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Industria cervecera

Galicia se postula como refugio del lúpulo ante el cambio climático

Un estudio de la USC evalúa por primera vez el impacto ambiental de su cultivo en la comunidad, más resiliente ante las olas de calor que amenazan la producción española

Planta del lúpulo.

Planta del lúpulo. / CARLOS PARDELLAS

Santiago

España es una de las grandes potencias cerveceras del continente, pero apenas cosecha su materia prima: el lúpulo. Produce al año algo más de 40 millones de hectolitros de esta bebida, lo que deja al país solo por detrás de Alemania, que dobla esta cifra; pero en cuanto al cultivo de lúpulo, la adelantan también otros países como República Checa, Polonia o Eslovenia. En 2023, de hecho produjo aproximadamente 905 toneladas de lúpulo, que cubre cerca del 22% de las necesidades del sector cervecero español, poco menos de la cuarta parte.

Esa producción, además, depende de un solo lugar: más del 90% del lúpulo español sale de la provincia de León. Y Galicia, pese a contar con una industria cervecera de peso, apenas aportó 15,7 toneladas ese año. Una cifra que podría cambiar si el cambio climático termina poniendo en valor lo que Galicia siempre ha tenido: lluvias frecuentes y temperaturas moderadas, condiciones que la hacen más resiliente que León ante las olas de calor que amenazan cada vez más los cultivos de lúpulo en el país.

En este contexto, un estudio firmado, entre otros, por investigadores de la Universidade de Santiago de Compostela y publicado el pasado marzo en la revista Environmental Science and Pollution Research evalúa por primera vez el impacto ambiental del cultivo del lúpulo en Galicia y su potencial como alternativa sostenible. Y lo hace con una premisa histórica de respaldo: Galicia no es una región ajena a este cultivo. En los años 60 llegó a contar con 236 hectáreas dedicadas al lúpulo, y si las abandonó no fue por el clima ni por la tierra, sino por los vaivenes de la política agraria española.

Para ello, los investigadores analizaron en detalle la finca de la cooperativa LU.TE.GA. en Abegondo, A Coruña, con datos reales aportados por los propios agricultores, y aplicaron modelos que abarcan todo el territorio gallego. El resultado es un diagnóstico completo del cultivo a lo largo de sus 20 años de vida útil: cuáles son sus puntos críticos ambientales, qué está funcionando bien y qué palancas habría que mover para hacer de Galicia una región lupulera competitiva y sostenible.

El análisis identifica el riego como el principal talón de Aquiles del cultivo: la planta tiene una alta demanda de agua y el sistema actual depende de bombas diésel con un consumo energético elevado. Le siguen los fertilizantes nitrogenados y los agroquímicos asociados. En conjunto, producir un kilo de lúpulo seco genera aproximadamente 3 kg de CO₂, una cifra que los autores consideran mejorable con medidas concretas: usar agua regenerada, sustituir las bombas diésel por sistemas eléctricos o solares, o reducir el uso de maquinaria mediante cubiertas vegetales y control biológico de plagas.

Pero el balance general no es malo. La erosión del suelo en Galicia es excepcionalmente baja, casi un 88% inferior a la media nacional, y los modelos de este estudio, que abarcan todo el territorio gallego, confirman ese patrón. Tanto, que el coste estimado de controlar la erosión a lo largo de los 20 años de vida del cultivo es de apenas 838 euros, menos del 0,5% de los ingresos generados. Además, los residuos vegetales actúan como sumidero de carbono, compensando cerca del 40% de las emisiones del primer año, y el entorno de las plantaciones muestra una presencia constante de polinizadores en primavera y verano, señal de que el cultivo no deteriora el ecosistema circundante y que abre la puerta a estrategias de control de plagas más naturales.

Un dato resume bien la oportunidad: se necesita apenas un gramo de lúpulo para producir un litro de cerveza. Relanzar el cultivo en Galicia no requeriría grandes superficies para tener un impacto significativo en la industria local. En un escenario de cambio climático en el que la España atlántica apunta a ser más resiliente que el interior, recuperar una larga tradición lupulera y un perfil ambiental prometedor puede ser una de las apuestas más sensatas que tiene por delante la industria cervecera española.

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