Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Violencia machista

El 16% de las universitarias de Galicia ha sufrido una agresión sexual en un contexto de consumo de drogas voluntario o forzado

Un informe de la Universidade de Santiago alerta de la alta ingesta de alcohol y llama a la prevención entre los estudiantes adultos, «muy vulnerables a este tipo de situaciones»

Jóvenes en una manifestación feminista.

Jóvenes en una manifestación feminista. / Jesús Prieto

Belén Teiga

Belén Teiga

Santiago

Levantarse desorientada, en una cama que no es la tuya o en tu propia casa, pero con un dolor extraño. La inquietud de no tener ningún recuerdo o que los pocos que merodean por la mente sean borrosos. Así es como se despiertan en muchas ocasiones quienes han sufrido una agresión sexual en presencia de drogas, ya sea de manera oportunista, es decir, aquellas en las que la víctima había bebido o consumido algún otro tipo de sustancia por voluntad propia y alguien se aprovecha de la situación; o proactiva, cuando se droga a propósito a una persona para abusar de ella.

«Es un problema de machismo estructural», explica Nuria García Couceiro, a la cabeza de un estudio de la Universidade de Santiago de Compostela (USC) que analiza estas agresiones en la población universitaria, con más de 3.500 participantes entre los siete campus públicos de la comunidad.

Los resultados definitivos de la investigación algunas conclusiones claras. La mayoría de víctimas, más del 94%, reconocen haber bebido alcohol y los parámetros de consumo de borracheras, botellón o binge drinking (consumo de alcohol por atracón) son elevados, con notable diferencia respecto al conjunto de las personas encuestadas. «Es lógico, porque es la droga más común, la más generalizada y, por tanto, la que más se consume. Hablamos de agresiones que se producen habitualmente en un contexto de ocio y lo que vemos es que esos consumos generan un contexto de riesgo», apunta García, quien explica que al hablar de prevención es necesario «insistir en que es una cuestión de machismo estructural porque hablamos de que nueve de cada diez agresores son hombres y la mayoría de víctimas son mujeres».

Un 12,4% de las personas encuestadas declaran que en alguna ocasión se han aprovechado sexualmente de ellas cuando estaban bajo los efectos del alcohol u otras drogas. El porcentaje ascendía a casi el 16% en una versión preliminar, avanzada por este diario, cuando los investigadores contaban con la mitad de entrevistas que ahora y no era representativa del alumnado de todos los campus gallegos. Si ese 12,4% de afectados se diferencia por géneros, asciende hasta el 16,4% en el caso de las mujeres y un 4,8% en el de los hombres.

En ambos casos, el porcentaje de aquellos que deciden denunciar o acudir a Urgencias es muy reducido, no llegando al 5% en ninguno de los casos. Es más, solo el 1,6% de las mujeres manifiestan haber denunciado.

«En estos casos, la víctima está sujeta a sustancias, por lo que el recuerdo muchas veces es confuso o no tiene claro lo que pasó, lo que hace que la confianza que tenga en la credibilidad del sistema sea baja. A veces no puede construir un argumento y eso hace que baje el número de consultas y de denuncias. Además, piensa que la van a culpabilizar», relata la investigadora.

Sin culpabilizar

En este sentido, apunta que cuando se pone el foco en la prevención y se habla del perfil de resto de las víctimas «no se hace para culpabilizarlas, sino para alertar de la vulnerabilidad en una situación que puede ser de riesgo». «Quien provoca las agresiones es únicamente el agresor», insiste.

Frente a lo que pueda parecer, los datos reflejan que en ocho de cada diez casos la víctima se encontraba en una situación de vulnerabilidad química, es decir, había ingerido sustancias de manera voluntaria. Solo en el 7,5% se habla de sumisión química, es decir, cuando la persona afectada se cree que le han administrado una sustancia sin su consentimiento para poder aprovecharse de ella. En el resto de casos, se considera que es una mezcla de ambas circunstancias. En esa línea, García hace hincapié en que más del 70% de las agresiones se producen en contextos de ocio nocturno y en torno al 60% de los agresores conocen a la víctima.

«El tratamiento de este tipo de víctimas debe ser distinto», añade García Couceiro, quien explica que «si ya en las agresiones sexuales muchas veces tardan tiempo en recordar, aquí mucho más. Por eso, también señalamos que hay que prestarles una atención específica». En este sentido, el estudio apunta a los problemas de salud mental como una de las grandes consecuencias. En cifras, subraya que el 7,1% de las víctimas declara sufrir depresión severa, frente al 2,2% del total de personas que formaron parte del estudio. Además, un 4,8% explicitan tener riesgo suicida, mientras que entre las no víctimas el porcentaje a penas supera el 1%.

La investigadora hace hincapié en la necesidad de la prevención, un asunto muy abordado en los centros de Educación Secundaria, pero que se deja de lado entre la población mayor de edad. «La prevención no puede acabar a los 18 años. Estamos viendo que la población universitaria es muy vulnerable a este tipo de situaciones porque hay mucho más ocio, contextos de consumo, de vida nocturna, de estar fuera del ámbito familiar», relata.

Suscríbete para seguir leyendo

Tracking Pixel Contents