Acceso a la universidad
Del abuelo al rescate, a la playa o al hotel donde repasar: Ledicia Costas, Pedro Feijóo, Jorge Mira, Esther Estévez y Ana Ulla reviven «aquella maravillosa selectividad»
Del «infernal» 6,66 de Ledicia Costas al baño de Pedro Feijóo en Canido, cinco voces gallegas recuerdan el examen que les abrió —o les torció— el camino y miran con preocupación la exagerada presión que hoy soportan los estudiantes

Examen de selectividad en 1998 / Jesús de Arcos
Hubo quien llegó sin el papel imprescindible para hacer la prueba pero («¡ups!») con el DNI; quien se fue a nadar entre examen y examen; quien convirtió un hotel en un campamento de nervios y repasos; quien se topó con una prueba que le sonó «a chino». También, quien salió de Física menos contenta de lo esperado pese a querer ser astrofísica. La Selectividad dura tres días, pero puede quedarse décadas en la memoria.
Para algunos fue un trámite. Para otros, una cuenta atrás angustiosa. Para todos, un rito de paso. Ledicia Costas, Jorge Mira, Esther Estévez, Pedro Feijóo y Ana Ulla miran atrás y reconstruyen su propia PAU, EBAU o selectividad: un examen que cambió de nombre, de formato y de presión, pero no de peso simbólico.
Ledicia Costas: tres días de horror, un abuelo al rescate y una nota «del más allá»
A principios de junio de 1995, mientras las emisoras de medio mundo radiaban Scream, de Michael y Janet Jackson, y en España empezaban a sonar La fuerza del corazón, de Alejandro Sanz, o Everlasting Love, de Gloria Estefan, la melodía interior de muchos alumnos tenía otros acordes: miedo, cansancio y presión. También la de Ledicia Costas.
La escritora viguesa recuerda la selectividad como una prueba marcada por el estrés, el temor y la sensación de no encajar del todo en el sistema educativo. La autora, que esta semana regresaba del desayuno del Premio Cervantes en el Palacio Real, mira atrás sin edulcorar aquellos años: «Eu era carne de fracaso escolar», confiesa, pese a la imagen de buena estudiante que otros pudieran tener de ella.

Ledicia Costas, en la época de 1995 en la que hizo la selectividad. / Fdv
Su vocación estaba clara: quería escribir. Pero no encontraba una carrera pensada para alguien como ella. Las matemáticas, el dibujo técnico o la economía le resultaban ajenos, casi fuera de su lógica creativa. La selectividad se convirtió así en una cuenta atrás angustiosa. Pasó semanas encerrada, recuerda, «sen ver a luz do sol», contagiada por la presión de sacar nota aunque ni siquiera supiera muy bien para qué.
La gran anécdota llegó el primer día de examen. Al llegar descubrió que había olvidado un documento imprescindible, una ficha o certificado que debía acompañar al DNI. La profesora que la acompañaba no mostró demasiada empatía: le dijo que llevarlo era «cuestión de sentido común». La frase se le quedó grabada. «Vale, son unha persoa que non ten sentido común», ironiza aún hoy.
En plena crisis, llamó a casa. Su abuelo localizó el papel y acudió a toda prisa a la facultad de Biología y Ciencias del Mar, donde ella se examinaba. Llegó «en tempo e hora». Sin él, admite, quizá no habría podido hacer la prueba.

La escritora, cuando era niña, en Vigo. / Fdv
El resultado tuvo algo de inquietante y literario: sacó un 6,66. Costas lo recuerda con humor, vinculándolo a su imaginario de infancia y a su obra reciente. Después eligió Derecho Económico, aconsejada por quienes repetían que tenía «mucha salida». Para una persona de letras, fue otro desencuentro. Terminó la carrera, sí, pero la vivió como un largo trámite mientras trabajaba y buscaba su propio camino.
Hoy defiende repensar la EBAU: menos memoria, más pensamiento crítico, más creatividad y una igualdad de oportunidades real.
Jorge Mira: la selectividad que se tomó «olímpicamente» y el examen que le sonó a chino
Jorge Mira no dramatiza su selectividad, pero tampoco la despacha como un trámite menor. El físico recuerda que aquella prueba podía cambiar una vida. En su caso, entrar en Física marcó por completo su trayectoria académica, investigadora y personal. «A miña vida tería sido outra», admite.
Sin embargo, su experiencia estuvo lejos de la ansiedad que hoy detecta en muchos estudiantes. En 1986, cuando se examinó, Física tenía una nota de corte de 5 y el acceso a la universidad era mucho más abierto. Él llegaba con la nota media más alta de su instituto, el Alfredo Brañas de Carballo, y con una decisión clara: quería ser investigador en Física.

Una ficha del catedrático de la USC, Jorge Mira, cuando estudiaba en el instituto de Carballo. / Fdv
Por eso, reconoce, se tomó la selectividad con una calma casi temeraria. «Pasei olímpicamente», recuerda. Apenas estudió y acudió convencido de que no corría peligro.
Pero tanta tranquilidad tuvo su precio. En pleno examen descubrió que quizá se había relajado demasiado. La anécdota más reveladora llegó con Dibujo Técnico. En COU, cuenta, su profesora era pintora y prácticamente no habían dado el programa. En clase hablaban, pintaban y avanzaban poco en la materia. El resultado fue que, al sentarse ante la prueba, aquello le sonó «a chino». La asignatura le dejó la nota tocada, aunque sus buenos resultados en Física y en otras materias compensaron el golpe.
También recuerda la antigua prueba de la conferencia, en la que había que escuchar, tomar notas y responder. Allí volvió a sentir que el exceso de confianza podía pasarle factura: «Igual me estou relaxando demais», pensó.
Mira compara aquella experiencia con la presión actual y percibe un cambio evidente. Entonces había tensión, sí, pero no la sensación de que unas décimas pudieran cerrar tantas puertas. Por eso pide prudencia ante cualquier reforma. Ve razonable que existan pruebas más vinculadas a las competencias de cada itinerario, pero advierte de que tocar el sistema exige extremo cuidado: detrás de cada matiz hay vidas jóvenes tomando decisiones que pueden marcar su rumbo.
El contraste entre aquel 5 de nota de corte de 1986 y el 13 largo de hoy resume el cambio de época. La ironía es hermosa: los alumnos de una de las promociones más selectivas de la USC —que entraron en su despacho minutos después de esta conversación— le piden que sea su padrino. Cuatro décadas después, el doble grado en Matemáticas y Física se ha convertido en una de las titulaciones más codiciadas: en el primer llamamiento del curso 2025-2026 alcanzó un 13,458 sobre 14, la nota más alta de las universidades públicas gallegas. La respuesta de Mira fue un sí rotundo.
Esther Estévez: la «excursión de selectividad» que empezó en Verín y acabó en Periodismo
Esther Estévez Casado, hoy reconocida como periodista y presentadora de Dígocho eu en la TVG, recuerda su selectividad como una mezcla de angustia, disciplina y convivencia generacional. Era 2015 y venía de un Bachillerato marcado por una palabra repetida desde el primer día de segundo: PAU.
«Todo estaba orientado a la selectividad», cuenta. Buena estudiante por constancia y esfuerzo, asumió el curso con presión. Quería entrar en Periodismo en Santiago y no contemplaba de verdad otra opción.

Una instantánea de Esher Estévez, el verano después de la selectividad. / Fdv
La nota de corte era alta, cerca del 10 sobre 14, y eso convirtió el año en una carrera de fondo. Su media de Bachillerato le daba parte del camino hecho, pero aun así vivió los meses previos con nervios. Finalmente sacó más de 10 —alrededor de un 10,7— y entró en junio, sin tener que esperar a segundas listas.
La gran anécdota llegó durante los exámenes. Como era de Verín y las pruebas se celebraban en Ourense, su curso decidió instalarse en un hotel. Aquello se convirtió, en sus palabras, en una especie de «campamento» o «excursión de selectividad»: todos juntos, cada uno en su habitación, compartiendo nervios, repasos y compañía.
Recuerda especialmente una noche estudiando Geografía con compañeras en una habitación. Después de semanas terribles, esos tres días resultaron más llevaderos por sentirse acompañados.
Cuando vio las notas, lo primero que hizo fue calcular si le daba para Periodismo. Al comprobar que sí, respiró y lloró. Alguna calificación le pareció más baja de lo esperado, pero no pidió revisión. Había conseguido lo importante.
Hoy mira aquella etapa como el primer peldaño de su vida universitaria y aconseja a los estudiantes no jugárselo todo a una sola carta, aunque ella, entonces, solo veía un camino posible: ser periodista.
Pedro Feijóo: la selectividad del 93 que pasó «en la playa»
En 1993, Pedro Feijóo todavía no era el novelista convertido hoy en una referencia literaria en Galicia. Antes de que sus libros ocuparan escaparates y clubes de lectura, antes incluso de dejar atrás su etapa como músico en «Los Feliz» y otras bandas gallegas, era un estudiante más enfrentado al rito de paso de la selectividad.
Su recuerdo, sin embargo, está lejos de la épica académica: «Fue lamentable».

Pedro Feijóo, en una playa como la que le dio paz durante los exámenes de selectividad que hizo en 1993. / Fdv
La anécdota resume bien otra forma de vivir los exámenes, casi a contracorriente de la tensión que hoy domina el calendario escolar. Feijóo recuerda que pasó la selectividad «en la playa». Fueron, cree, «dos o tres días» de pruebas en el instituto Coia 4, en Vigo. Pero entre el primer y el segundo día no hubo encierro, repasos de última hora ni noches en vela: hubo mar.
«Estuve nadando en una playa en Canido. Ni pensé en los exámenes», cuenta.
El resultado fue discreto. No sacó «mucha nota» y conserva la impresión de que aquella prueba le bajó la media del instituto. Aun así, le alcanzaba para estudiar Periodismo, una opción que finalmente descartó. Eligió otro camino: Filoloxía Galega.
Vista desde hoy, la decisión parece casi una premonición. Aquel joven que no se obsesionó con la nota acabaría encontrando en la lengua y la literatura el territorio desde el que construir una trayectoria propia.
Pero el recuerdo de Feijóo no se queda en la nostalgia. Al comparar su experiencia con la de los jóvenes a los que ha conocido impartiendo talleres de literatura en Bachillerato, detecta una diferencia inquietante: miedo, presión y «niveles de ansiedad brutales».
Por eso concluye que algo debería cambiar. «Considero que algo estamos haciendo mal», afirma.
Su selectividad fue poco solemne, incluso despreocupada: un examen entre baños en Canido. Pero la anécdota deja una pregunta muy actual: cuándo convirtió el sistema una prueba de acceso en una fuente de angustia.
Ana Ulla: 18 ochos de sueño del tirón luego de una cartulina de notas
Ana Ulla no recuerda la nota exacta de su selectividad. Recuerda, sobre todo, lo que vino después: dormir dieciocho horas seguidas, sin que nadie se atreviera a despertarla. Aquello le hace pensar hoy que la prueba generaba más tensión de la que entonces percibía. Tenía nervios, sí, pero no se recuerda desbordada ni bloqueada.
Sitúa aquel examen en 1983, haciendo la cuenta hacia atrás: terminó Física en 1988, así que cinco años antes tuvo que presentarse a la selectividad. Era alumna de COU, el antiguo Curso de Orientación Universitaria, y tenía bastante claro su camino: quería estudiar Física porque quería ser astrofísica.
La preparación fue intensa. «Eu estudiei moito, estudiábamos moito», recuerda. También subraya el papel del profesorado, que los preparaba con rigor. La selectividad era para ella un examen formal, celebrado fuera del propio centro, casi un rito de paso: implicaba salir del instituto, entrar en otro espacio y empezar a sentirse «un pouco máis maiores».

Ana Ulla, de niña, en una imagen del álbum familiar. / Fdv
Entre los recuerdos más vivos está una prueba de comentario o resumen. Les daban una cartulina pequeña para tomar notas mientras escuchaban o leían un texto. Ulla escribió por todas partes: por delante, por detrás y en varias direcciones, con signos y abreviaturas que casi solo entendía ella. Le sorprendía que hubiera que entregar también aquellos garabatos, cuando lo importante parecía ser el texto final.
La parte que peor sabor le dejó fue, precisamente, Física. No porque le saliera mal, sino porque esperaba más de sí misma. «Eu que iba para Física, non saín contenta de Física», recuerda. Aun así, la nota le daba para entrar en la carrera.
Cree que entonces no había numerus clausus en Física, o al menos no lo recuerda así. Eran alrededor de cien en clase. Mujeres había, aunque no muchas; calcula que quizá un 20 %. Su vocación venía de antes. A los 14 años ya sabía que quería ser astrofísica, aunque también le interesaban la Medicina, los idiomas y las ingenierías. A la hora de matricularse, no dudó. Física era la puerta de entrada al cielo que quería estudiar.
Vista desde hoy, aquella selectividad aparece en su memoria como una prueba exigente, artesanal y rigurosa, pero también como una frontera vital: antes de la universidad, antes de la investigación y antes de las estrellas, hubo una estudiante de COU en Vigo, una cartulina llena de notas y una certeza muy clara.
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