Entrevista | José Manuel Castro Tubío Investigador y líder de un equipo del CiMUS
«Sospechamos que el tabaco y el alcohol hacen saltar fragmentos de ADN y pueden estar en el origen de un tumor»
Un equipo gallego ha colocado en Science un hallazgo que puede cambiar la forma de entender el cáncer
El líder del grupo del CiMUS, José Tubío, se muestra razonablemente optimista con el futuro, si se incrementan los recursos: «Un objetivo razonable sería poder curar el 70% de los tumores en diez años»

Jose Tubío, tras una clase sobre los fragmentos de ADN. / Fdv
Publicar en Science es excepcional. Hacerlo con un trabajo desarrollado en su mayor parte en Galicia lo es todavía más. El investigador José Tubío lidera un equipo del CiMUS, de la USC y firmará un hallazgo con otros 17 investigadores de su grupo y colaboraciones internacionales que gira la forma de entender el cáncer: ciertos fragmentos móviles del ADN, los conocidos como «genes saltarines», no serían solo una consecuencia del caos genético del tumor, sino que pueden actuar desde el inicio mismo de la enfermedad. Mañana verá la luz la versión final del artículo en la revista de mayor impacto científico.
Para situar al lector, ¿qué han descubierto exactamente?
Nuestro material genético, nuestro ADN, no es estático. Tiene capacidad para moverse. Eso ya se sabía. Lo que no se sabía bien era qué papel jugaban esas piezas móviles del genoma, esos fragmentos de ADN que pueden cambiar de sitio. En este trabajo vemos que esas piezas no solo pueden generar más mutaciones de las que pensábamos, sino que además pueden activarse muy pronto, en los orígenes del tumor, e incluso causarlo.
¿Por eso dice que cambia la forma de entender cómo se origina un cáncer?
Exactamente. Hasta ahora se pensaba que estas piezas móviles se activaban cuando el tumor ya estaba evolucionado, en fases medias o avanzadas. Eso puede seguir ocurriendo, pero nosotros vemos que también se activan al principio. Y a veces el movimiento de esas piezas móviles causa cáncer.
Se habla de «genes saltarines», de «fragmentos móviles» del ADN o incluso de restos de antiguos virus. ¿Cómo se podría traducir a un lenguaje más simple?
Es como una pieza de un puzzle que sacas de un sitio y colocas en otro. Al hacerlo, alteras la estructura del puzzle. Pues en el genoma pasa algo parecido. Hay fragmentos de ADN que tienen capacidad para copiarse o moverse e insertarse en otro lugar. Y cada vez que eso ocurre, mutan el genoma.
Es decir, no serían un simple efecto colateral del cáncer.
Eso es. No son solo una consecuencia del caos genético del tumor. También pueden ser uno de los motores de ese proceso, y además desde el principio. Ese es el gran cambio de perspectiva.
¿Qué fue lo que más les sorprendió al analizar los datos?
Que la variedad de mutaciones que estas piezas móviles pueden provocar es mucho más amplia de lo que pensábamos. No solo saltan e insertan nuevas copias, sino que pueden alterar la estructura de los cromosomas de formas que no conocíamos. Por ejemplo, pueden favorecer intercambios de material genético entre cromosomas distintos, lo que llamamos translocaciones, y eso es importante en cáncer.
¿En qué tumores han visto con más claridad este fenómeno?
Fundamentalmente en cuatro tipos de cáncer: esófago, pulmón, colorrectal y cabeza y cuello, sobre todo tumores orales. Ahí es donde este mecanismo aparece más activo.
¿Y por qué eso es relevante desde el punto de vista clínico?
Porque el cáncer es una enfermedad genética. Cuanto mejor conozcamos los mecanismos que usa para surgir y progresar, mejor podremos diagnosticarlo, prevenirlo y tratarlo. Cuando descubres un mecanismo así, siempre piensas en esos tres niveles: diagnóstico, prevención y tratamiento.
¿Qué puede aportar en diagnóstico?
Puede ayudar a caracterizar mejor un tumor. Diagnosticar no es solo detectar que hay un cáncer, sino saber qué tipo es, qué rasgos tiene, cómo se comporta. Si un tumor presenta esta actividad de secuencias móviles, eso añade información valiosa.
Usted apuntó también a la prevención.
Sí. Lo siguiente es averiguar qué hace saltar estas piezas móviles. Y ahí sospechamos que puede haber factores ambientales importantes.
Entre ellos, el tabaco y el alcohol.
Sí. Sospechamos que el tabaco y el alcohol hacen saltar fragmentos de ADN y pueden estar en el origen de un tumor. No es casualidad que este fenómeno aparezca sobre todo en órganos muy expuestos al ambiente, a lo que respiramos o ingerimos, como el pulmón, el esófago o el colon. Ahora hay que demostrar con más detalle qué sustancias favorecen esos saltos.
¿Ese sería uno de los grandes caminos que abre el hallazgo?
Sin duda. Si sabes qué activa esos mecanismos, puedes intentar prevenirlos. Y si sabes cómo funcionan, puedes intentar frenarlos.
¿Estamos hablando ya de posibles tratamientos?
Ya hay estudios en marcha para identificar moléculas que puedan frenar la actividad de estas piezas móviles. Incluso se sospecha que algunos antirretrovirales podrían servir, porque estos elementos transponibles son parientes muy cercanos de los retrovirus. El mecanismo es muy parecido. Lo que todavía no sabemos es hasta qué punto esos tratamientos pueden ser eficaces, pero ya se está trabajando en ello.
Durante años se habló de «ADN basura». ¿Este trabajo demuestra que se infravaloró una parte clave del genoma?
Sí, en buena medida sí. Estas secuencias son repetitivas, y por eso durante mucho tiempo fueron muy difíciles de estudiar. Técnicamente era complicado analizarlas. Con las nuevas tecnologías de secuenciación y con nuevos algoritmos hemos empezado a ver su importancia real. Y la tienen no solo en cáncer, sino también en la evolución de las especies.
El trabajo se publica en Science. ¿Qué supone eso para la USC, el CiMUS y la ciencia hecha en Galicia?
Lo importante aquí no es solo publicar en Science. Es que este es un trabajo 100% gallego. De los 20 autores del estudio, 17 son de mi grupo de investigación. Eso sí es muy poco habitual. Algo así ocurre cada 25 años.
¿Se valora lo suficiente ese nivel de ciencia hecho desde Galicia?
Creo que se debería poner más en valor. Galicia lleva años ganando peso en biomedicina y este trabajo demuestra que desde aquí se puede liderar ciencia de primera línea internacional.
¿Qué necesita ahora un grupo como el suyo para que un hallazgo de este nivel llegue al paciente?
Hay una parte que corresponde a la investigación básica, que es identificar el mecanismo, y otra parte más aplicada, más traslacional, que deben liderar grupos especializados en eso. Desde que se conoció el trabajo ya nos han contactado empresas y otros grupos de investigación. Eso indica que hay interés y recorrido. Pero no se puede pedir a un laboratorio básico que haga todo el proceso solo.

Parte del equipo que lidera Tubío (en el centro) del Centro de Investigación en Medicina Molecular y Enfermedades Crónicas (CiMus). / Fdv
¿Cuál es ahora el siguiente paso de su equipo?
Estudiar muchos más tumores. Este trabajo analiza 20 casos muy seleccionados, con alta actividad de estas piezas móviles, pero necesitamos ampliar mucho el tamaño muestral. Tenemos la sensación de que todavía quedan cosas por descubrir. Y además queremos explorar si estos mecanismos están también en otras especies y qué pasa a otros niveles, como el ARN.
Mirando al futuro, ¿qué buena noticia le gustaría poder contar dentro de diez años?
Si uno responde con el corazón, diría que se cura el cáncer. Pero siendo sensato, un objetivo razonable sería poder curar el 70% de todos los tumores en diez años. Está al alcance de la mano, pero hace falta aumentar la financiación.
¿Ese es el gran cuello de botella?
Sin duda. No se puede pretender dar pasos de gigante frente a una enfermedad tan compleja si la financiación se mantiene prácticamente igual durante años. Hace falta más inversión. En España, la financiación pública en cáncer debería duplicarse.
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