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Itinerario formativo

La biofilia echa raíces en FP: Jardinería y Floristería ganan tirón entre los jóvenes

La creciente demanda de reconexión con la naturaleza impulsa la matriculación en ciclos formativos de jardinería y floristería

Las redes sociales y los talleres de arreglos florales aúpan el interés por unos ciclos con salida laboral y opciones de autoempleo

Alumnos de la FP Dual de Valga, en un vivero haciendo prácticas.

Alumnos de la FP Dual de Valga, en un vivero haciendo prácticas. / Iñaki Abella

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Elena Ocampo

Elena Ocampo

Vigo

La floristería y la jardinería han dejado de ser oficios discretos para convertirse en una vía de formación cada vez más vinculada al bienestar, la creatividad y la sostenibilidad. Detrás del renovado interés por los ramos, las coronas y adornos florales, los huertos urbanos o los jardines de bajo consumo aparece un concepto que gana peso entre los docentes: la biofilia, la necesidad humana de mantener contacto con la naturaleza en un entorno cada vez más urbanizado.

La profesora del ciclo de Jardinería y Floristería del centro de FP de Guísamo, en Bergondo, Cristina Alonso, lo resume así: «Hay una necesidad de reconectar con la naturaleza». Esa búsqueda, explica, se nota especialmente entre la gente joven, que llega al ciclo atraída por las plantas, el diseño vegetal, las composiciones florales y una nueva forma de entender la decoración. «Las redes están llenas de talleres de coronas, ramos y arreglos florales, y eso atrae muchísimo», señala.

Adornos vegetales para eventos o cumpleaños

El auge no se limita ya a las bodas o los bautizos. Los adornos florales se han extendido a todo tipo de celebraciones, eventos corporativos, escaparates, cumpleaños, funerales personalizados o incluso encuentros privados. También crecen las clases particulares y talleres para aprender a elaborar coronas, centros de mesa o ramos de temporada. La moda del 'be yourself' llega a lo floral, coinciden los docentes, y se ha convertido en un lenguaje visual muy presente en Instagram, TikTok y Pinterest, pero también en una forma accesible de consumo cultural y creativo.

En Guísamo, el ciclo medio de Jardinería y Floristería oferta 22 plazas presenciales, cubiertas este curso, además de unas 50 en modalidad a distancia. La formación combina el trabajo técnico con una parte artística y otra ambiental: desde el conocimiento de los ciclos de las plantas hasta el diseño de jardines, el manejo de maquinaria, la instalación de riego o la elaboración de arreglos florales. «Cada vez se valora más el trabajo bien hecho», defiende Alonso, que advierte de que el intrusismo «acaba saliendo más caro» cuando se desconocen los cuidados reales de cada especie.

La salida laboral es otro de los atractivos. Según la docente, muchos estudiantes encuentran empleo en empresas de jardinería, centros de jardinería o floristerías, y otros optan por emprender. «Muchos alumnos salieron y montaron empresas como autónomos», explica. El perfil encaja especialmente en un sector compuesto por pequeños negocios, donde la especialización y la confianza del cliente son claves.

Paula Vicente, rianxeira de 18 años y alumna de FP Dual en el ciclo de Valga, ha encontrado en la floristería el camino que más encaja con sus intereses tras descartar el Bachillerato de Letras y reconocer sobre la jardinería: «No es mi fuerte». Su vocación viene de lejos, alentada por una madre que le hablaba de plantas desde pequeña, y se reforzó con prácticas en dos floristerías de Padrón antes de llegar a A Estrada, donde estos días prepara ramos de regalo y aprende el trato directo con la clientela.

«Estoy haciendo lo que me gusta», afirma, más inclinada hacia los eventos y los detalles que hacia la parte fúnebre del oficio, y con predilección por orquídeas y tulipanes. Buena estudiante y residente en Valga durante el ciclo, Paula mira ya al futuro con una idea clara: abrir algún día una floristería en Rianxo, un sector sin tradición familiar —su madre es auxiliar de enfermería y su padre trabaja en una funeraria—, pero en el que valora especialmente «el trato con el cliente» y saber orientar cada encargo «en lo que voy a hacer para él».

Una alumna de FP Dual, Paula Vicente, realiza prácticas en una floristería de A Estrada.

Una alumna de FP Dual, Paula Vicente, realiza prácticas en una floristería de A Estrada. / Bernabé/ Javier Lalín

Prácticas remuneradas

La misma tendencia se percibe, aunque con matices, en otros centros gallegos. En el instituto de Valga, que imparte el ciclo de FP en modalidad dual, el número de alumnos pasó de seis a doce en un año. «Sí que hay interés, pero también hay aún mucho desconocimiento», explica el profesor Alberto Mayo, que imparte clases en los ciclos agrarios del centro y que ha puesto en marcha un huerto circular que ya cobra forma en la finca de prácticas de la que dispone el instituto. Mayo atribuye parte del crecimiento al trabajo de divulgación en institutos próximos para dar a conocer la oferta formativa. Allí el alumnado alterna la formación en el centro con la empresa, en una modalidad remunerada.

Este profesor de Valga destaca que el ciclo funciona casi como «dos ciclos en uno»: por un lado, la parte de floristería y composiciones florales; por otro, la jardinería tradicional, la producción de planta, el diseño, la instalación y el mantenimiento de jardines. Esa variedad permite atraer perfiles muy distintos: alumnos interesados en la maquinaria y el trabajo exterior, y otros más volcados en la parte creativa de los ramos, los centros o la decoración.

La FP dual ha permitido además conectar al alumnado con empresas reales del entorno. En A Estrada, por ejemplo, una floristería vinculada también al sector funerario acoge estudiantes para formarse en arreglos florales, coronas y trabajos por encargo. En jardinería, el centro mantiene relación con empresas de mantenimiento, centros de jardinería y viveros, donde hay mayor capacidad para incorporar alumnos en prácticas.

Uso de plantas autóctonas y de temporada

«El sector agrario tiene muchas especificidades», explica el docente de Valga. Las floristerías suelen ser pequeños negocios o autónomos que no pueden asumir varios alumnos a la vez, a diferencia de otros sectores industriales. Aun así, la demanda existe, sobre todo en mantenimiento de jardines, centros de jardinería y floristería especializada.

En A Granxa, en Ponteareas, también han detectado un cierto repunte en los últimos años, aunque su lectura es más prudente. Verónica, profesora del centro, recuerda que el interés por las familias agrarias suele ser cíclico y que no siempre se cubren las 22 plazas ofertadas. Aun así, reconoce que las redes sociales han contribuido a visibilizar el oficio y que existe inserción laboral cuando el alumnado encaja con las necesidades de las empresas. «Si el alumno es bueno y la empresa puede sostenerlo, evidentemente existe continuidad», señala.

La sostenibilidad atraviesa cada vez más esta formación. En los talleres se promueve el uso de plantas autóctonas y de temporada, adaptadas al clima y con menor consumo de agua y recursos. La jardinería ornamental convive así con criterios ambientales: elegir especies resistentes, reducir tratamientos químicos, diseñar espacios verdes más eficientes y comprender que un jardín no es solo decoración, sino también refugio climático, biodiversidad y bienestar.

El interés juvenil por las plantas, acelerado tras la pandemia y amplificado por las redes, ha abierto una oportunidad para estos ciclos. Los docentes coinciden en que la clave está en profesionalizar un sector que ya no se limita a vender flores o cortar setos, sino que combina técnica, sensibilidad estética, conocimiento ambiental y capacidad emprendedora.

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