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Treinta años, dos carreras, y un mercado laboral que la trata «como una niña pequeña»: las barreras que enfrentan las personas con discapacidad

María Maneiro (1996) es natural de Porto do Son, vive en Pontevedra y actualmente está completando una beca en la Valedora do Pobo. Tiene parálisis cerebral y una discapacidad del 86%, y denuncia los prejuicios que todavía enfrenta el colectivo a la hora de buscar trabajo: «La principal barrera es el acceso»

María Maneiro en su puesto de trabajo en la Valedora do Pobo.

María Maneiro en su puesto de trabajo en la Valedora do Pobo. / Xoán Álvarez

Santiago

El currículum de María Maneiro es encomiable. A sus 30 años, está en su segunda carrera, tiene dos másteres y cerca de 30 formaciones en competencias digitales, comunicación y gestión. Ha pasado por editoriales, fundaciones e incluso la CRTVG, donde colaboró en la edición y guionizado de los videos del Dígocho Eu. Ahora trabaja becada en el departamento de comunicación de la Valedora do Pobo, y acaba de entrar en el listado de Referentes Galegas Executivas de Galicia. Aún así, con resignación, admite que para buscar trabajo probablemente se centrará en el ámbito público, que es donde tiene más oportunidades. Y no por falta de interés en otros aspectos, como la moda, sino porque aunque «sobre el papel la teoría está muy bien», no se corresponde con la realidad que después viven las personas con discapacidad, a las que muchas veces se sigue representando como si fuesen «niños pequeños», lamenta. 

Nacida en Porto do Son, María tiene una parálisis cerebral y una discapacidad del 86% y se comunica de forma no verbal, con un lenguaje de signos hecho a su medida y su rango de movimiento. Empezó la universidad con «miedo», reconoce, y de hecho no sabía que tenía derecho a la asistencia personal de una intérprete. Hasta entonces había superado todas las etapas educativas sin este apoyo profesional: en el colegio contaba con la ayuda de cuidadoras, pero fuera del centro siempre tenía que ir acompañada de su madre. Una vez en la universidad —primero en el campus de Pontevedra, donde hizo publicidad, ahora en la Universidad Europea de Miguel de Cervantes, donde hace periodismo—, las adaptaciones llegaron sin problemas, con más tiempo en los exámenes o trabajos adaptados, por ejemplo. En este sentido, la valoración que hace es «muy positiva».

Fue ASPACE (Asociación de Parálisis Cerebral, en la que también es orientadora) la que le habló de la beca que la llevó a la Valedora do Pobo, donde asegura estar «encantada», haciendo desde notas de prensa a entrevistas, pasando por la cartelería de jornadas informativas, eventos o días tan marcados como el 25N. Fue ella la que pidió entrar en el departamento de comunicación y le dieron la oportunidad. La experiencia es la prueba de algo que sabe bien: que cuando la ven trabajar, los empleadores se «sorprenden». El problema es llegar hasta ese punto. «La principal barrera es el acceso», señala, la falta de oportunidades que dan las empresas privadas a las personas con discapacidad que son, reconoce, «muy escasas». No dejará de intentarlo a pesar haber mandando incontables currículums, porque la moda y la publicidad son su pasión, pero siendo pragmática contempla unas oposiciones como la opción «más accesible». 

La principal barrera en el mercado laboral es el acceso

Las barreras, sin embargo, van mucho más allá de lo laboral. María las vive en todos los aspectos de su vida. La infantilización, por ejemplo: con 30 años, a quienes —sobre todo personas de generaciones mayores— la siguen tratando «como si fuese una niña pequeña». Un camarero llegó a preguntarle si podía beber cuando pidió una copa. En reuniones o conversaciones, hay quienes miran a su intérprete en lugar de a ella, o quienes asumen, sin razón, que no entiende lo que se le dice.

A eso se suman barreras físicas cotidianas: tiendas con cajas adaptadas que están sistemáticamente cerradas, probadores para personas en silla de ruedas que se emplean como almacenes, obras que le obligan a rodeos de veinte minutos, plazas de aparcamiento adaptadas «limitadísimas», no poder coger un autobús sin avisar con dos días de antelación o algo tan básico la falta de taxis accesibles de madrugada. «Una noche quisimos pedir uno adaptado y tuvimos que ir andando, mi hermana empujando la silla; y pedimos uno normal para el resto de amigas», relata.

Ella, celebra, contó desde el minuto uno con el apoyo incondicional de su familia, y sus padres «nunca quisieron» que se «quedase en casa». De este modo, su mensaje para quienes puedan encontrarse en una situación similar es de empuje: internarlo, informarse bien de las ayudas existentes y reclamarlas cuando no las haya. Ella misma pagó las tasas de la selectividad sin saber que estaba exenta. «Mi orientadora no buscó bien las cosas; yo no tenía que pagar ni hacer las optativas», recuerda. Una lección aprendida a base de tropiezos que ahora convierte en consejo.

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