Medicina
La neuróloga Clara Domínguez avisa de que Galicia debe prepararse ya para una ola de demencias: «Van a llegar a edades avanzadas generaciones muy numerosas»
Reclama un plan gallego que llegue a todas las áreas sanitarias
La neuróloga reivindica más terapias no farmacológicas para los pacientes con demencia: «Van a seguir siendo esenciales»
Advierte de que el diagnóstico del Alzheimer vive una revolución con los biomarcadores en sangre para el diagnóstico: «Esto cambia totalmente el escenario»

La neuróloga Clara Domínguez, en el Hospital Clínico de Santiago. / Xoán Álvarez

La neuróloga Clara Domínguez habla del Alzheimer desde una doble perspectiva: la científica y la personal. Formada en Medicina en Santiago y especialista en Neurología tras completar la residencia en el hospital Clínico compostelano, amplió después su formación en demencias con estancias en Nueva York y Dublín. Tras varios años trabajando en el hospital de Pontevedra, ha regresado al hospital de Santiago, donde atiende a pacientes hospitalizados del Sergas y mantiene una consulta específica de demencias.
Su interés por este campo, reconoce en una entrevista a FARO, no nació solo de la evolución científica de la neurología. También estuvo marcado por su historia familiar. «Mis dos abuelas tuvieron Alzheimer», explica. Esa experiencia, admite, hizo que el Alzheimer fuera una patología que siempre le generó respeto y curiosidad, sobre todo después de vivirla de cerca de con una de sus familiares.
Con los años, ese temor se transformó en interés clínico y científico. Domínguez sostiene que las demencias permiten estudiar una de las partes más complejas del cerebro: la que sostiene la identidad, la memoria, la conducta y las llamadas funciones superiores. «Ves cómo se deconstruye la personalidad de alguien poquito a poco», resume. Para la neuróloga, ese proceso, por duro que resulte, ayuda a comprender «lo que compone la personalidad de una persona».
Uno de los grandes cambios que atraviesa ahora este campo es el diagnóstico. Hasta hace no tanto, recuerda, el Alzheimer se diagnosticaba fundamentalmente a partir de los síntomas, la exploración clínica y la información aportada por el paciente y su entorno. Ahora, sin embargo, los biomarcadores están modificando por completo ese escenario. Primero llegaron los análisis en líquido cefalorraquídeo, obtenidos mediante punción lumbar, una prueba útil pero invasiva, molesta y con pequeños riesgos. «La punción lumbar al final es una prueba que es molesta», señala, además de consumir tiempo y recursos sanitarios.

Clara Domínguez, esta semana en el Clínico de Santiago. / Xoán Álvarez
Por eso, la llegada de biomarcadores en sangre supone, a su juicio, un salto decisivo. «Creo que es revolucionario», afirma. La posibilidad de pedir un análisis de sangre para confirmar, descartar o acotar la sospecha de Alzheimer cambia la forma de trabajar en las consultas. No se trata, matiza, de hacer cribados masivos en población general, algo que por ahora «no se debe hacer», sino de disponer de una herramienta sencilla y fiable en pacientes con sospecha clínica. «Esto sí que cambia totalmente el escenario», subraya.
En Galicia, Domínguez cree que estos biomarcadores acabarán incorporándose de forma generalizada a las unidades especializadas de demencias. De hecho, apunta que ya se están utilizando en algunos centros, como el hospital Álvaro Cunqueiro de Vigo, aunque todavía no de manera universal. La neuróloga evita dar plazos cerrados, porque dependen de la organización de cada hospital, de la disponibilidad de materiales y de la coordinación entre Neurología y Laboratorio. Pero sí lanza una previsión clara: «Va a ser cuestión de tiempo y no de mucho tiempo».
Nuevos fármacos
El otro gran pilar de esta nueva etapa son los tratamientos antiamiloide, como lecanemab y donanemab. Domínguez los define como una revolución terapéutica, aunque insiste en rebajar expectativas. Después de casi tres décadas sin novedades relevantes en el tratamiento del Alzheimer, estos fármacos han demostrado eficacia, pero no curan la enfermedad ni la frenan por completo. «No quiere decir que cure la enfermedad», advierte. Su efecto está en ralentizar la evolución en determinados pacientes, no en convertir el Alzheimer en una patología olvidada o cronificada sin impacto.
Además, su uso no sería para todos los casos. La neuróloga explica que están pensados para pacientes en fases iniciales, con deterioro cognitivo leve o demencia leve, y siempre con confirmación de patología amiloide mediante biomarcadores. También existen restricciones importantes. La Agencia Europea del Medicamento ha sido más prudente que la estadounidense y excluye, por ejemplo, a pacientes anticoagulados o portadores de dos copias del gen APOE4, por mayor riesgo de complicaciones como sangrados o edemas.
Ese nuevo contexto obliga, según Domínguez, a reorganizar la asistencia. Si el diagnóstico precoz va a ser clave para acceder a terapias más específicas, Galicia debe contar con unidades de demencias bien estructuradas en todas las áreas sanitarias. Ahora, admite, «la preparación es desigual». Hay áreas con unidades consolidadas y otras donde esa estructura no existe o está menos desarrollada. Para la especialista, la prioridad debe ser clara: «Montar las unidades de demencias, ponerlas en marcha».
Una unidad de demencias, explica, no es solo una consulta médica. Requiere neurólogos con tiempo específico dedicado a esta patología, capacidad de coordinación con Radiología y Laboratorio, enfermería gestora de casos, trabajo social y conexión con los recursos comunitarios. «Son enfermedades crónicas y complejas que necesitan de la participación de muchas personas», resume.
El peso de las asociaciones de familiares
La neuróloga también alerta de desigualdades territoriales. Aunque acudir a una consulta especializada puede implicar solo uno o varios desplazamientos al año, el verdadero problema aparece en el acceso continuado a terapias no farmacológicas: estimulación cognitiva, terapia ocupacional o fisioterapia. En Galicia, recuerda, buena parte de ese trabajo lo han asumido históricamente las asociaciones de familiares. Pero no es igual vivir en una ciudad que en una aldea. «Hay una gran diferencia de accesibilidad entre rural y urbano», advierte.
Si tuviera que pedir una sola medida urgente a la Administración sanitaria, Domínguez lo tiene claro: un plan de demencias real e implementado. «Ahora es el momento clave para generar la estructura sanitaria que pueda dar atención a la demanda», sostiene. El envejecimiento de la población gallega, la llegada de generaciones numerosas a edades avanzadas y los avances diagnósticos y terapéuticos hacen que la respuesta no pueda demorarse.
A las familias, la neuróloga les traslada un mensaje de equilibrio. Hay motivos para mirar al futuro con más optimismo, pero sin falsas promesas. «Es un momento esperanzador, pero hay que tomárselo con cautela», afirma. Para quienes ya conviven hoy con la enfermedad, estos cambios quizá no supongan una transformación inmediata. Pero sí marcan el inicio de una etapa distinta. La clave, insiste, será no olvidar que el Alzheimer seguirá necesitando atención sanitaria, social y comunitaria. Y que esa atención, reclama, debe garantizarse «desde la sanidad pública».
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