Medio rural
«Los incendios forestales no conocen marcos»: la red comunal que ya frenó 14 conatos en el Baixo Miño sale al monte para adelantarse al fuego este verano
WhatsApp, todoterrenos con motobomba y patrullas vecinales y de comunidades de montes integran la primera gran red contra los fuegos en Galicia
La Xunta quiere extender «Ollos no Monte» a otras zonas de Galicia

Alba Villar

En el bosque, las hormigas trabajan en común. No necesitan voz: se entienden por rastros invisibles, por caminos compartidos, por una señal antigua que solo existe cuando avanza en grupo. En los montes de Tomiño parecen diminutas gigantes. Sorprenden por su tamaño, como la envergadura de muchos de los árboles que pintan en la ladera un «paisaje mosaico».
Algunas cargan hojas y agujas de pino que triplican sus dimensiones corporales, mientras cruzan senderos de tierra reseca bajo un sol de junio que todavía no castiga. Antes del mediodía, entre los pinos, las mariposas revolotean como si ensayaran pequeñas danzas tribales en el aire.
La pista asfaltada que asciende hasta el mirador de Niño do Corvo serpentea entre laderas limpias, pinares y claros abiertos por el trabajo forestal. Un poco más abajo, varias brigadas desbrozan ruidosamente.
La pick-up de la comunidad de montes sube despacio por caminos forestales improbables hasta alcanzar la cima. Desde allí, el Baixo Miño se abre en una panorámica de 360 grados: se ve hasta la Serra da Groba, varias montañas cubiertas de pino que se derraman hacia el Atlántico y hacia la desembocadura del Miño, «el único río azul de España», como recordaba con algo de leyenda el abuelo de uno de los comuneros, convencido de que aquel color nace de sus fondos graníticos.
Aquí, donde el monte lleva décadas ordenándose, cuidándose y defendiéndose casi palmo a palmo, nadie se permite olvidar una certeza elemental: el fuego nunca avisa. También saben que el trabajo de treinta años puede desaparecer en una sola noche.
Por eso nació «Ollos no Monte», una red vecinal y comunitaria de vigilancia forestal impulsada el verano pasado en el Baixo Miño y que ahora la Consellería de Medio Rural quiere extender al conjunto de Galicia como experiencia pionera de prevención. El proyecto logró detectar y frenar 14 conatos durante la campaña de alto riesgo de incendios de 2025. Ninguno llegó a convertirse en gran incendio.
«Lo que tenemos, sobre todo, es velocidad de respuesta», resume el presidente de la Mancomunidad de Montes del Baixo Miño, José Antonio Rodríguez, mientras señala desde el mirador las enormes cicatrices todavía visibles de un fuego. No arde (tocan madera) desde 2017.

Un grupo de comuneros de montes de O Rosal y Tomiño muestran una motobomba que llevan en la pick up para una primera intervención rápida. / Alba Villar
La iniciativa nació casi de manera espontánea, al margen incluso de las estructuras oficiales. «Antes de los primeros fuegos del año pasado empezamos a pensar que teníamos que ponernos de acuerdo para organizarnos. Hubo una reunión donde participaron comunidades de montes de la mancomunidad y otras que no estaban mancomunadas, y decidimos hacer patrullas de vigilancia», explica.
Aquella coordinación improvisada terminó agrupando a casi 30 comunidades de montes. Todo se organizaba a través de grupos de WhatsApp. La idea era simple: vigilar el monte antes de que aparezcan las llamas.
«Realmente aquí no se trata de combatir incendios, porque no somos brigadistas, sino de adelantarnos a que cualquier conato se convierta en un gran incendio», insiste Rodríguez.
El sistema funciona con patrullas distribuidas por zonas estratégicas de monte, especialmente durante los días de máximo riesgo. Los voluntarios recorren pistas forestales, vigilan accesos, observan columnas de humo y mantienen comunicación permanente entre comunidades.
«Salimos por patrullas. Entre comunidades tenemos un WhatsApp y nos comunicamos entre nosotros. Cada uno tiene sus puntos de vigilancia estratégicos», explica Álvaro González, trabajador de la comunidad de montes de Santa Mariña do Rosal. «Vamos dos por grupo. Cuando hay un incendio se avisa y hay que estar activos. Sábado, domingo, lo que haga falta».
La clave es llegar antes que el fuego
«Uno de los incendios que paramos pudo quemar todo», advierte uno de los comuneros. Otro comenzó junto a una pista y fue detectado a tiempo antes de saltar monte arriba. «Si llega a pasar esa pista iba a ser enorme», recuerda Domingo Álvarez Pereira, trabajador forestal desde hace ocho años. Señala el punto exacto con convicción. Aún puede recordar hasta el viento que hacía aquel día...
La experiencia del año pasado dejó además una enseñanza importante: la vigilancia ciudadana necesita formación y medios. Muchos de los voluntarios eran vecinos acostumbrados al monte, pero sin preparación específica para actuar ante emergencias. «Percibimos que teníamos medios, pero formación muy escasa», reconoce Rodríguez. «Cosas básicas como que no vayas en chanclas a apagar un fuego, que eso pasa».
La pasada semana, la Xunta organizó en Goián una primera jornada formativa sobre comportamiento del fuego, coordinación con brigadas y seguridad personal. Un primer paso hacia la profesionalización parcial del sistema.

Los vigilantes, en el mirador panorámico de O Niño do Corvo. / Alba Villar
«Necesitamos que la Administración nos ayude con medios, con material y con formación», reclama uno de los portavoces vecinales. «En el primer momento de un fuego, cuando todavía es un conato pequeño, podemos intervenir».
Las comunidades cuentan con pequeñas motobombas acopladas a pick ups (con hasta 400 litros de agua) y tractores cisterna. Algunas disponen además de depósitos de agua repartidos por el monte, auténticas piscinas forestales pensadas para suministrar agua en caso de incendio.
«Las cisternas ayudan, pero tardan en llegar. Lo que funciona estupendamente son las estas 'pickup' con motobombas», explican.
El objetivo ahora es ampliar la red hasta superar los 200 voluntarios este verano. La intención es crear además un registro oficial con seguro para cubrir a todos los participantes.
Pero detrás de esta movilización hay también memoria y miedo.
Desde el Niño do Corvo, señala varias zonas regeneradas de la ladera. Todo aquello ardió en 2013.
«Fue un golpe muy grande para nuestra comunidad», recuerda el presidente, Rafael Alonso. «Teníamos unas expectativas de madera que íbamos a aprovechar durante años y hubo que sacarla toda en un solo año».
El incendio arrasó alrededor de cien hectáreas solamente en su comunidad de montes, dentro de un fuego mucho mayor que afectó a centenares de hectáreas en O Rosal y la Serra da Groba.
Cuando se le pregunta por el impacto económico, la respuesta es inmediata. «Millones. Millones de euros», afirma.
La explicación es sencilla: el monte funciona con ciclos de varias décadas. Un pinar necesita alrededor de treinta años para alcanzar su madurez productiva. Cuando arde, no desaparece solo madera; desaparece el trabajo silencioso de generaciones enteras.
«Multiplica la rentabilidad de una hectárea por treinta años y por todas las hectáreas que ardieron», resumen gráficamente.
Por eso, aquí el monte no se abandona cuando termina el verano. En las comunidades de montes del Baixo Miño hay trabajadores forestales empleados durante todo el año. «Desbroces, limpieza, podas… dejar el monte lo más limpio posible», enumera Alberto Giráldez, operario forestal desde hace cinco años.

Miembros de "Ollos do monte", en un monte comunal de Tomiño. / Alba Villar
En es comunidad llegaron a trabajar hasta 17 personas simultáneamente. Hoy son menos. Los incendios también agotan durante años la capacidad económica de los montes vecinales.
Mientras tanto, las tareas continúan: apertura de cortafuegos, repoblaciones, mantenimiento de pistas, vigilancia, limpieza de maleza o incluso pastoreo controlado con cabras para reducir biomasa. Una biomasa que antes salía a toneladas (los conocidos toxos) por usos agrícolas y que hoy sigue en el monte como «combustible» para las llamas.
Los comuneros insisten además en que buena parte de los incendios siguen teniendo origen humano y perfectamente evitable. Uno de los conatos del verano pasado comenzó por una barbacoa durante un episodio de alerta roja.
«No podemos hacer ciertas cosas», advierten. «Que no se use maquinaria, que no se hagan desbroces pegados a viviendas, que se eviten barbacoas».
Porque el fuego, recuerdan, no entiende de lindes.«El fuego no conoce marcos», resume Rodríguez.
Y quizá por eso «Ollos no Monte» ha terminado convirtiéndose en algo más que un simple sistema de vigilancia forestal. En el Baixo Miño lo describen ya como una red vecinal de defensa colectiva del territorio. Una forma de entender que el monte no se protege únicamente desde los despachos ni solo cuando empiezan las llamas, sino durante todo el año y desde abajo.
Desde el monte mismo.
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