Turismo sostenible
El bum de las cabañas del bosque: crecen un 30% en Galicia en el último lustro
Estas construcciones minimalistas pueden tramitarse como campamentos turísticos y aprovechar suelo rústico: ya hay más de una treintena de complejos
La arquitectura hotelera se reiventa con estos cubos de madera entre árboles que prometen una experiencia exclusiva e inmersiva en la naturaleza

Dos jóvenes se adentran en la propuesta de enoturismo y cabañas de María Manuela, en Boqueixón. / Xoán Álvarez
En Galicia, el bosque ya no es solo un paisaje. Es (también) un producto turístico, no un reclamo de postal.
Entre pinos, robles y bosques autóctonos, una nueva arquitectura hotelera se ha ido abriendo paso. Las cabañas elevadas entre árboles y cubos de madera con ventanales infinitos son refugios minimalistas donde el lujo se mide en silencio. En contacto exclusivo con la naturaleza. Y en apenas cinco años, las llamadas originalmente «cabañitas del bosque» han pasado de ser una excepción con elevada ocupación y precios de cinco estrellas, a una oferta en expansión. Más cerca de playas, en pleno camino de Santiago, en miradores privilegiados hacia el atardecer... o pequeños nidos de diseño para mirar la lluvia desde dentro. El rural gallego ha encontrado en esta fórmula una nueva manera de vender desconexión, paisaje y sostenibilidad.
La paradoja es que ese producto tan reconocible para el viajero no existe como categoría propia. No hay etiqueta oficial que las defina. El registro oficial del sector turístico —más de 32.000 alojamientos en Galicia— no las distingue como tipología propia. Pero están ahí: se replican y se reservan con meses de antelación. Y, sobre todo, reconfiguran la idea de escapada en el rural gallego. Según el caso, estos proyectos se tramitan como campings, alojamientos rurales o viviendas turísticas. Pueden aprovechar en algunos casos suelo rústico.

Cabañas de Marín, al atardcer. / Fdv
Así, las cifras ayudan a dibujar el fenómeno. En Galicia operan hoy en torno a 35 y 40 complejos de cabañas de bosque o glamping de naturaleza en sentido estricto aunque el número de plazas es mucho mayor. Solo en el último lustro se han detectado entre 10 y 12 aperturas claramente documentadas, una cifra que asciende a 15 o 18 si se incluyen estas instalaciones vinculadas a glampings o campamentos turísticos con cabañas. Es decir, el bum en el último lustro, coincidiendo con el ansia de naturaleza que nos dejó el Covid, alcanza al menos un 30% de incremento de estas estructuras propias del anhelo infantil de dormir en un árbol.
No hay decenas de aperturas anuales. Pero sí una acumulación sostenida desde 2020: proyectos en A Fonsagrada, Carballo, Guntín, Esgos, Lalín o Navia de Suarna, entre otros. También en Oseira, en Cachamuíña, en Carnota. Cada uno pequeño en sí mismo. Todos juntos, una tendencia.
Posibles sobre terrenos rústicos
La arquitecta del Colegio Oficial de Arquitectos de Galicia (COAG) y responsable del área técnica del colegio, Lucía Fernández, lo explica sin rodeos: «La ley del suelo en Galicia permite muy pocos usos en suelo rústico. Dentro de los turísticos, básicamente hablamos de campamentos de turismo o rehabilitación de edificios existentes. Y ahí es donde entran estas cabañas».
La clave está en la interpretación: los proyectos se tramitan como campamentos turísticos, con unidades desmontables y baja ocupación. Aunque en la práctica, lo que el viajero reserva es otra cosa. «Son instalaciones pensadas como camping, pero con una ocupación muy reducida: ocho, diez o quince cabañas. La normativa está diseñada para una ocupación mucho mayor», apunta Fernández. El resultado es una tensión estructural: normativa pensada para macrocampings, aplicada a microcomplejos de alta gama.
Es decir, la facilidad relativa para instalarse en suelo rústico si se cumplen condiciones de superficie, accesos y seguridad o cualquier afección sectorial que el tipo de suelo pueda tener. Es, por ejemplo, especialmente relevante, la normativa contraincendios.
«En realidad el impacto sobre el territorio es menor porque hay pocas personas. No se generan grandes residuos ni ruido», explica Lucía Fernández. Aunque matiza: «Las instalaciones sí son más dispersas, porque cada cabaña tiene su propia dotación».
El fenómeno no se explica solo desde el urbanismo. También desde la economía del turismo.
Desde el Clúster de Turismo de Galicia lo interpretan como una evolución natural del sector: «Encajan con la tendencia del turismo sostenible y de naturaleza. No parece una moda pasajera, sino un cambio en el comportamiento del viajero que se está consolidando», señalan fuentes del organismo. La clave está en la experiencia inmersiva. El bosque como refugio emocional. Y Galicia, con su dispersión territorial, su masa forestal y su baja urbanización en amplias áreas rurales, se ha convertido en un escenario ideal.
Pero no solo hay demanda. También hay oportunidad.

Renata Lema, la directora de las cabañas de Outes pioneras en Galicia. / Lavandeira jr
Outes: el laboratorio pionero
En Serra de Outes, en la ría de Muros-Noia, está uno de los epicentros del fenómeno. Allí, Manuel Lema fue de los primeras en apostar por este modelo cuando aún no tenía nombre, y del que hoy ha cogido el testigo y su relevo Renata Lema Turnes. Antes de que el fenómeno se extendiese, hubo una intuición familiar: la de Lema, que de niño fantaseaba con vivir en una casa en un árbol y se escondía en el gallinero que su abuelo había levantado en altura para protegerlo de los zorros. Aquel recuerdo regresó años después, en 2008, durante un viaje a Brasil.
Hoy el proyecto que dirige Renata suma 62 cabañas distribuidas en nueve fincas, con capacidad para unas 250 plazas y un spa rural (« Spasinho»). Pero su relato no es el de una expansión improvisada, sino el de una evolución paulatina. «Empezamos en 2008 con una casa de turismo rural, Perfeuto y María, y con «Do Artesanato», la empresa familiar de turismo de naturaleza y las Cabanas de Carmen. Luego en 2012 construimos las primeras cabañas en los árboles», recuerda. Así nacieron las Cabaniñas do Bosque, alojamientos ecológicos, integrados en el paisaje y pensados para una experiencia íntima de desconexión. El proyecto recibió el Premio de Arquitectura 2020 del Consejo Superior de Colegios de Arquitectos de España, y muchas otras distinciones. A partir de ahí, el crecimiento fue encadenado: Barranco, Broña, Cabañas sen barreiras, Broña, Barreira, Albeira, Sacido, hasta llegar a nuevas incorporaciones en Carnota.
Su visión es casi artesanal del territorio: «Los proyectos se adaptan al lugar, no el lugar al proyecto», explica Lema Turnes. Hay una idea de fondo que atraviesa su discurso: el bosque no es decorado, es infraestructura. Eligen primero el lugar, el árbol... alrededor del que se teje todo y cobra sentido la ubicación. Y su negocio, dice, se basa en integrarse, no en transformar. Aprovechamiento de la luz natural, iluminación de bajo consumo, paneles solares térmicos, aerotermia, biomasa, cisternas de doble botón, compostaje y plantación anual de especies autóctonas. Esa recuperación del bosque autóctono está como principio: «Deforestamos eucalipto y recuperamos bosque caducifolio», explica.
En 2016 se incluyeron al proyecto cabañas adaptadas para todo tipo de discapacidad, incluida la visual. También hay una posición clara sobre el urbanismo: «Nosotros no construimos en suelo rústico. Creemos que hay otras formas de hacerlo. Nuestro objetivo es dejar el lugar mejor que como estaba».

Las cabañas ubicadas en Cachamuiña, conocidas como "miradores" en el concello ourensano de Pereiro de Aguiar. / FERNANDO CASANOVA
La nueva generación: sostenibilidad con recompensa
La última oleada llega con proyectos que ya no solo venden dormir en la naturaleza, sino una forma distinta de viajar. Uno de los ejemplos recientes es EcoCamp San Román, ocho cabañas ubicadas en el Camino Primitivo, entre Lugo y Melide. Detrás está el empresario gallego Jorge Martínez, de Suites Nature, que sitúa el origen del proyecto en una aceleradora de startups de la Xunta de Galicia en 2020.
«La idea inicial era un proyecto de turismo sostenible», explica. Desde el principio, añade, tenía claro que debía incorporar una parte de innovación tecnológica, además de salud, bienestar y turismo de naturaleza. El complejo lleva abierto desde 2024 y el grupo ultima ahora otro proyecto en Pontevedra.
Su planteamiento parte de una pregunta sencilla: «¿Vemos lógico que todos paguemos lo mismo por dormir una noche en un hotel?». A partir de ahí, Martínez defiende una tarifa bonificada para el viajero sostenible. No se trata solo de pedir al huésped que reutilice la toalla o ahorre agua. La idea es medir y recompensar comportamientos responsables: consumo local, visitas a recursos patrimoniales, participación en actividades del entorno o buenas prácticas durante la estancia.
La herramienta tecnológica, desarrollada con apoyo del ministerio a través Segittur, conecta al huésped con el establecimiento y gamifica la experiencia. El cliente recibe consejos en tiempo real sobre uso responsable del agua, productos locales o patrimonio cercano. Cada acción suma puntos. «El hotel debe ser un altavoz de los recursos que hay en la comunidad local», resume Martínez.
El ensayo ya ha dejado un dato revelador. Sobre unas 400 pernoctaciones en las cabañas de Lugo, se ofrecieron distintas recompensas: descuentos de cinco o diez euros para una siguiente estancia o la posibilidad de plantar un árbol. El 70% eligió el árbol. Para Martínez, esa respuesta confirma que «hay una tendencia real a buscar turismo sostenible de verdad después del Covid».
¿Moda o cambio estructural?
La pregunta sigue abierta. Para el sector turístico, no hay duda: es un modelo consolidado, alineado con nuevas formas de viajar. Para el urbanismo, es una figura híbrida que se apoya en interpretaciones normativas. Para los promotores, es una oportunidad de negocio en expansión. Para el territorio, la respuesta es más compleja.
Está en juego no solo cuántas cabañas se construyen en el bosque, si no qué tipo de bosque se está construyendo alrededor de ellas. Y sobre todo, cómo quedará después.
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