UNIVERSIDAD
¿Te quedas a décimas de la carrera que quieres? Repetir la PAU, probar en otras comunidades o el extranjero, vías alternativas
No entrar en el grado deseado no significa que la puerta se cierre definitivamente. Existen varias opciones reales que muchos estudiantes utilizan cada año.

Alumnos en una convocatoria extraordinaria de la PAU, en el campus de Vigo. / ALBA VILLAR
En carreras con muchísima demanda, el acceso depende de diferencias mínimas. Décimas que pueden marcar el camino inicial, pero no necesariamente el final. En un sistema donde cada año miles de estudiantes compiten por décimas, la carrera soñada no siempre empieza donde uno imaginaba. Pero cada vez más historias demuestran que el camino hacia ella puede ser mucho más largo —y también más rico— de lo previsto.
El sistema universitario ofrece múltiples vías de acceso que muchas veces los estudiantes descubren solo después de la primera frustración. FARO recoge aquí alguna de las posibilidades:
1. Listas de espera
En titulaciones muy demandadas es habitual que se produzcan movimientos durante el verano. Algunos estudiantes consiguen plaza semanas después de la primera adjudicación.
2. Cambiar de grado y pedir traslado
Muchos alumnos empiezan en una carrera afín (por ejemplo, Enfermería o Biología para cursar Medicina) y después solicitan traslado de expediente cuando se liberan plazas.
3. Repetir la selectividad
Las materias específicas pueden repetirse para subir nota. Es una estrategia frecuente entre quienes se quedan a pocas décimas del corte.
4. Ciclos de FP superior
Los ciclos sanitarios, científicos o educativos permiten acceder después a la universidad con la nota del expediente del ciclo.
5. Universidades en otras comunidades
Algunas titulaciones tienen notas de corte más bajas dependiendo de la universidad o la región.
6. Estudiar en el extranjero
Cada año más estudiantes optan por universidades europeas, especialmente en titulaciones sanitarias.
7. Reorientar el camino
A veces el contacto con otras disciplinas descubre vocaciones nuevas que no estaban previstas al terminar Bachillerato.

Maruxa Álvarez, profesora de la UVigo y orientadora. / Marta G. Brea
Maruxa Álvarez: «No entrar en la carrera soñada no cierra el futuro, solo obliga a repensar el camino»
La ansiedad, la frustración y la sensación de estar ante una puerta cerrada forman parte del paisaje emocional que acompaña cada año a muchos estudiantes tras conocer las notas de acceso a la universidad. Maruxa Álvarez, miembro de la comisión delegada de las PAU y docente universitaria con 30 años de experiencia, conoce bien esa realidad y lanza un mensaje de calma: no conseguir plaza en el grado deseado no significa que el proyecto académico o profesional haya fracasado.
Álvarez explica que, tras meses de esfuerzo y presión, numerosos jóvenes viven la nota de acceso como si de ella dependiera por completo su futuro. «En sus cabezas, de esa nota dependen los estudios de sus sueños y en parte su futuro profesional», resume. A su juicio, esa percepción multiplica la incertidumbre cuando llega el momento de comprobar que no siempre es posible entrar en la primera opción elegida.
Desde su experiencia, insiste en que conviene rebajar el peso simbólico que a menudo se da a esa decisión. «Pensar que no tener clara la vocación en ese momento es un fracaso o una puerta que se cierra es un error», sostiene. En su opinión, familias, profesorado y personal orientador deben contribuir a desmontar la idea de que elegir una carrera universitaria a los 17 o 18 años define de forma casi irreversible toda una trayectoria profesional.
La realidad, dice, es mucho más abierta. A lo largo de sus tres décadas en la universidad ha visto cómo muchos estudiantes modifican intereses, descubren nuevas áreas de conocimiento o encuentran capacidades que no sabían que tenían una vez iniciado el recorrido académico. «A esas edades todavía están construyendo su identidad, y pretender que en ese momento se decida el trabajo de toda la vida puede generar una presión innecesaria», señala.
Por eso defiende una idea que considera clave: «Más importante que acertar a la primera es aprender a decidir por el camino». Álvarez recuerda que el sistema educativo ofrece pasarelas, cambios de grado, especializaciones y fórmulas de reorientación mucho más frecuentes de lo que suele pensarse. También subraya que no es raro que una vocación aparezca después, con la experiencia, el aprendizaje o el contacto con nuevas realidades.
En paralelo, apunta que el propio mercado laboral refuerza esa necesidad de mirar el futuro con menos rigidez. «Muchas profesiones emergentes no existían hace apenas unos años», recuerda. En ese contexto, considera que lo que marcará la diferencia no será solo el título inicial, sino «la curiosidad, la capacidad de aprender, adaptarse y seguir desarrollando el talento».
Eso no significa, matiza, restar valor a la vocación. Al contrario: «Si existe esa vocación, hay que luchar por conseguirla, porque la motivación es un motor importante». Pero junto a ese impulso, cree necesario trasladar a los estudiantes un mensaje más sereno: no entrar en el grado deseado no cierra necesariamente el futuro que imaginan hoy.
Su conclusión es clara y casi pedagógica. A veces, lo que en un primer momento se percibe como un desvío termina abriendo posibilidades inesperadas. «La vocación, en muchos casos, no es algo que se encuentra de forma inmediata, sino algo que se construye con la experiencia», afirma. Y ahí sitúa el mensaje de fondo que, a su juicio, conviene recordar en pleno proceso de acceso a la universidad: cuando no se consigue entrar en los estudios soñados, no se acaba el camino; simplemente se abren otras puertas que también merece la pena explorar.
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