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Medio ambiente

Los megaincendios y la desaparición de las aves agrarias comparten un origen común

Galicia entra en una nueva fase ecológica: incendios de tamaño inédito, abandono del territorio y pérdida de avifauna ligadas al mosaico agrario

La ciencia aún no sabe cómo responderá la biodiversidad tras cuatro fuegos de más de 20.000 hectáreas, pero empieza a medirlo

Actividad ornitológica de avistamiento de aves en Galicia.

Actividad ornitológica de avistamiento de aves en Galicia. / GONZALO NUNEZ

Elena Ocampo

Elena Ocampo

Vigo

La desaparición de las aves agrarias y los megaincendios que arrasan Galicia tienen un origen común: el abandono de la actividad agraria y de pastoreo. O mejor dicho, el abandono de las aldeas. Un fenómeno que no solo ocurre en Galicia, aunque en nuestra comunidad está tan extendido y acarrea la pérdida de población del mundo rural. El mismo «combustible» que hace arder el monte —aldeas vaciadas, tierras sin manejo, pastos abandonados y matorral continuo— es también el que expulsa a muchas aves de los lugares donde antes nidificaban.

La pérdida de usos agrícolas y pastorales, iniciada a mediados del siglo pasado, ha ido borrando el mosaico tradicional de cultivos, prados, lindes, claros y pequeñas parcelas que sostenía buena parte de la biodiversidad rural. Ahora, ese proceso se intensifica con los incendios de nueva generación: fuegos de enorme tamaño y severidad que no solo queman el paisaje, sino que abren una incógnita sobre la capacidad real de la flora y la fauna gallegas para recuperarse. «Se pierden porque se ha perdido el uso agrario», sostiene Regos sobre la eliminación de los mosaicos tradicionales donde prosperaban muchas aves de medios abiertos.

Esa incógnita es, precisamente, la que intenta medir «Galifire». El proyecto de ciencia ciudadana impulsado por el grupo de Ecología del Paisaje de la Misión Biológica de Galicia, del CSIC, nace para seguir durante años la evolución de las comunidades de aves en las zonas afectadas por los grandes incendios del pasado verano, especialmente en Ourense.

No se trata solo de contar pájaros tras el fuego, sino de saber hasta dónde llegan los efectos de los megaincendios sobre especies insectívoras, granívoras, forestales o ligadas al matorral; cuánto tardan en regresar; cuáles desaparecen; cuáles colonizan los nuevos hábitats quemados; y si la recuperación de la vegetación basta para recomponer las funciones ecológicas que las aves desempeñan en el territorio.

Dicho de otro modo: los grandes incendios que arrasaron Galicia no terminaron cuando se apagaron las llamas. Para la biodiversidad, el incendio empieza ahora: en la primavera posterior, cuando las aves buscan territorio, alimento, refugio y lugares de cría en paisajes que han cambiado de golpe tras sufrir al menos cuatro incendios de más de 20.000 hectáreas, una escala inédita en Galicia.

No son solo especies con nombres irreconocibles en latín para los neófitos. Algunas aves estivales, como la andoriña o anduriña cuentan con un ideario tan arraigado en nuesta cultura gallega (como «ave de la casa», de la primavera y de buen agüero, donde se la respeta, se la considera protectora del hogar donde cría, y destruir su nido se veía como algo funesto). Tanto es así, que llega a ser protagonista de coplas tradicionales: «Andoriña, voa, voa / que che hei de dar pan e boroa», dice una de las más populares.

Seguimiento a través del canto de las aves

«La magnitud de los megaincendios ocurridos el verano pasado en Ourense supera la capacidad de seguimiento in situ de cualquier institución», advierte Adrián Regos, investigador responsables de «Galifire» en la MBG-CSIC, junto a Fernando García. Por eso han lanzado un llamamiento a asociaciones ornitológicas, entidades de conservación y personas con experiencia en identificación de aves, especialmente a través de sus cantos. «Esta acción constituye, a su vez, el primer programa de ciencia ciudadana orientado al seguimiento sistemático de aves tras grandes incendios en Galicia», destacan.

Una de las vistas generales tras los incendios del pasado verano.

Una de las vistas generales tras los incendios del pasado verano. / Cristina Fernandez Filgueira

El trabajo se centrará de forma preferente en las áreas quemadas de Ourense, donde se registraron los incendios de mayor extensión documentados en Galicia desde que existen registros instrumentales. «Galifire» se apoyará en estaciones de escucha: durante cinco minutos, las personas participantes registrarán todas las aves vistas u oídas en un radio de 100 metros. Los censos se realizarán entre mediados de abril y finales de junio, en plena época reproductora. Es el periodo más sensible: nidificación, cría y llegada de muchas especies estivales. En ese momento, la presencia o ausencia de aves permite leer el estado real del hábitat.

Termómetro ecológico

La pregunta científica es sencilla de formular y difícil de responder: ¿qué ocurre con las aves cuando arden extensiones tan grandes que la recolonización natural puede quedar comprometida? «Desconocemos el impacto que puede tener», resume Regos. Hasta ahora existían seguimientos en áreas concretas, como el Xurés, pero no un programa sistemático a escala gallega para evaluar qué pasa después de megaincendios de esta magnitud.

Las aves son un termómetro ecológico porque ocupan funciones distintas. Hay insectívoras que regulan poblaciones de invertebrados; granívoras que consumen y dispersan semillas; especies como el arrendajo, que contribuyen a dispersar bellotas de carballo; carpinteros que abren cavidades que luego aprovechan otras aves; y carroñeras que eliminan materia orgánica. Cuando desaparecen, no se pierde solo una lista de especies: se debilitan procesos ecológicos completos.

El caso de la curruca rabilarga ilustra la complejidad. Es una especie asociada al matorral, común en Galicia pero vulnerable en determinados contextos, que puede desaparecer de grandes superficies justo después del fuego. Sin embargo, también puede alcanzar picos de abundancia en parches quemados cuando la vegetación se recupera, seis o nueve años después. Es, según Regos, una especie ligada a la sucesión vegetal. La cuestión es si ese patrón seguirá funcionando cuando el área quemada ya no son unas laderas dispersas, sino decenas de miles de hectáreas continuas.

Ese diagnóstico local encaja con la señal de fondo que llega desde Europa. Un estudio publicado en Conservation Biology, liderado por el CREAF, el Institut Català d’Ornitologia y el CTFC, con participación del CSIC, ha modelizado la distribución de aves agrarias en Europa mediante mapas de 10 × 10 kilómetros y ha comparado dos periodos: 2013–2017 y 2018–2022.

Galicia no aparece desglosada como unidad propia, pero sí integrada en la cartografía europea dentro de la región amplia denominada «southwestern». El trabajo permite hablar de una tendencia negativa en el suroeste europeo, aunque no cuantificar una pérdida gallega específica sin acceder a las capas completas. El resultado continental es contundente: de las 43 especies con estimaciones fiables, 33 —el 77 %— redujeron su distribución, nueve aumentaron y una permaneció estable.

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