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Sanidad

Auri y Luz, pacientes de covid persistente: «No soy la que era; lo más básico del día a día como ducharme, me consume toda la energía»

Viven en un cuerpo que se quedó atrapado en el coronavirus y con una incapacidad permanente

Una pediatra de Lugo y una enfermera de Vigo relatan su día a día con 58 años, radicalmente diferente a antes del contagio

Luz Pérez y Aurea Fernández

Luz Pérez y Aurea Fernández / Jose Lores

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Elena Ocampo

Elena Ocampo

Vigo

María Áurea Fernández López, Auri, recordaba los nombres y apellidos de todos sus pequeños pacientes. Luz Pérez Corredoira, convertía de cabeza miligramos en mililitros mientras preparaba medicación en Psiquiatría. Era su trabajo: dos sanitarias acostumbradas a decidir rápido, manejar información y cuidar a otros. Hoy, las dos tienen 58 años y una incapacidad permanente revisable. Auri necesita parar después de una ducha. Luz ya no puede hacer una multiplicación sencilla sin recurrir al móvil. Ninguna ha vuelto a ser la que era.

Auri ejercía como pediatra de Atención Primaria en Lugo y hacía guardias hospitalarias. Luz, viguesa, trabajaba desde los veinte años y desde 1994 tenía plaza en Ourense, en el CHUO, especializada en enfermería de Salud Mental. Las dos se contagiaron trabajando. Y las dos descubrieron después que el virus podía marcharse de una PCR sin marcharse de sus vidas.

Auri enfermó en las Navidades de 2021. Congestión nasal, algo de tos. Sin fiebre. Negativizó y regresó a la consulta. Tres o cuatro meses más tarde empezó a fallarle algo que siempre había dado por seguro: la memoria. Los nombres de sus pacientes se escondían justo cuando iba a pronunciarlos. Después llegó el cansancio. «Yo he sido siempre muy activa», cuenta.

María Luz, ayer en Vigo.

María Luz, ayer en Vigo. / Jose Lores

Pero ese día llego. Tenía que trabajar por la mañana y emplear la tarde en recuperarse para poder volver al día siguiente. Su vida empezó a reducirse a esa ecuación: trabajar y acostarse.

Hasta que el cuerpo puso el freno por ella. Durante una guardia sufrió un fuerte dolor torácico. La ingresaron, descartaron un infarto y comenzaron las pruebas. Muchas no ofrecían una explicación. Se habló incluso de ansiedad, exceso de trabajo, estrés. Pero los episodios continuaron. En enero de 2023 llegó el diagnóstico: covid persistente con un síndrome disautonómico.

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Auri intentó seguir. «Intentaba, intentaba, intentaba tirar», resume. Nunca había cogido una baja laboral. Aguantó hasta que las crisis hipertensivas severas hicieron inviable continuar. Ahora tiene reconocida una incapacidad permanente, revisable cada dos años. La expresión administrativa cabe en una línea; la vida que hay detrás, no.

Porque la medida de su enfermedad está en los pequeños gestos. Ducharse. Ir a comprar. Mantenerse de pie. Hacer cuatro sumas. Auri padece una intolerancia ortostática severa y tiene que acostarse repetidamente. Organiza las compras para acudir cuando hay poca gente. Si el cuerpo se descompensa, vuelve al coche, reclina el asiento y espera. Ha reducido los desplazamientos al mínimo y realiza online una terapia cognitiva que paga de su bolsillo.

Un cansancio «difícil de explicar»

«Yo no soy la persona que era antes». Lo dice sin adornos. «Es levantarte todos los días con un cansancio que es imposible de explicar». La mujer que atendía una consulta de Pediatría y hacía guardias hospitalarias mide ahora la jornada por la energía disponible.

También María Luz Pérez Corredoira conoce bien esa aritmética, aunque precisamente los números fueron una de sus primeras alarmas. Se contagió durante la Semana Santa de 2022 en el trabajo. Tras doce días regresó. Pero en los relevos empezó a perder el hilo de los pacientes. Al escribir las evoluciones no encontraba palabras. Y un día, al pasar una medicación de pastillas a gotas, descubrió que una regla de tres que llevaba años haciendo de cabeza se había convertido en una pared. «Me di cuenta de que no era capaz de multiplicar». Cogió la calculadora del móvil y se asustó: «Dije: estoy desarrollando un alzhéimer o algo».

La confirmación de que aquello no era un despiste llegó fuera del hospital. Su hermana y su mejor amiga comenzaron a advertirle de conversaciones que Luz repetía sin recordar que ya las habían tenido horas antes. Fue al médico. Primero se barajó el estrés. Después llegaron Neurología, Psicología, pruebas neurocognitivas y una resonancia normal, aunque las evaluaciones sí detectaban fallos de atención y concentración. Un neuropsicólogo terminó orientándola hacia la unidad multidisciplinar de covid persistente de Ourense, donde una internista acabó diagnosticándola.

Para entonces el problema ya no estaba solo en la cabeza. Llegaron dolores articulares intensos, pérdida de audición en un oído tras una segunda infección de covid, acúfenos, problemas de equilibrio, migrañas, taquicardias e hipertensión. Luz describe un organismo que ha dejado de regular con normalidad funciones que antes ni siquiera tenía que pensar.

Sigue con dolor, agotamiento y mareos. Y con una incertidumbre que condiciona cualquier agenda: no sabe cuánta energía tendrá mañana.

Lo explica con una batería imaginaria. Hay días en los que se levanta ya en rojo. Lavarse el pelo puede consumir una parte importante de la carga. Después desayuna, toma la medicación y necesita tumbarse. El cine, una afición compartida con su hermana, se ha convertido en una operación logística: películas cortas, poco ruido, transporte hasta la puerta. Un día intentó volver andando. A 200 metros de casa tuvo que sentarse en un banco. «Me eché a llorar porque no era capaz de llegar». No eran 200 metros. Era comprobar, otra vez, dónde estaba ahora su límite. Tampoco puede ya leer como siempre. Ni una novela facilita de pocos personajes. «Al leer más de tres páginas ya no recuerdo lo que acaba de pasar en el episodio anterior», resume.

Buena parte de lo que incapacita en el covid persistente no siempre encaja en una analítica o una prueba aislada. Luz lo sufrió también en el terreno laboral. Tras una primera incapacidad temporal recibió el alta y recurrió a los tribunales; después de una segunda baja, el INSS le reconoció una incapacidad permanente total. Tiene además un 37% de discapacidad reconocida. Su incapacidad, como la de Auri, está sujeta a revisión.

Cierre de la Unidad Covid

A esa incertidumbre se ha añadido otra. La Unidad Multidisciplinar Post-Covid del CHUO, la última específica que seguía activa en Galicia, dejó de funcionar como tal en 2025 tras una reorganización. El Sergas sostiene que la atención continúa a través de Medicina Interna, con enfermería de referencia y derivaciones a otras especialidades o Atención Primaria según cada caso. La Administración vincula el cambio al descenso de actividad: de 12.104 atenciones en las unidades post-covid gallegas en 2022 a 1.302 en 2024.

Para Luz, que pasó por aquella unidad, el cambio se vive de otro modo. Habla de «desamparo». Lamenta que se haya dispersado un circuito donde internistas, enfermería y neuropsicología acumulaban experiencia específica. Ella continúa seguida por Medicina Interna, pero asegura que otros pacientes han sido dados de alta y han quedado fundamentalmente en manos de sus médicos de familia. La asociación ha reclamado recuperar un abordaje multidisciplinar. Incluso han recurrido a la Valedora do Pobo.

Ahí está una parte del debate que permanece abierto. No tanto si existe asistencia —el Sergas defiende que está garantizada— como qué asistencia necesita una enfermedad capaz de expresarse a la vez en el sistema nervioso, el corazón, el aparato digestivo, el equilibrio, el dolor o la capacidad cognitiva. Lo que antes estaba concentrado en un equipo específico se reparte ahora entre internistas, especialistas y médicos de familia.

Auri y Luz no piden que su vida se lea como una tragedia. Siguen haciendo cosas. Buscan terapias, prueban rutinas, calculan fuerzas, aceptan ayuda, se adaptan. Pero tampoco quieren que adaptación se confunda con recuperación.

Años después del contagio, sus días siguen organizados alrededor de límites que antes no existían.

Quizá por eso las dos regresan, cada una con sus palabras, a la misma idea: no reconocerse del todo. Haber pasado de cuidar a otros a necesitar medir cuánto cuesta una ducha. De manejar una consulta o una planta de hospital a perder una palabra en mitad de una frase.

A los 58 años, Auri y Luz no han dejado de tener vida. Han tenido que aprender otra manera de vivirla. Cada esfuerzo se negocia (entre ellos, una foto para este reportaje). Cada plan queda escrito a lápiz, porque el cuerpo puede cambiar las condiciones sin previo aviso.

La pesadilla, dicen, no es que el tiempo se haya detenido desde el covid. Es que ha seguido avanzando mientras ellas intentan, todavía, encontrar el camino de vuelta a sí mismas.

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