Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Profesionales y familias gallegas reclaman nuevos indicadores para medir el éxito escolar que incluyan el bienestar emocional

Un estudio cualitativo realizado por la Fundación Trébol e Igaxes con profesores, orientadores, familias e inspectores llama a incorporar al sistema educativo indicadores que evalúen la autonomía personal y el bienestar emocional del alumnado o la calidad de las relaciones dentro de los centros.

Una clase de Secundaria en un instituto gallego

Una clase de Secundaria en un instituto gallego / Marta G. Brea

¿Ya nos sigues?Márcanos como medio preferente
Añádenos en Google
Mateo Garrido Triñanes

Mateo Garrido Triñanes

Santiago

Un lugar en el ránking del informe PISA, una nota media alta en la ABAU, la tasa de alumnado que repite curso o el porcentaje de estudiantes que logra terminar una carrera universitaria. Estos son algunos de los indicadores cuantitativos a los que se recurre habitualmente para evaluar el funcionamiento del sistema educativo. Variables que miden solo el rendimiento académico, pero, ¿puede resumirse el éxito escolar únicamente en una cifra, una media o una posición en una clasificación internacional?

En un momento en el que el bullying se ha convertido en una preocupación creciente en el seno de los centros educativos; en el que los problemas de salud mental aparecen a edades cada vez más tempranas; y en el que en las aulas convive alumnado con necesidades educativas especiales, situaciones de vulnerabilidad social y trayectorias vitales profundamente desiguales, cada vez más voces cuestionan que una cifra en un boletín de notas pueda funcionar como único termómetro del sistema educativo.

Ese es precisamente uno de los ejes sobre los que gira Escoitar para transformar: sistema educativo, exclusión social e éxito escolar en Galicia, un informe elaborado por la Fundación Trébol e IGAXES a partir de un análisis cualitativo de grupos focales y un estudio Delphi en el que participaron docentes, personal de orientación educativa, inspectores, profesorado universitario y familias. A pesar de la diversidad de perfiles participantes, el estudio detecta un amplio consenso: una nota puede medir el rendimiento académico de un alumno, pero difícilmente resume todo lo que ocurre dentro y fuera del aula.

De este modo, profesionales y familias defienden la necesidad de repensar los indicadores con los que se evalúa el éxito escolar para incorporar variables relacionadas con el bienestar emocional, el sentimiento de pertenencia o la estabilidad vital del alumnado, así como parámetros que permitan medir la capacidad del sistema educativo para acompañar a los estudiantes más vulnerables.

La cuestión de fondo, según sostienen los participantes en el estudio, es que el alumnado presente en las aulas gallegas no parte de las mismas condiciones. Detrás de una nota conviven situaciones familiares, emocionales y económicas profundamente desiguales que condicionan tanto la experiencia educativa como las posibilidades reales de éxito escolar. La precariedad, la inestabilidad emocional, la falta de apoyo o las diferencias en el acceso a recursos culturales y comunitarios aparecen así como factores que el sistema rara vez incorpora a sus indicadores de evaluación.

En este sentido, la escuela fue concebida durante décadas como un ascensor social capaz de corregir esas desigualdades de origen. Sin embargo, el informe cuestiona hasta qué punto el sistema educativo gallego continúa desempeñando esa función. Los profesionales participantes coinciden en señalar que el alumnado que llega a las aulas con un mayor capital cultural, estabilidad familiar o recursos materiales tiene más facilidades para adaptarse a los ritmos y códigos del sistema. Por el contrario, aquellos que parten de situaciones de vulnerabilidad afrontan mayores obstáculos para sostener sus trayectorias académicas.

Desde esta perspectiva, el estudio advierte de que el fracaso escolar no puede entenderse como un problema individual ni como una cuestión vinculada exclusivamente al esfuerzo personal. Si se reducen las dificultades educativas a la actitud o la capacidad del alumnado, sostienen los participantes, se invisibiliza el peso que tienen factores estructurales como la pobreza, la precariedad laboral familiar o la ausencia de redes de apoyo estables.

Falta de coordinación

La situación resulta especialmente compleja en el caso de menores que atraviesan procesos de vulnerabilidad social severa o que se encuentran bajo medidas de protección del sistema público. El informe señala que estos jóvenes presentan frecuentemente trayectorias educativas marcadas por cambios frecuentes de centro, dificultades de adaptación y experiencias reiteradas de fracaso escolar. En este contexto, el acompañamiento socioeducativo y la existencia de referentes adultos estables son factores determinantes para evitar la desvinculación progresiva del sistema educativo.

Precisamente, uno de los consensos más amplios detectados por el estudio gira alrededor de la importancia del vínculo educativo. Tanto docentes como orientadores y familias coinciden en señalar que el alumnado difícilmente puede aprender si no se siente seguro, escuchado y acompañado dentro del centro. Las tutorías personalizadas y la estabilidad de los equipos profesionales aparecen así como herramientas fundamentales para generar relaciones de confianza y mejorar tanto el bienestar emocional como el rendimiento académico. .

El informe también pone el foco sobre las limitaciones estructurales del propio sistema educativo. La falta de coordinación entre educación, servicios sociales, sanidad y tercer sector —organizaciones sin ánimo de lucro de la sociedad civil— es identificada como una de las principales disfunciones a la hora de intervenir en situaciones de vulnerabilidad. Esta fragmentación, describen los participantes en el estudio, hace que muchas veces la atención a este alumnado dependa más del voluntarismo individual de los profesionales que de las estructuras de las que se dota el propio sistema.

Frente a este escenario, el informe insiste en la necesidad de avanzar hacia un modelo más preventivo y menos reactivo. Detectar de forma temprana situaciones de malestar emocional, absentismo o dificultades de aprendizaje aparece como una de las claves para evitar procesos posteriores de exclusión escolar. Para ello, los participantes reclaman una mayor estabilidad de los equipos profesionales, estructuras de coordinación más sólidas y una reducción de la burocracia que permita reforzar el acompañamiento educativo y social del alumnado.

Tracking Pixel Contents