Entrevista | Augusto Santos Silva Expresidente de la Asamblea de la República y exministro de Asuntos Exteriores de Portugal
«Nuestra prioridad número uno es la conexión Lisboa-Oporto en tren para después llegar hasta Vigo»
El veterano político asegura que «la desconfianza histórica entre Portugal y España está completamente superada»
Conocido por sus enfrentamientos con Chega en la cámara, asegura que «es preciso combatirla» ya que aunque «no puede llegar al poder solo», sí que «puede influir en la agenda del Gobierno»

Augusto Santos Silva durante el Foro La Toja de Lisboa este miércoles / Foro La Toja

Pocas voces han vivido y protagonizado de tal forma en primer persona toda la integración europea de Portugal. Augusto Santos Silva (Oporto, 1956) participó este miércoles 29 de abril en una mesa redonda del Foro La Toja de Lisboa, donde aseguró que «es imposible cumplir con el 5% de inversión en defensa sin sacrificar el modelo social europeo». El exministro de Asuntos Exteriores (2015-22) y expresidente de la Asamblea de la República (2022-24) analiza con FARO la situación de las relaciones bilaterales y el contexto político de su país.
Pregunta. +¿Cómo evalúa el grado de integración real de Portugal en la Unión Europea? ¿Sienten hoy los portugueses una buena pertenencia emocional y política a Europa?
[[Respuesta de Augusto Santos Silva]]. —Sí. Creo que la historia de la integración europea de Portugal es una historia bien lograda. La integración europea fue la etapa lógica posterior a la revolución democrática. Los cambios que se pueden ver en Portugal son evidentes. Hemos procurado integrarnos en todos los pasos de una mayor integración europea: Schengen, el euro… Y lo hemos hecho en conjunto con España. Una de las primeras y principales consecuencias de la integración de los dos países fue que pasaron a actuar juntos. Las dos economías están hoy muy integradas, y eso se nota mucho. Por tanto, creo que el balance es muy positivo para Portugal.
+ Usted, además, procede del norte de Portugal, de esa gran eurorregión con Galicia. ¿Qué influye más: el sentimiento europeo entre Galicia y el norte de Portugal, o esa relación entre Galicia y el norte de Portugal para favorecer el sentimiento europeo?
—Hay una relación histórica entre las dos regiones, el norte de Portugal y Galicia, que creo que perdura mucho en la conciencia de los portugueses. Además, la integración de las dos economías es bastante fuerte en el norte de Portugal, porque hay muchas personas que viven a un lado de la frontera y trabajan al otro. Hay todo un sector industrial portugués que trabaja, por ejemplo, para la Citroën de Vigo, para las fábricas de automóviles gallegas. Y también se ve con la multiplicación de los matrimonios mixtos, de las familias mixtas. Si me permite expresarlo con un ejemplo paradigmático para mí, recordaría que, cuando fue la pandemia de la COVID-19 y tuvimos que cerrar la frontera terrestre entre Portugal y España, una de las reacciones más fuertes que recibimos fue justamente de los municipios del norte de Portugal. Nos hicieron ver que el cierre de la frontera terrestre significaba complicar mucho la vida de cientos de miles de personas que estaban habituadas a cruzar, a ir de Portugal a España o de España a Portugal, de forma cotidiana.

Augusto Santos Silva durante su intervención en el Foro La Toja de hoy jueves en Lisboa / Tiago Petinga
+ También hay una desconfianza histórica en la relación desde Portugal. «De Espanha, nem bom vento, nem bom casamento» El mejor ejemplo parece el tren de Alta Velocidad entre Madrid y Lisboa o Vigo y Oporto. Muchos años de promesas pero sigue sin fraguarse.
—Mi opinión es la siguiente: creo que la desconfianza histórica está completamente superada. En lo que respecta a las conexiones por carretera, hoy son evidentes y muy fáciles de atravesar. En cuanto a las líneas ferroviarias, hay un problema de atraso muy significativo de Portugal en relación con España. Nosotros invertimos mucho en autopistas y no invertimos, o invertimos muy poco, en ferrocarril. Al contrario que España, que montó una red de alta velocidad impresionante y que funciona muy bien. Hemos procurado recuperar ese atraso usando el ferrocarril como España lo hizo: para conectar varias partes del territorio portugués. Por eso nuestra prioridad número uno es la conexión Lisboa-Oporto, para después llegar por Braga hasta Vigo. La conexión con Madrid es menos prioritaria para Portugal. Nosotros no tenemos, como comprende, interés en una conexión directa con Madrid que perjudicaría, por ejemplo, al aeropuerto de Lisboa. Y sí tenemos todo el interés en multiplicar las conexiones con España, especialmente aquellas que son complementos naturales, continuidades naturales de nuestras propias conexiones. Esa es la razón fundamental.
+ ¿Llegaremos a ver algún día esa conexión ferroviaria?
—Sí, creo que sí. Y espero que sí, porque hace 50 años que hago constantemente la conexión Oporto-Lisboa.
+ Usted fue además una de las personas más importantes de los gobiernos de António Costa desde 2015. La «geringonça» fue una experiencia singular por los acuerdos a la izquierda y por los avances del país, que sirvió también como ejemplo para España. ¿Cuál es su balance de esa fase?
—Mi balance es muy positivo. Conseguimos una cosa que España también consiguió, pero nosotros logramos derribar un mito: el mito según el cual solo las políticas de austeridad podían equilibrar las finanzas públicas. En esos ocho años de gobiernos de António Costa conseguimos, al mismo tiempo, hacer crecer la economía, hacer crecer los ingresos de las familias, disminuir nuestra deuda pública y llegar incluso a saldos presupuestarios positivos. Eso fue muy importante, porque existía aquel mito según el cual solo provocando una recesión se podían equilibrar las cuentas públicas, lo que es profundamente erróneo. Esa fue la principal consecuencia económica y social. Desde el punto de vista político, fue la primera experiencia de unidad de la izquierda en Portugal. También fue un muro que se superó y tuvo consecuencias. La última de ellas, si me permite recordarlo, fue esta elección para presidente de la República en Portugal. En la segunda vuelta, los candidatos eran un antiguo líder del Partido Socialista y el líder actual de la extrema derecha, del Vox portugués, que se llama Chega. Toda la izquierda se unió en torno a António José Seguro, que acabó venciendo, y una parte bastante grande del electorado de centroderecha también votó por él. Eso tuvo como consecuencia que venciera con el mayor resultado de siempre, la mayor votación de siempre: el 66,84% de los votos fueron para António José Seguro. Y eso fue también, en mi opinión, una consecuencia de haber retomado, en los tiempos de António Costa, el diálogo —difícil, pero necesario— entre las varias fuerzas de la izquierda portuguesa.
«Hay un gran riesgo para la democracia: la judicialización de la política o lawfare»
+ ¿Cómo vivió la salida del poder del partido Socialista por la 'Operación Influencer'? ¿Cree que fue justa?
—Tengo una opinión muy firme y poco diplomática. Entiendo que hoy hay un gran riesgo para la democracia: la judicialización de la política o la politización de la justicia. Aquello que en inglés se llama cada vez más lawfare. Como se ve hoy también en España con la persecución a la mujer de Pedro Sánchez y con la persecución a Pedro Sánchez por esa vía. Evidentemente, grandes organizaciones como la Iglesia católica, los grandes partidos políticos, el Estado, las grandes empresas o las universidades están sujetas a riesgos de corrupción. Yo no lo niego. En mi propio partido ya hemos tenido casos de esos. Pero comunicar al país que hay un proceso penal, abrir un proceso penal contra un primer ministro en funciones, como ocurrió en Portugal en noviembre de 2023, provocando la caída del Gobierno, y que dos años y medio después no haya siquiera una presentación pública de indicios, no haya una acusación, mucho menos un juicio, es algo que no es aceptable en democracia. Eso significa una violación del principio de separación de poderes, no por parte del poder político, sino por parte del poder judicial. Como ve, mi opinión es muy clara y muy frontal.
+¿Quién cree que estuvo más acertado: el primer ministro António Costa dimitiendo o el presidente del Gobierno Pedro Sánchez siguiendo?
—Creo que António Costa fue incluso el último primer ministro de los países democráticos europeos en dimitir porque se abrió contra él un proceso penal. Lo que ocurre es que, más de dos años después, se verifica que ese proceso penal no tenía fundamento, porque han pasado dos años y no hay un hecho que haya sido aportado. Por tanto, creo que la posición más lógica de un político hoy es esperar hasta saber si hay realmente una acusación formal validada por un tribunal. Comprendo la actitud de António Costa. Él salió para que el Partido Socialista pudiera nombrar otro primer ministro y para que no hubiera ninguna sospecha sobre el primer ministro en funciones. Como sabe, infelizmente, el entonces presidente no aceptó esa designación, convocó elecciones y nosotros perdimos las elecciones. Creo incluso que hay una relación evidente entre la interferencia de agentes judiciales en la vida política democrática en Portugal y el crecimiento de la extrema derecha, con una representación parlamentaria de una dimensión que no tenía.
+Usted tuvo además un papel muy importante y muy activo como presidente de la Asamblea de la República frente a Chega, llegando incluso a chocar en algunas sesiones con el partido de extrema derecha. ¿Cuáles deberían ser los límites o las líneas rojas que no puede traspasar la democracia frente a Chega? ¿Cómo se puede actuar contra ellos?
—Mi línea de acción fue siempre muy simple y muy clara. Cuando un diputado, cualquiera que sea, intenta impedir que las sesiones de la Asamblea de la República, del Parlamento, transcurran normalmente; cuando un diputado insulta en pleno Parlamento al presidente de la República de un país amigo, como era Brasil, invitado a intervenir en el Parlamento por el Parlamento portugués; cuando cualquier diputado produce discurso de odio en el pleno, por ejemplo, diciendo que los gitanos eran asesinos o que los inmigrantes estaban aquí para robar a los portugueses, creo que el deber básico de quien preside la sesión, del presidente del Parlamento, es dejar claro que ese discurso de odio no es aceptable. Y también dejar claro que esa no es la posición de la mayoría del Parlamento. Siempre que lo hice, además, recibí el aplauso no solo de mi partido, sino de muchos demócratas que, como yo, creen que las reglas de decencia, de cortesía y de cordialidad democrática son obligatorias para todos, y no solo para los partidos democráticos.
+Desde Galicia, Portugal ha sido presentado muchas veces como ejemplo de país que supo superar el fascismo y construir una democracia estable y europeísta. ¿Cree que Portugal está curado definitivamente de ese legado o, por el fuerte crecimiento de Chega, aún existe un riesgo real de que la extrema derecha pueda llegar al poder?
—Chega no puede llegar al poder en Portugal solo, como muestran los resultados de las elecciones tanto al Parlamento como a la presidencia de la República. Un partido como Chega, con un 23% en las últimas elecciones parlamentarias y cuyo líder tuvo un 33% en la segunda vuelta de las elecciones presidenciales, no tiene fuerza política suficiente para llegar al Gobierno por sí mismo. Ahora, lo que temo es que, aunque no esté en el Gobierno, pueda influir en la agenda del Gobierno. Creo que eso ya ocurre hoy en Portugal. También temo que, como sucede en países como Italia, Suecia, los Países Bajos y otros lugares, la extrema derecha llegue al Gobierno en alianza con el centroderecha, con la derecha democrática. Por tanto, mi problema no es Chega, que creo que no crecerá mucho y que no tiene el apoyo de la mayoría de los portugueses. Además, el tipo de prejuicio y de violencia que proclama es muy poco compatible incluso con el fondo cultural y religioso de la sociedad portuguesa. Pero sí temo que la derecha democrática no sea tan firme como debe ser contra la extrema derecha, el populismo, el nacionalismo e incluso el racismo.
+¿Quién tiene más que hacer para evitar ese ascenso: el centroderecha, la izquierda colaborando o los ciudadanos?
—Creo que hoy estamos en un momento en el que son necesarias actitudes claras. Es preciso combatir a la extrema derecha. Es preciso combatir el trumpismo. Es preciso combatir a todos aquellos que quieren destruir la democracia desde dentro, y no hay que tener ilusiones sobre eso. Es un combate político, un combate político democrático, naturalmente, pero es un combate político que, como se dice en portugués —no sé si se dice así en español—, debe ser sin cuartel, es decir, sin ambigüedades. Es un combate: si gano yo, pierden ellos; si ganan ellos, pierde la democracia. Y ese combate significa también la capacidad de que, en muchos asuntos que tocan el hueso de la Constitución democrática, el centroizquierda y el centroderecha sepan converger y trabajar juntos.
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