Entrevista | Fernando Reimers Profesor en Harvard y especialista en política educativa, inclusión y educación global
«La educación debe preparar a los estudiantes para afrontar el cambio climático o la polarización política»
«No puedo imaginar una educación que fuera solo en pantallas. Hay cosas que los niños tienen que aprender haciendo teatro, pintando, corriendo detrás de una pelota, haciendo un periódico con otros niños, trabajando en comunidad»

Fernando Reimers / Xoán Álvarez

Fernando Reimers, profesor en la Universidad de Harvard y especialista en política educativa, equidad y educación global, es uno de los expertos fichados por la Xunta para materializar EdugalIA, un proyecto que busca prevenir el abandono educativo mediante IA y el uso de datos del alumnado. Reimers, nacido en Venezuela, pero hijo de una viguesa y de un canario, aboga por poner la IA «siempre al servicio del ser humano».
Es uno de los asesores de EdugalIA. ¿Qué le ha traído al proyecto y qué aporta al grupo de trabajo?
Me han invitado a venir porque publiqué un libro, «Inteligencia artificial y educación en el Sur global. Una perspectiva sistémica», que resume cómo se usaba la IA en el mundo hasta finales de agosto. Una de sus conclusiones es que hay una subutilización de su potencial para hacer algo importantísimo, que es mejorar la gobernanza del sistema en servicio de lo que hace la escuela, que es lo que trata de hacer EdugalIA. Respecto a la pregunta que he traído, son varias. Una de las cuestiones del libro es que muchas aplicaciones de IA son desarrolladas por personas más expertas en tecnología que en educación, mientras que las personas del sistema educativo experimentan problemas que podrían ser muy bien resueltos, y no solo con IA, sino con tecnologías más simples, y hay como un desencuentro entre esos dos mundos. Creo que esa es una de las tensiones para EdugalIA. Asegurar ese encuentro en parte requiere una tarea de codiseño y no es difícil.
Si solo pudiese aportar un principio para incorporar al proyecto, ¿cuál sería?
Creo que la utilización de la IA en la educación tiene que estar siempre al servicio del ser humano y poner en el centro lo más importante: su dignidad y su libertad. Una dimensión ética que se deriva de eso es preguntarse, si uno va a recoger información sobre los niños que no exista en el sistema, qué precauciones debe tener sobre qué recoge, por cuánto tiempo y quién tiene acceso. Son aspectos que hay que pensar con cuidado. La respuesta inteligente no creo que sea la del avestruz, la de que es mejor no recoger nada. En ese sentido, tengo la impresión Europa tiene un exceso de temor. Por estar tan preocupada por la protección de datos, creo que a veces se hace difícil utilizar estas herramientas de forma provechosa. Pero, evidentemente, tiene que haber un equilibrio entre resolver problemas y cuidar riesgos.
Cuando presentó el proyecto, la Xunta apuntó que tenía ya 33 años de datos relativos a 8 millones de matrículas.
El big data es como la energía nuclear: depende para qué se use. Existe ya una cantidad de datos para cada estudiante enorme y habría un potencial muy beneficioso en integrarlos para saber cuáles son los mejores predictores del riesgo de abandono. A esa información se le puede añadir otra de fuera del sistema educativo, como la del sistema de protección social. Si se empieza a cruzar todo eso, se tiene una basa de datos muy poderosa que permite identificar quién está en mayor riesgo y, sabiéndolo, ¿cómo incidimos para que ese futuro predicho no ocurra, para que el niño no abandone la escuela? Esa es la gran promesa de una herramienta de este tipo y creo que puede lograrse con tres condiciones: integrar lo que ya existe, que es sencillo; identificar información adicional que sería útil recoger, que hay que pensar con cuidado, y asegurar que los profesores y todos los actores lo utilicen, que tenga valor para ellos. Yo recomendaría un enfoque de prototipado ágil, es decir, hacer el sistema más sencillo posible, utilizarlo, aprender de esa utilización, mejorarlo, implementarlo, mejorarlo.
Como experto en educación, defiende el aprendizaje por proyectos. Iría en la línea de una enseñanza más competencial, como la que ahora se promueve en España.
Creo que la educación hoy en día tiene que preparar a los estudiantes para comprender temas y problemas complejos, como el de qué va a significar vivir en un mundo transformado por la IA, cómo resolver el cambio climático o los problemas de polarización política que hacen difícil a la gente ponerse de acuerdo y a un país avanzar. Ninguno es sencillo y la escuela tiene que darnos las capacidades para poder pensar en ellos y poder trabajar con otros en resolverlos y eso requiere desarrollar la práctica de trabajar por proyectos. La escuela debe estar abierta al mundo en el que viven las personas y ayudarles a entenderlo. Las metas no deben ser solo que el estudiante pueda dominar un campo de conocimiento. Por ejemplo, acabo de terminar otro libro sobre la relación entre educación y cambio climático y comprender el fenómeno va más allá de entender la física o la química involucrada; requiere también comprender qué se puede hacer al respecto. Las competencias son el resultado de la integración, no solo de varios conocimientos, sino de disposiciones o actitudes frente a ellos. Es importante recordar que la misión de la escuela es formar ciudadanos, preparar a las personas para vivir con otras y para, juntas, poder mejorar el mundo.
En ese mundo los jóvenes están sobreexpuestos a las pantallas, en especial a los móviles. ¿Es posible educar a una generación enchufada a la brevedad, en crisis de atención?
Creo que la educación es una profesión de la esperanza, pero también que el problema de la sobreexposición a las pantallas y de vivir en un mundo conectado con tecnología, en vez de con personas, tiene consecuencias negativas. Regresando a la formación integral, tiene que preocuparnos la sobreexposición a las pantallas y la educación. No puedo imaginar una educación que fuera solo en pantallas. Hay cosas que los niños tienen que aprender haciendo teatro, pintando, corriendo detrás de una pelota, haciendo un periódico con otros niños, trabajando en comunidad.
Volviendo al modelo más competencial, al final la formación tiene que traducirse en notas, como saben bien los alumnos que intentan conseguir una plaza en la universidad con la PAU y su media de Bachillerato.
Ninguna decisión que tenga altas consecuencias para un alumno o para una institución debería estar basada en una medida. Cuantas más mejor. Como principio general, tener alguna prueba es buena idea. Y tener más de una medida, también. Por otra parte, en España la gente decide qué quiere estudiar en el último año de Bachillerato, cuando todavía está madurando y no tiene información, y creo que un área de oportunidad enorme es hacer mucho más esfuerzo por exponer a los estudiantes a posibilidades de carreras y crear una base común en donde no decidieran desde el primer año, sino que tuvieran un par de años para aprender un poco más y ahí decidir en qué se quieren especializar. Otro desafío para las universidades es crear unos sistemas de formación a lo largo de la vida potentes, que permitan a una persona reconvertirse.
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