorio en el que suele verse inmerso el conductor vigués a diario.

Prego lleva ya 4 años al frente de tan titánica labor. Este conductor de la concesionaria Vitrasa hace realidad durante los meses de verano, junto a la guía turística Iria Barreiro, una experiencia con la que ver la ciudad olívica desde una óptica diferente, y en la que las inevitables obras y atascos no son presentadas al pasaje como distintivos inequívocos de la ciudad.

A media mañana ya ocupan el autobús una treintena de personas, de lugares como Sevilla, Barcelona o Murcia. "Vienen sobre todo españoles", dice Carlos. "Es gente sin prisas que para en algún lugar de interés, porque el billete vale para todo el día". En pleno viaje, junto a las inevitables menciones al Sireno, la Puerta del Atlántico o a la plaza de América, no faltan referencias a la actualidad inmediata: la Vuelta del Mundo de Vela, o al retorno del Celta a Primera División.

Como era de esperar, tanto Carlos como Iria tienen anécdotas curiosas relacionadas con sus pasajeros: "Tuvimos de todo: una vez se subieron unos japoneses que venían en viaje de negocios pero que se querían escapar un rato y divertirse viendo la ciudad. Muchos extranjeros llegan preguntando por toros y flamenco y siempre se sorprenden cuando les contamos que aquí hay muy poco de eso. Incluso con la gente española suelen pasar cosas graciosas, suelen venir con la idea del temporal y la lluvia, y no esperando encontrar playas abarrotadas. Pero cuando llevas tanto tiempo aquí esas cosas dejan de ser anécdotas y se convierten en parte del día a día. Siempre hacemos una parada en Castrelos y muchos van a lavarse la cabeza directamente a la fuente, sin darse cuenta de que el agua está llena de polen", asegura Iria.

"El monumento que gusta más es el de los caballos en plaza de España; y el "Sireno" causa mucha controversia, pero cuando se les explica que simboliza la unión del hombre con el mar suele gustar mucho", dice Carlos, "y a los que vienen del sur suele sorprenderles que el símbolo de la ciudad sea el olivo, que aquí los haya, y sobre todo vienen con ganas de comer buen marisco y aprender algo más sobre nuestra cultura. Hubo una vez que teníamos a un grupo de seis chicos de Guadalajara, y se habían comprado como souvenir las gaitas pequeñas que venden en el mercado de A Pedra, creyendo que eran gaitas auténticas, y se pusieron en la parte de arriba del bus e intentaron tocarlas, y claro, apenas salía sonido, y se desesperaban. Fue muy gracioso", comenta Carlos.

Sobre los problemas de tráfico, "ni los notan", dice Iria, "una pareja madrileña nos comentaba que les sorprendía el civismo de los vigueses, y que en comparación con Madrid, los conductores apenas pitaban ni conducían de forma agresiva, y eso que los vigueses creemos que vivimos en una ciudad muy caótica. Sobre las calles, saben que esta es una ciudad en crecimiento y que las obras y cortes son algo necesario y beneficioso de cara al futuro".

La guía turística asegura además que las inquietudes de los viajeros "son muy diversas. La mayoría se sorprende de que la ciudad sea tan grande y de su número de habitantes. No obstante, hay muchos que preparan el viaje y vienen con una lista de direcciones y de sitios buscando recomendaciones para diversas actividades, en ese sentido se está notando el esfuerzo realizado en los últimos años por promocionar Vigo como lugar turístico", declara Iria.

El Celta es un representante estelar de la cultura viguesa: "Hay mucho interés por el equipo", afirma Iria. "Una vez viajaba un grupo de niños y cuando nos acercábamos a la sede social del club se volvieron como locos. Les dije de broma que llamasen a Horacio Gómez y todos empezaron a gritar su nombre. Alguien le debió avisar del griterío y salió un momento a saludar. Fue un detalle muy bonito, porque sólo con aquello los hizo felices".

El conductor reconoce que ha terminado encariñándose con su trabajo. "Vienen muy relajados, y es siempre un placer ayudar a mejorar las vacaciones de los demás", concluye.