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Despoblación

Yas de Luaces, investigadora musical gallega de 27 años que apuesta por resistir en el rural: «O tema non é voltar, o caso é ter razóns para non marchar»

La joven creadora se formó en Galicia y Barcelona y creó una asociación, germen de su actual espacio de producción musical y residencias creativas

Yas, en una imagen de estudio reciente en su localidad.

Yas, en una imagen de estudio reciente en su localidad. / Fdv

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Elena Ocampo

Elena Ocampo

Crear con los pies en la hierba. Yas de Luaces, música e investigadora de 27 años, ha convertido la antigua casa familiar de Mazaricos en un espacio de producción y residencias artísticas.

Frente al mandato de marcharse a una gran ciudad, reivindica una vida hecha de comunidad, confianza y tiempo: «Me da para vivir, tengo red, tranquilidad, campo… y ando en alpargatas».

Más que regresar, Yas encontró razones para no irse. «O tema non é voltar, o caso é ter razóns pra non marchar», explica. Desde allí puede hacer algunas de las producciones musicales en las que trabaja en la actualidad, aunque no en todos los casos.

«Chove para que soñemos». La frase encabeza su perfil de Instagram, pero podría resumir también su forma de mirar Galicia. Llueve sobre las casas de piedra, las fincas donde (como la suya) ya no hay vacas al aire libre y las aldeas que se resisten a quedar en silencio. Llueve, parece decir Yas, no para marcharse, sino para imaginar otros futuros.

Música, artista plástica e investigadora musical, toca la gaita y la percusión, compone y explora la cultura popular gallega desde lenguajes contemporáneos. Su propio nombre artístico contiene una genealogía: Yas viene de Yasmina, que es la pequeña de la casa y Luaces es el apellido de la rama femenina de su familia. No es una máscara, sino una manera de llevar consigo a las mujeres que la criaron y al territorio desde el que crea. De hecho, aún hoy en día conviven en su casa tres generaciones de mujeres.

Yas, en su municipio de Mazaricos.

Yas, en su municipio de Mazaricos. / Fdv

Ese territorio es Mazaricos. Tras formarse en Galicia y Barcelona y pasar brevemente por Francia, comprendió que sus materiales más valiosos estaban cerca de casa. «Desde aquí es desde donde quiero seguir creando», afirma.

Hace unos quince años, su familia vendió las vacas. El establo quedó en silencio, como ocurrió en tantas casas gallegas, pero la antigua vivienda de piedra de su madre y su abuelo comenzó a respirar de otra manera. La rehabilitaron poco a poco y, en 2018, aquella experiencia dio origen a la Asociación Cultural Abubela.

Tres generaciones de mujeres en una casa

Hoy la casa está ubicada en la otra edificación. Y la parcela ha acogido cursos, talleres, conciertos y residencias creativas. Artistas y músicos llegan a un espacio que no está aislado de su entorno: entran en la vida de la aldea, comparten mesa y conviven con distintas generaciones. «Lo más bonito es convivir con mi madre y mi abuela y que quienes vienen se integren en este ambiente familiar», explica.

En Abubela, una conversación en la cocina puede resultar tan fértil como una sesión de estudio. Una melodía escuchada en una fiesta, una palabra conservada por la abuela o el sonido de la lluvia pueden convertirse en materia artística. Frente a los modelos basados en la velocidad, la competencia y el aislamiento, Yas propone cercanía.

Su trabajo entiende el paisaje como un archivo acústico: voces, animales, herramientas, celebraciones, silencios. Su proyecto parece envolver una investigación sobre el paisaje y la cultura popular gallega. No pretende conservar el folclore como una pieza inmóvil ni envolverlo en nostalgia, sino escucharlo, interrogarlo y hacerlo dialogar con el presente.

El proyecto avanza despacio, sin separar vida y creación. La madre, la abuela, los vecinos y la memoria de las vacas que ya no están forman parte del mismo ecosistema.

«Red, comunidad, confianza», enumera Yas. Palabras sencillas que, en un mundo cultural concentrado en capitales y circuitos internacionales, adquieren una fuerza casi radical. Su apuesta no consiste en convertir la aldea en una ciudad pequeña, sino en crear sin pedir permiso a la ciudad.

Anda en alpargatas y pisa la hierba cada día. Su resistencia está hecha de gestos concretos: rehabilitar una casa, organizar un concierto, componer un disco, recibir a una artista y sentarla a la mesa con su familia. Resistir. Existiendo.

En Mazaricos continúa lloviendo. Pero en una de sus casas de piedra ya no se escucha el mugido de las vacas: suenan gaitas, percusiones, conversaciones y canciones todavía sin terminar.

Quizá llueva para que soñemos.

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