Dependencia
Belen Feijóo cuidadora de su hijo con esclerosis, ya fallecido: «Después de ocuparme de Olegario durante 16 años, vuelvo a buscar trabajo con 60»
María Belén Feijóo dejó su empleo para atender a Olegario las veinticuatro horas del día. Cobró una ayuda de la ley de la Dependencia, el Bono Coidado, cotizó como cuidadora no profesional y dedicó dieciséis años de su vida. Tras la muerte de su hijo, en febrero, se quedó sin prestación y hoy busca trabajo mientras reclama con una plataforma a nivel estatal que el sistema no abandone a quienes han cuidado durante años

Pablo Hernández Gamarra

Es un portal más del barrio vigués de O Calvario. Un número par. Uno de tantos edificios donde parece habitar la rutina, igual que la bruma acostumbra a madrugar cualquier jueves de julio. Un operario da una mano de pintura amarilla al cierre del CEIP A Doblada mientras una pareja apura un pitillo asomada a la ventana del edificio de enfrente. Timbramos. El elevador instalado junto a la escalera del portal revela que allí dentro la vida lleva años adaptándose a otra realidad.
Han pasado casi seis meses desde la muerte de Olegario.
Sin embargo, en el último piso, su habitación permanece intacta. Los collages de grupos de rock siguen ocupando una pared del dormitorio. Un cuadro inspirado en el tuning recuerda una de sus aficiones. Y, presidiendo la estancia, una frase resume mejor que ninguna otra quién fue: «Sería terrible vivir sin música».
María Belén Feijóo, su madre, se sienta sobre la cama.

Belén, en la habitación de su hijo. / Pablo Hernández Gamarra
El silencio, sin embargo, es quien preside esta mañana el salón. Las paredes están cubiertas de fotografías familiares. En muchas aparece aquel muchacho al que, recuerda su madre, nunca le costó «buscarse la vida». La esclerosis lo encontró mientras trabajaba vendiendo prensa y revistas en la antigua estación de autobuses de Vigo.
Belén hace apenas unos meses dejó de ser cuidadora las veinticuatro horas del día. No porque eligiera descansar, sino porque Olegario falleció el pasado febrero, después de dieciséis años de dependencia. Ahora afronta un vértigo distinto.
«Después de cuidar a mi hijo durante dieciséis años, vuelvo a buscar trabajo con 60», resume.
Durante todo ese tiempo su empleo fue cuidar. Dejó el mercado laboral para atender a su hijo las veinticuatro horas del día. Antes ella también era auxiliar sociosanitaria: cuidaba a un matrimonio en su domicilio; vendía colchones... Pero las necesidades de la atención en casa fueron cercando sus horarios laborales.
Para compatibilizar la pérdida de ingresos, primero llegó una ayuda por la Ley de la Dependencia que comenzó siendo de apenas 80 euros mensuales y que posteriormente alcanzó los 400, con el Bono Coidado. Más tarde pudo cotizar a la Seguridad Social gracias al convenio especial para personas cuidadoras no profesionales. Pero cuando Olegario murió, también desaparecieron esas coberturas.
«No pido una paga para toda la vida. Lo único que digo es que dieciséis años cuidando también deberían contar para algo», reflexiona.
La historia de María Belén pone rostro a una realidad apenas visible. Miles de personas, en su inmensa mayoría mujeres, abandonan o reducen su actividad laboral para cuidar de un familiar dependiente. Cuando ese cuidado termina, muchas descubren que regresar al mercado laboral resulta casi tan difícil como lo fue sostener durante años la enfermedad dentro de casa.
Quería viajar el próximo 14 de julio a Madrid para participar en la concentración convocada por la Plataforma Estatal de Cuidadoras Principales frente al Congreso, donde reclamarán que la futura reforma de la Ley de Dependencia no olvide a quienes han dedicado años a cuidar de un familiar. Pero tampoco podrá hacerlo.
Ese mismo día tiene una cita en el Hospital Meixoeiro. Los médicos valorarán el estado de unas rodillas castigadas por dieciséis años de movilizaciones, esfuerzos físicos y noches sin descanso.
«Me hacía ilusión ir, pero ese día me toca ir al médico. Ahora soy yo la que necesita que la cuiden un poco», dice con una sonrisa resignada.
Las secuelas del cuidado no aparecen en ninguna estadística. Permanecen en las articulaciones, en la espalda, en la ansiedad y también en un currículo que lleva demasiado tiempo sin actualizarse.
Sobre la mesa del salón descansan ahora ofertas de empleo. Hace años que no prepara una entrevista de trabajo. «Da un poco de miedo volver a empezar. El mundo ha cambiado muchísimo y yo llevo dieciséis años dedicada exclusivamente a mi hijo», admite.
No se arrepiente de ninguna decisión.

Belén, con los retratos familiares de su hijo Olegario. / Pablo Hernández Gamarra
«Si volviera atrás, haría exactamente lo mismo. Mi hijo era lo primero», asegura mientras acaricia una de las fotografías familiares. «Pero también creo que el sistema debería pensar qué pasa con las cuidadoras cuando todo termina. Parece que, cuando fallece la persona dependiente, desaparecemos nosotras también».
Ese es precisamente el mensaje que quiere trasladar la plataforma estatal, que reclama que la futura reforma de la Ley de Dependencia mantenga la cotización de las personas cuidadoras y articule medidas que faciliten su reincorporación laboral tras años alejadas del empleo.
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