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Mercado del alquiler

Jóvenes que guardan su vida entre cuatro paredes: «Con un salario un poco por encima del mínimo es imposible vivir solo»

El elevado coste de los alquileres en la comunidad gallega, donde el precio medio de una habitación se sitúa en los 342 euros mensuales, obliga a jóvenes como Carmelo, Dani o Ane a compartir piso para mantener solvencia económica y poder desconectar del trabajo

Diana y Carmelo comparten piso ante la imposibilidad de tener una vivienda para ellos solos

Diana y Carmelo comparten piso ante la imposibilidad de tener una vivienda para ellos solos / ECG

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Belén Teiga

Belén Teiga

Una cama. Un escritorio con su silla. Un armario empotrado. Una raqueta de pádel. Una mochila para el ordenador. También una vida entera. Los nueve metros cuadrados que componen la habitación de Carmelo, de 32 años, están repletos de recuerdos, anécdotas y risas, pero también de preguntas e incertidumbre: ¿se podrá ir a vivir solo alguna vez? ¿Llegará a comprarse una vivienda algún día? «Siempre estoy atento a las ofertas de alquiler que van saliendo, pero vivir solo es algo inviable. No quiero que el alquiler de un piso se lleve el 75% de mi salario», relata este ourensano residente en Santiago y trabajador en una gestoría.

Compartir piso puede resultar divertido durante los primeros años de la juventud, cuando las responsabilidades, en muchas ocasiones, son menores. Es, también para muchos la primera experiencia fuera del hogar. A veces se vive con amigos; otras con desconocidos. Sin embargo, la precariedad y los altos precios de la vivienda, ya sea en régimen de alquiler o para comprar, hacen que haya muchos jóvenes que se vean forzados a alargar esta fase vital. El precio medio de una habitación en Galicia se situaba al inicio de este año en los 342 euros mensuales, según el último informe del portal inmobiliario Fotocasa, una cifra muy por debajo de la media estatal, inflada por los elevados costes de residir en ciudades como Barcelona, Madrid o Mallorca, que supera los 520 euros.

Ante un mercado del alquiler más que complicado, Carmelo explica que los pisos a los que acudió en el momento en el que se planteó vivir solo «eran poco más que una habitación y no bajaban de los 700 euros», eso, puntualiza, en los mejores casos. Por ello, decidió priorizar el no estar pensando cada mes si podrá pagar la cuota del gimnasio, la gasolina o una buena alimentación: «Es ahí cuando ves que tienes que compartir piso si quieres poder afrontar situaciones que puedan ir surgiendo sin sentir todo el tiempo un aprieto». En este sentido, tiene claras sus prioridades y es que «prefiero tener esa pequeña solvencia para mantener una rutina fuera del trabajo que te permita desconectar mentalmente».

Y es que a día de hoy, expone, no ve otra opción y es que «con un salario un poco por encima del mínimo es casi imposible no tener compañeros de piso». Como él se encuentran muchos otros y es que el principal demandante de piso compartido en España, según Fotocasa, es un hombre de 31 años. El portal inmobiliario apunta, además, que el 72% de los que comparten vivienda tiene menos de 35 años y el 40% tienen una edad comprendida entre los 18 y los 24 años.

«Si tuviese el suficiente dinero para no compartir piso, ¿lo compartiría? Seguramente no»

En esta franja de edad, justo en el límite, se encuentra Diana, una joven cántabra que se mudó a Santiago de Compostela el pasado mes de septiembre para ampliar su formación académica con un máster. «Si tuviese el suficiente dinero para no compartir piso, ¿lo compartiría? Seguramente no», reflexiona. La situación, con todo, le obliga a tener que convivir con otros, algo que tampoco le desagradó en esta ocasión porque «no conocía a nadie aquí y hace que no estés solo en cierta medida», si bien puntualiza que esto se debe también, en parte, a «que tenemos una buena convivencia».

Diana relata que aún depende sus padres, que son quienes le ayudan con el alquiler. El dinero que consiguió trabajando los veranos o con algunos puestos esporádicos que tuvo estos meses en la capital gallega lo ahorra para lo que pueda venir en el futuro. Una situación similar vive Ane, donostiarra residente en Galicia, también de 24 años. Al igual que Diana, dada su situación de estudiante, la opción de vivir sola era complicada.

«La decisión se resume en dos cosas. La primera, la economía, es decir, no puedo permitirme pagar el precio de un piso yo sola. Y la segunda, teniendo en cuenta que venía sin conocer a nadie, no quería reducir mis opciones de socializar», declara. Con todo, dice entre risas, su convivencia no la más habitual y es que, en vez de un inmueble, parece «la típica convivencia de vecinos de una pequeña comunidad», ya que «es una casa antigua, por lo que cada estancia está en un nivel distinto».

«Me gustaría que vivir solo o compartir fuese una decisión», señala Daniel, de 26 años, que trabaja en el ámbito de la comunicación. Vivir con otros, explica, «es un gesto de supervivencia» en un mercado inmobiliario en el que los precios suben de manera imparable. Tener un piso para él, es una cuestión que no se plantea en este momento: «Tendría que gastar más de la mitad de mi salario. A ello habría que sumar cosas básicas como comida o facturas... no tiene ningún sentido», zanja.

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