Medio rural
Los gallegos compran más productos ecológicos, pero su campo aún no le sigue el paso
Galicia solo dedica el 4% de su superficie agraria útil a «eco», muy por debajo de la media estatal del 12,3%
Es la quinta comunidad por gasto total en productos ecológicos, con un gasto per cápita de 89 euros, según un informe de Ecovalia
Concentra el 8,25% de la actividad ganadera ecológica del país, solo por detrás de Andalucía y Cataluña

Campos sembrados de la planta Brassica napus, para hacer aceite en A Coruña. / M. Dylan

Los gallegos están a la cabeza de España entre los que más gastan en alimentos ecológicos, según un informe de Ecovalia a partir de datos oficiales de 2025 del Ministerio de Agricultura, Pesca y Alimentación (MAPA). Además, la comunidad mantiene un peso notable en la ganadería eco, pero sigue lejos de la media española en superficie agraria ocupada por cultivos ecológicos. Desde la Xunta y el Craega subrayaron recientemente que la superficie inscrita creció un 2,68% en 2025 y preparan un plan de promoción para 2026.
Galicia aparece en el nuevo mapa de la producción ecológica española como una tierra de contrastes. No porque falte interés social ni porque el mercado vaya rezagado, sino precisamente por lo contrario: el consumo ya avanza más deprisa que la base agraria. Eso es, al menos, lo que se desprende del informe anual de Ecovalia, que sitúa a la comunidad con solo el 0,9% de la superficie ecológica española y con apenas un 4% de su superficie agraria útil dedicada al ecológico, muy por debajo del 12,3% de media nacional. Sin embargo, al mismo tiempo, Galicia figura entre las cinco comunidades con mayor gasto total en productos ecológicos, con 243 millones de euros.
¿Cuánto nos gastamos por habitante?
Siguiendo los datos del citado estudio, el consumo por habitante es de 89 euros, frente a los 66 de la media española. Es decir, el comprador gallego gasta casi un 35% más que el promedio del país. O dicho de forma más sencilla: Galicia ya compra como un mercado ecológico maduro.
Ese patrón no nace de la nada. Tiene que ver con una cultura alimentaria muy arraigada, con la importancia que la población concede al origen y a la calidad del producto y con una sensibilidad creciente hacia la salud y el medio ambiente. Pero el interés del caso gallego no se agota en el consumo. También hay un segundo dato que obliga a mirar con más detalle: la comunidad concentra el 8,25% de la actividad ganadera ecológica española, (con el sello Ternera gallega como estandarte, por ejemplo) y una cuota muy superior a su escaso peso en superficie agraria ecológica.
Ahí aparece una de las claves del perfil gallego dentro del sector: menos músculo en extensión certificada y más fortaleza en actividades ganaderas y en cadenas de valor ligadas al territorio.
Tendencia al alza
A ese diagnóstico se suma ahora la posición expresada por la Administración gallega y por el propio Craega. El director da Axencia Galega da Calidade Alimentaria, Martín Alemparte, participó hace una semana en la reunión del Pleno del Consello Regulador da Agricultura Ecolóxica de Galicia, donde se evaluó la situación actual del sello. En ese encuentro se puso sobre la mesa que la superficie inscrita bajo el distintivo ecológico creció un 2,68%, al pasar de 45.460 hectáreas en 2024 a 46.677 en 2025, un dato que, según se trasladó en la comparecencia, confirma la tendencia al alza de este régimen productivo.
En esa misma reunión también se abordó el programa de promoción previsto para 2026, diseñado con el objetivo de impulsar la comercialización de los productos ecológicos dentro y fuera de Galicia y, al mismo tiempo, dar a conocer este tipo de elaboraciones entre los consumidores. La lectura que deja esa comparecencia es clara: la Xunta quiere reforzar la producción, pero también la salida comercial y la visibilidad de la marca ecológica gallega.
La pregunta es por qué una comunidad que ya ha demostrado capacidad de consumo y una base relevante en ganadería eco sigue tan lejos de la media estatal en superficie agraria transformada. La respuesta no cabe en una sola causa. Probablemente se cruzan aquí varios factores: la fragmentación de la tierra, la dificultad para acceder a fincas de tamaño suficiente, la inversión que exige la conversión, la necesidad de más transformación industrial cercana y la eterna pelea por lograr escala comercial sin perder valor añadido. Esa tensión entre demanda creciente y oferta todavía insuficiente es, seguramente, el verdadero nervio de la cuestión.
El informe deja claro que el ecológico español sigue muy marcado por comunidades con gran superficie certificada. Sin embargo, cuando se observa el gasto, la comunidad se coloca en el grupo de cabeza: por detrás de Cataluña, Andalucía, Madrid y la Comunidad Valenciana, pero ya en quinta posición. Es decir, Galicia consume como una comunidad fuerte, aunque todavía no produce en proporción a esa demanda interna. La diferencia entre una opción y otra no es retórica: implica empleo, fijación de población rural, más valor añadido dentro del territorio y una menor dependencia de producto ecológico procedente de fuera.

Alemparte, director de la Axencia galega de calidade alimentaria / Xunta
El director da Axencia Galega da Calidade Alimentaria ve margen de crecimiento en el ecológico gallego
La producción ecológica gallega mantiene una evolución positiva y todavía dispone de un amplio margen de crecimiento, aunque su consolidación dependerá de que ese avance vaya acompañado de una mayor demanda. Esa es la lectura que hace el director de la Axencia Galega da Calidade Alimentaria (Agacal), Martín Alemparte, quien defiende que Galicia cuenta con potencial para seguir ganando peso en este ámbito, pero insiste en que el desarrollo del sector no puede desligarse del comportamiento del mercado.Según explica, en el último año crecieron tanto la superficie inscrita como el valor económico de la producción ecológica en la comunidad. La estimación de facturación, señala, ha pasado de 113 millones de euros en 2024 a unos 118 millones, una evolución que, a su juicio, confirma la tendencia ascendente de la actividad.
Con todo, Alemparte pide no quedarse en una lectura superficial de los datos. «No podemos ceñirnos solamente a la superficie; lo que interesa es lo que se produce en ecológico», afirma. En su opinión, la variable de las hectáreas inscritas puede resultar llamativa, pero no siempre refleja por sí sola la realidad productiva del sector. Por eso defiende analizar de forma conjunta la superficie certificada, la producción real y el valor económico que esta genera.
Ese matiz cobra especial importancia al comparar Galicia con otras comunidades autónomas en las que existen grandes extensiones registradas en ecológico. El responsable de la Axencia recuerda que una mayor superficie no implica necesariamente una producción más intensa ni un mayor rendimiento, por lo que considera más útil atender al resultado efectivo de esa actividad que al dato aislado de las hectáreas.
En ese contexto, Alemparte introduce también cautela al valorar algunas estadísticas estatales sobre consumo y negocio ecológico en Galicia. Aunque admite que esos informes pueden servir para dibujar tendencias, cuestiona su precisión cuando se desciende al detalle. «Son buenos datos, pero no son oficiales», resume. A su entender, algunas cifras publicadas sobre gasto, volumen de negocio o consumo ecológico no coinciden con los registros reales que se obtienen en Galicia a través de la certificación efectiva de productos.
Por ello, sostiene que, cuando se trata de afinar el análisis, conviene acudir a las fuentes oficiales del sistema gallego de control de la producción ecológica, ya que son las que permiten conocer con mayor exactitud la dimensión real del sector en la comunidad.
Alemparte también vincula la distinta evolución interna del ecológico gallego a las dificultades que encuentran algunos subsectores para asentarse. Frente al mejor comportamiento de la ganadería, en ámbitos como la huerta o la fruta siguen pesando factores como las exigencias técnicas, la carga burocrática o la incertidumbre sobre la rentabilidad final. En muchos casos, apunta, el problema no radica solo en producir bajo criterios ecológicos, sino en lograr que ese esfuerzo obtenga después una recompensa suficiente en el mercado.
Ahí sitúa precisamente uno de los principales frenos para el crecimiento del sector. «Tenemos superficie, pero no se está dedicando a ecológico porque realmente todavía no hay una demanda muy importante», señala. En su opinión, mientras el consumidor no valore de forma más clara el diferencial de estos productos y no esté dispuesto a asumir un precio algo superior al del convencional, muchos productores seguirán mostrando reticencias a dar el salto o a ampliar su actividad certificada.
De hecho, advierte de que ya existen agricultores y ganaderos que aplican prácticas muy próximas a la producción ecológica, pero optan por no certificarse para evitar las dificultades añadidas del proceso o porque no perciben un retorno económico suficiente. Esa falta de incentivo, sostiene, limita la expansión del modelo.
Por eso, Alemparte defiende que el impulso del ecológico debe sostenerse sobre una doble estrategia: acompañar al sector productor y, al mismo tiempo, reforzar la información al consumidor. «Todo esto tiene que ir alineado», afirma. A su juicio, solo con más divulgación, más concienciación y una demanda más sólida podrá trasladarse al mercado el valor añadido de unos productos que, recalca, incorporan métodos de producción diferenciados y mayores exigencias en su elaboración.
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